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Superando actitudes
Selly Dayán Mizrachi
La reciente conmemoración del Día Internacional de la Mujer me ha llevado a reflexionar sobre algunas actitudes que prevalecen en el trato diario a tantas mujeres, en una época que intenta superar todo tipo de discriminación entre las personas.
Los tiempos nuevos nos exigen crear sensibilidad de que todos merecemos un trato equitativo, sin distinción de género, entre otros aspectos. La mujer de hoy no es la mujer del siglo pasado, ni siquiera es la del decenio pasado. Cada día se reconoce en el mundo la participación de la mujer en todos los campos, con capacidad de igualar y aun de superar las habilidades físicas e intelectuales de su contraparte. Podemos entonces dar a la mujer el sitio que se merece, como igual, en todas las áreas de la vida, tanto en el ámbito familiar como en el social y económico. Cada uno de estos aspectos merecería un artículo separado, lo que no es parte de mi intención.
Esto no significa negar las diferencias. La vida se compone de dos partes igualmente necesarias para la continuidad; una no puede existir sin la otra. La parte femenina, no sólo en el ser humano, sino en toda la naturaleza del planeta, representa la sensibilidad, la intuición, la resistencia y la belleza. La parte masculina representa la movilidad hacia delante, la fuerza de decisión y el soporte.
Durante siglos, la mujer fue tratada como inferior por el hombre y la sociedad. Las nuevas generaciones tenemos la responsabilidad de hacer un inventario de nuestras pasadas experiencias, evaluarlas y no perpetuar patrones de conducta obsoletos, heredados o aprendidos de épocas ya superadas. Gozamos el privilegio de una tecnología avanzada, en un mundo tan vasto, extenso e infinito que es como un buffet, de donde podemos escoger lo que queremos ser, lo que deseamos hacer y aun podemos elegir nuestros pensamientos, actitudes y los cambios que es necesario hacer para mejorar nuestra condición humana.
El engranaje actual de la sociedad no apoya el viejo esquema de discriminación de la mujer. El que lo hace, corre peligro de caer en lo ridículo e ilegal. Las vidas del hombre y la mujer se levantan paralelas, lado a lado, y son igualmente valiosas. Sin embargo, ¿qué sucede con nosotras mismas? La mujer tiene que hacer un esfuerzo por desarrollar su autoestima, hacer valer su condición desde el fondo de sí misma. No es lo que los demás piensen de nosotras, es el valor que nosotras demos a nuestro papel, lo que hará el cambio definitivo. Cada cultura transmite un legado de costumbres, tradiciones y -no se puede negar-prejuicios. Debemos tener suficiente amplitud de criterio para escoger lo mejor de los valores que heredamos e incorporarlos a nuestro diario vivir, eliminando paulatinamente los prejuicios o conceptos que no encajan con las actitudes que hoy aceptamos.
Ello no implica que renunciemos a nuestras tradiciones religiosas o culturales. Ser diferentes de nuestros progenitores no significa que los estemos traicionando o que desconozcamos la rica herencia que nos han transmitido. Significa, por el contrario, que estamos llamados a evolucionar y crecer en la búsqueda del perfeccionamiento como seres humanos. En otras palabras, hemos de crecer según la época en que nos corresponde vivir.
En Panamá, no hay que negar que hayamos avanzado mucho, pero todavía nos falta. Todavía hay centenares de mujeres que ignoran que su posición no es inferior, sino de igualdad con su compañero, que ellas tienen la opción de cambiar su situación.
Panamá es signataria de la Convención sobre la Eliminación de Todas Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), auspiciada por las Naciones Unidas, al igual que de otras organizaciones internacionales. Sin embargo, cuando se consulta a estos organismos para observar lo que están haciendo, nos sentimos perdidos en un océano de documentos de protocolo y argumentaciones sobre la situación de la mujer en países de África, Asia y Medio Oriente.
Panamá debe volver la mirada hacia su propia población, a fin de que las mujeres panameñas aún marginadas puedan re-aprender su papel y descubrir sus valores. Cada una de nosotras que tenemos el privilegio de haber nacido en este extraordinario país, puede ser un agente de cambio, con nuestro ejemplo y actitud hacia el valor que representa el reconocimiento de la igualdad en dos sexos diferentes.
La autora es licenciada en relaciones internacionales
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