Panamá, viernes 11 de marzo de 2005
 
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Menores de edad.

Perspectiva

Pena de muerte o muerte de pena

Emilio García Méndez
emiliogarciamendez@hotmail.com

Puede decirse que cuando todavía resuena el eco de los aplausos del 2002, año que la Corte Suprema de los EEUU prohibió la ejecución de enfermos mentales, nuevamente suenan los aplausos por la prohibición en estos días de aplicar la pena de muerte a menores de edad. Sin dejar obviamente de considerar como positiva la noticia, sería bueno reconocer que el umbral ético a que nos tiene acostumbrados la primer potencia del planeta está un tanto bajo. "Para tener pocas frustraciones hay que tener pocas expectativas", acostumbra decir un tan brillante cuanto cínico y eterno político italiano. Por lo demás, bueno es reconocer que no todo han sido aplausos. Un grupo significativo de cruzados morales y políticos inescrupulosos (perdón por la tautología) que consideran el manejo de la seguridad como una forma de espectáculo, se anticiparon a criticar ácidamente una decisión peligrosamente "liberal".

Poco importa que las estadísticas, en general sumamente rigurosas en esta materia, continúen dándole tozuda e invariablemente la razón a Cesare Beccaria, padre del derecho penal moderno, quien ya a fines del siglo XVIII afirmaba que no es la brutalidad del castigo la variable decisiva para disuadir a los individuos de cometer delitos. Ello sin contar la vigencia -claro cuando la sociedad tenía otros umbrales éticos y morales de los argumentos de un Albert Camus contra la pena de muerte "tout court".

Pero no es al análisis de los "eslóganes" de los detractores de la reciente medida de la Corte Suprema a que quiero referirme, sino, paradójicamente, a la de alguno de sus defensores. Me refiero especialmente a Diann Rust Tierney, directora ejecutiva de la NCADP (National Coalition to Abolish the Death Penalty), quien aplaudió la medida con el argumento de que el cerebro de los menores es diferente al de los adultos. Resulta inevitable que una defensa como ésta no nos evoque el viejo proverbio anónimo, "Señor líbrame de las aguas mansas que de las bravas me libro yo solo". Mas allá de la falacia neurológica de un argumento como éste (que deja intacta la legitimidad de la pena de muerte), ya que no sólo el cerebro de los menores es diferente al de los adultos, sino que también es diferente el de los hombres y el de las mujeres y su vez el de cada hombre y el de cada mujer; por tras de esta falacia se encuentra el viejo argumento de la incapacidad de algunos para legitimar un tratamiento diferencial hacia ellos. En este caso el de los menores de edad.

Es al historiador francés Philippe Aries

("Historia del Niño y la Familia durante el Antiguo Régimen", Ed.Taurus, Barcelona, 1982) a quien debemos la comprensión plena de la infancia actual, no como dato biológico, sino como una compleja construcción social del siglo XVII. Sin embargo, ese reconocimiento de los menores como una categoría diferenciada respecto de los adultos, se completa con el pacto perverso de reconocerlos por lo que no pueden y por lo que no saben. El descubrimiento de la infancia, como el descubrimiento de su incapacidad.

Sin embargo, es paradójicamente el desarrollo tecnológico actual el que pone seriamente en cuestión la fragilidad de dicho razonamiento. Pongamos a cien niños y a cien adultos elegidos al azar frente a cien computadoras y veamos de qué lado está la incapacidad. Un niño normal de sólo cinco años sabe muy bien que no está bien clavarle un lápiz a un compañerito en el ojo y por ende sabe muy bien distinguir entre el bien y el mal. Un tratamiento diferenciado de los menores de edad no se justifica por ellos, sino por nosotros. Una sociedad decente debería saber que no está bien comerse a los caníbales.

Todavía estamos a tiempo de subir el umbral de nuestras expectativas, antes que algunas "críticas" a la pena de muerte, nos hagan morir de pena.

El autor es abogado y profesor en la Universidad de Buenos Aires


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