Panamá, martes 8 de marzo de 2005
 
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Paso Canoa. La Aduana admite que no puede controlar el tráfico.

Drogas al norte; armas al sur

Indocumentados pagan B/. 500 a coyotes para el cruce. ‘Aquí pasa desde un pimentón hasta un camión’, dice PTJ.

Urania Cecilia Molina
umolina@prensa.com
LA PRENSA/Tito Herrera
El río San Andrés es un lugar de esparcimiento para los pobladores. También se usa para cruzar a Costa Rica.

El calor del verano hace sudar a chorros. La mezcla multicolor de los puestos de venta callejeros confunde el panorama. Quien se pare en la línea fronteriza, podrá sentirse agobiado por el paisaje y sentirá el mal olor de las aguas negras estancadas sobre la calle. A lo largo de 300 metros se escuchan los pregones de los vendedores que quieren librarse de sus productos lo más rápido posible. Las personas parecen moverse dentro de un enjambre. Cada una está ocupada en una actividad distinta, pero tienen algo en común: están en continuo movimiento.

LA PRENSA/Tito Herrera
Una vendedora de mangos se gana la vida en la frontera.
El comercio, legal o ilegal, porque uno y otro se entremezclan y la diferencia no parece escandalizar a nadie, es la base primordial de la economía de Paso Canoa. La frontera mueve mucho dinero. Árabes, palestinos y sirios dominan el comercio al por mayor y las tiendas por departamentos. Los panameños no forman parte de esta actividad. Ellos están más dedicados a las faenas agrícolas y cultivan legumbres en pequeña escala para sobrevivir.

Otra de las actividades que dominan la zona es la buhonería. La ejercen costarricenses y panameños. Son pequeños quioscos llamados "chinamos", dispuestos en una hilera que, con su puerta de latón cerrada, no llamarían la atención de nadie. Cuando se abren, los locales están adornados de mil colores y posibilidades. Ahí se puede conseguir una gorra Nike original a 15 dólares y una falsificada a 5 dólares. Lo mismo sucede con los DVD. Hay películas pirateadas todavía no estrenadas en Panamá.

LA PRENSA/Tito Herrera
Luis Gallardo, en su casa de la frontera, con su perro Benji.
La franja comercial forma parte de dos kilómetros de "tolerancia", establecida entre ambos países, más por tradición que por disposiciones legales. Esta tolerancia institucionalizó el contrabando en pequeña escala, de carácter local e internacional. Una de estas es el ‘‘coyotismo’’. Hay tantos pasos "libres" en la frontera que se puede vulnerar con facilidad. Esto lo admiten las autoridades de ambos países. Una fuente de la Policía Técnica Judicial (PTJ), que prefirió el anonimato, comentó: "Por Paso Canoa pasa, ilegalmente, desde un pimentón hasta un camión".

Hay más de 100 pasos que se pueden atravesar sin control. "Se puede pasar de noche por las trochas, cruzar el puente o el río de San Andrés, a través de las comunidades Portón, San Andrés y Exquisito", comentan los lugareños.

LA PRENSA/Tito Herrera
Una indígena aprovecha las ofertas.
Los coyotes cobran entre 500 y 600 dólares para colocar a un indocumentado en Costa Rica. Llevan suramericanos que sueñan llegar a Estados Unidos. A veces los disfrazan de agricultores, o incluso de aerobistas, para poder pasar los retenes sin que nadie los detenga. Sin un pasaporte se puede llegar hasta San José. Durante cinco días en la frontera, algunos periodistas de este diario pasaron con un auto entre 10 y 15 veces por la garita de migración, cuarentena agropecuaria y Aduanas. Nunca detuvieron ni revisaron el auto. Solo saludaron a los ocupantes. "Cuando se atrapa algún cargamento, es porque hubo un soplo. No tenemos equipo técnico ni personal para hacer otra cosa. Un camión lleno de plátanos no puede revisarse plátano por plátano. El camión puede tener doble fondo y nadie se entera", explicó la fuente policial con crudo realismo.

El ganado también forma parte de las actividades ilegales. Lo roban en Costa Rica y lo trasladan a Panamá. "Los cuatreros usan destornilladores para alterar el hierro de los animales. Solo dura uno o dos días y luego se borra", dijo la fuente. Así como pasan personas y ganado, también pasan drogas, autos y armas. "Las drogas van de Panamá a Costa Rica, rumbo a Estados Unidos, con redes integradas por panameños y ticos. Las armas bajan de Centroamérica para Colombia", comentó Asdrúbal González Cruz, sargento jefe de la frontera en Paso Canoa. En feriados largos, fiestas nacionales y asuetos, la frontera se relaja y hay menos vigilancia y más tráfico.

Voces inocentes

Paso Canoa tiene muchos problemas sociales. La lista es muy larga y triste: aumento en el número de madres solteras, el uso de los niños para tráfico de mercancía de un país a otro, la explotación sexual de niñas y adolescentes, y la desintegración familiar.

"De los 400 niños que estudian en la sección primaria de la básica general de Paso Canoa, el 80% es hijo de madre soltera", comentó Teresa Pitty, subdirectora del Centro Básico de Paso Canoa.

En las niñas la situación es dramática, porque desde los 13 años "comienzan a vender sus cuerpos para ganar dinero", dijo la subdirectora. "Son niñas que asisten a la escuela. Hay pocos casos en el nivel primario. En el pre-medio aumentan. Tratamos de orientarlas, pero es un trabajo difícil. Sus padres casi nunca están en casa y se crían solos".

Cuando terminan su horario de clase, algunas chicas se trasladan con adultos hacia Costa Rica y regresan con algún dinerito o regalo. "Muchas veces se les llama la atención a los padres, pero se niegan a aceptar que sus hijas se están prostituyendo", dijo la educadora.

En la escuela se nota la deserción. Sin dinero y una alimentación adecuada estudiar se convierte en una odisea. Frente a esto, los chicos están expuestos a las peores tentaciones. Los invitan a pasar paquetes de droga de un lado al otro, a cambio de una propina. Al principio ni saben lo que llevan. Pero después sí.


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