El país de la desconfianza
Juan C. Ansin
William Pérez, alias Guillermo, vivía en un país pequeño ubicado en la encrucijada de las dos grandes Américas, la del norte y la del sur; situación ésta que le permitía en determinadas circunstancias -las que le convenía- optar alguna vez por el norte y en otras por el sur. Su gente era muy pacífica, tranquila, fiestera, amigable, de corazón abierto a los foráneos, tanto que con los años su población, particularmente la urbana, se fue tornando tan cosmopolita que convivían allí gente de todos los continentes, de todas las razas y de todas las creencias: incluso de los que no profesaban religión alguna.
Guillermo era hijo de padre autóctono y madre extranjera. Su padre había sido un hacendado de cuantiosa fortuna y por ende de gran renombre en el ambiente empresarial y, obviamente, en la política local. A pesar del alto sentido nacionalista del padre, prevaleció el deseo de su mujer de educar al joven Willie en los mejores establecimientos de su país de origen.
Así fue que al cabo de los años correspondientes -y algunos más de ñapa-, el gran Willie retornó a regañadientes al pago de su nacimiento para ayudar en la empresa familiar. Guillermito, para sus amigos y William para sus empleados, se dedicó a administrar siguiendo los preceptos del primer mundo. Al poco tiempo comenzó a notar ciertas dificultades en el área de las relaciones públicas. Los empleados no eran puntuales, ni tenían el amor propio suficiente como para dar por terminada su tarea a cabalidad, faltaban con frecuencia y del mismo modo, presentaban certificados de incapacidad médica a diestro y siniestro. Intercambiando reflexiones con sus colegas de la cámara empresarial, William se enteró que para subsanar tan baja productividad la costumbre era no pagar las prestaciones sociales, ocultar las ganancias y firmar contratos temporales para no tener que caer en las garras del Ministerio de Trabajo. William tuvo que admitir de mala gana que, aun en contra de los principios aprendidos en el "college", no le quedaba otra alternativa que imitar a sus colegas.
En el país de Willie los políticos eran tan corruptos como sus corruptores. A tal punto que tanto la policía como los jueces actuaban bajo los infalibles reflejos condicionados de la coima. William Pérez al cabo de los años se hartó de tanto desquicio social y decidió hacer campaña por los principios aprendidos en el norte. Comenzó por hostigar con denuncias a través de los medios, con la ayuda de un reconocido embustero profesional, a todos los servidores públicos, menos a sus familiares cercanos y las amistades que compartían con él los preceptos sagrados de la libertad individual, hasta tal punto, que sin darse cuenta eran como los de Bakunin, fundador de la anarquía socialista, que preconizaron la libertad individual a toda costa y la abolición del Estado. Se diferenciaba de este en mantener la sacralidad de la propiedad privada que, por supuesto, incluía la de Dios.
Al cabo de unos años el país estaba al borde del caos. Hasta que la gota rebalsó el vaso. A Willie lo asaltaron en su casa, los ladronzuelos no tenían más de 15 ó 16 años y habían decidido imitar lo que a diario veían por TV, encañonaron a la familia con armas de juguete que la impericia y los nervios le impidieron a Guillermo adivinar, luego de un intercambio de amenazas y de llevarse las prendas y el carro se dieron a la fuga, pero Willie no podía perder la oportunidad de demostrarle a todo el país la impericia y la inutilidad de la policía y decidió hacerse justicia por su propia mano, de tal forma que salió en persecución de los maleantes y en la intersección más concurrida de la ciudad desencadenó un denso tiroteo donde hubo cuatro víctimas inocentes, pero como era de esperar, los maleantes escaparon y cuando llegó la policía ya el juez nocturno y unos 10 testigos aparecidos por milagro, manifestaron la valentía y el coraje de este ciudadano ejemplar que salió en defensa, ya no de la ley, sino de la propiedad privada, es decir, la suya.
Hoy, William Pérez, alias Guillermo, acaba de ser electo presidente.
Nota: cualquier similitud con países o actos recientes es mera coincidencia... pero no las consecuencias.
El autor es médico
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