Panamá, viernes 4 de marzo de 2005
 
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Cartas desde Europa.

Perspectiva

Irak no sale del pozo

La coincidencia en las fechas podría llevar a una lectura de la matanza de Hilla como respuesta a la gira europea del presidente Bush. Pero ni siquiera parece que sea necesario salir de la situación interna de Irak para entender el atentado en el que un coche bomba destrozó a más de un centenar de aspirantes a integrarse en la policía y la Guardia Nacional. En las únicas fuerzas -el detalle es importante- que, tras el desmantelamiento del ejército de Husein, deben velar por la paz civil y el orden público en la República. Los muertos de Hilla se suman a la cadena larguísima de atentados que comienzan a dibujar una pauta nueva. Si nada más terminar los combates incluidos oficialmente como partes de guerra comenzó el acoso a las fuerzas de ocupación, tanto con el fin patente de hostigarlas como de mostrar a las televisiones de todo el mundo que la batalla de Irak no había concluido, la razón de la violencia actual, a la que sólo formalmente cabe llamar "terrorista", parece haberse desplazado hacia otros lugares. Tiene que ver con el boicot que los sunitas proclamaron e intentaron imponer, en su mayor parte, a las elecciones de Irak. Si bien éstas pudieron celebrarse -cosa que cabe interpretar como una victoria tanto para la mayoría chiita como para el vacilante plan de postguerra de Washington- ese primer paso no ha sido ni por asomo suficiente para pacificar, siquiera relativamente, el país.

Verdad es que nadie, salvo los propagandistas de la idea peregrina de que la situación en Irak ha mejorado tras la caída de Husein, pensaba que fuera a serlo. Pero las esperanzas estaban puestas en la idea de ir alcanzando poco a poco una "normalidad" por la vía doble de avanzar tanto en la tarea constitucional como en el logro de una cierta convivencia pacífica. De hecho, las normas para la redacción y puesta en marcha de la nueva Constitución podían haber aprovechado la victoria de los representantes de los chiitas dejando en sus manos el diseño del nuevo país. Pero se optó por seguir un camino distinto, uno que concede al apoyo de los sunitas un papel imprescindible para que Irak se asiente.

Se pretendía así, a todas luces, integrar a la población sunita en el Irak de nuevo cuño, alejándola de su fidelidad a Husein. Pero esa jugada de ajedrez está fallando a causa de la persistencia de la situación de guerra que, ahora, se dirige hacia unos objetivos muy precisos. Los últimos atentados han golpeado a las ciudades santas chiitas y, de forma insistente, a las fuerzas de la policía y la Guardia Nacional. Es el intento de normalización el que se combate ahora por parte de una insurgencia que se parece cada vez más a la guerrilla dedicada a impedir la presencia en Irak de un gobierno autónomo al margen del paraguas de las fuerzas invasoras.

Si la insurgencia suní logrará o no convertir en imposible el alumbramiento de un país surgido de las cenizas de la dictadura de Sadam Husein es difícil aventurarlo. Pero está consiguiendo algo importante para sus propósitos: la identificación entre el gobierno que el ayatollah Ali Sistani promueve y los invasores. Una imagen que la puesta en marcha del Tribunal Especial Iraquí, destinado a perseguir los crímenes de guerra de los allegados a Sadam Husein, puede convertir en más estrecha. En tales condiciones, la situación iraquí comienza a parecerse mucho al germen de una guerra civil, e incluso sin necesidad de entrar en el problema aún por resolver de la minoría kurda.

El autor es periodista y escritor
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