Una
sola conclusión queda: nada bueno se puede esperar
de la Corte Suprema de Justicia de Panamá. Es sencillamente
una vergüenza nacional. El último escándalo
se suma al ya triste espectáculo brindado por una
mayoría de magistrados absolutamente desprestigiados
y un colectivo sin credibilidad alguna. Lejos de cumplir
su función primaria de administradora de la justicia,
garante de los derechos fundamentales y contrapeso del poder
político, la Corte ha sido la gran cómplice
de los abusos del poder y la mejor aliada que la corrupción
pudo encontrar al recobrar Panamá la democracia. Una
sola conclusión, una sola salida: la renovación
completa de sus miembros. Confiar en la incipiente y lenta
renovación de sus miembros tomará lustros.
A pesar de que pedir la renuncia de los magistrados pudiera
ser un canto utópico a quienes han demostrado ser
sordos y ciegos ante los reclamos de la sociedad, hay que
insistir en su salida ya que es imposible siquiera iniciar
el combate a la corrupción con su permanencia.
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