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El consulado de Sandra
Richard M Koster
Llama la atención cuando un político actúa deliberadamente en una manera que le resta apoyo. A veces abre una ventana sobre su naturaleza.
Cuando Lyndon Johnson ganó la elección de 1964 con mayoría aplastante, sus asesores le aconsejaron complacer al partido con botar a J. Edgar Hoover de la dirección de la FBI. Para los fieles demócratas Hoover era fascista y cómplice del ala derecha del Partido Republicano.
Johnson rehusó. Era menos peligroso, consideró, frustrar al partido que enojar a Hoover, quien mantenía expedientes sobre las vidas privadas del todo Washington. "Prefiero tener aquel señor dentro de la tienda orinando pa' fuera que fuera de la tienda orinando pa' dentro".
El primer acto de Gerald Ford como presidente era perdonar a Richard Nixon. Le costó la elección de 1976, pero también evitó un proceso que hubiera dividido al país. Ford puso el bien de la patria por encima de sus ambiciones personales, cosa que no hemos visto últimamente de los inquilinos de la Casa Blanca.
Jimmy Carter tomó muchas decisiones que le restaron popularidad, pero su móvil normal era la ignorancia política, sobre todo ignorancia del axioma: No se debe prometer lo que no puede cumplir. Durante la campaña de 1976, por ejemplo, prometió hacer que el gobierno de Estados Unidos funcionara con eficiencia. Parecía que Carter nunca había visitado la ciudad de Washington con sus cientos de edificios llenos de burócratas. El Todopoderoso hubiera pensado dos veces antes de hacer semejante promesa, ya que es mas difícil cumplirla que partir el Mar Rojo. En la misma campaña Carter aseguró a los votantes que él no era un político. Esa promesa sí la cumplió.
El mes pasado George W. Bush nombró a Alberto Gonzáles Attorney General (ministro de justicia).
El nombramiento le costó simpatía dentro y fuera del país, ya que como consejero legal de la Casa Blanca Gonzáles se destacó como autor de un memorándum que legalizaba el uso de la tortura. ¿Por qué lo hizo entonces? Para mí, quiso premiar el servilismo de Gonzáles, y así mostrar su desprecio por las libertades civiles, y lo que Jefferson llamó "las opiniones de la humanidad", Bush espera intimidar a sus críticos nacionales e internacionales. Era un acto de bravura más por parte de un hombre débil que quiere más que nada sentirse fuerte.
Y ahora, Martín Torrijos ha nombrado a Sandra Noriega cónsul en Santo Domingo. Se pregunta ¿por qué?
Es difícil de imaginar que Torrijos creyó que el nombramiento le iba a traer ovaciones de aplausos. Los pocos panameños que se contentan con el nombramiento tienen la inteligencia de no mostrarlo públicamente. Al contrario, Torrijos tenía que saber que se buscaba un lío. Aunque decida echar para atrás, dejando a Sandra regresar a las filas de los desempleados, lo mejor que podría hacer ahora, se habrá dañado su imagen de todos modos.
Tampoco es fácil ver el nombramiento de Sandra como lo que hizo Bush con nombrar a González, un desafío por parte de Martín, una declaración de que va a gobernar como le da la gana, sin preocuparse por lo que la gente piensan o dice. Torrijos podrá tener defectos, pero no es grosero.
¿Por qué, entonces, nombrar a una criminal convicta con un apellido odiado (el único apellido panameño quizás más odiado que el del presidente), sabiendo que le iba a costar, cuando hay por lo menos diez mil panameños más dignos y capaces de representar al país? Uno no sabe, pero se puede imaginar posibles razones.
Podría ser que el presidente Torrijos, o alguno de sus colaboradores, le debe algo al general Noriega.
Podría ser que el general Noriega ha ofrecido algo que el presidente Torrijos o alguno de sus colaboradores quiere aceptar.
Podría ser que el general Noriega se acuerda de algo que el presidente Torrijos o alguno de sus colaboradores, no quiere recordar.
Podría ser que está pasando o que pasará en la República Dominica algo que requiere las aptitudes peculiares de Sandra Noriega como cónsul de Panamá.
Como he vivido aquí mucho tiempo, y como he comentado públicamente sobre la política panameña, me han preguntado personas de mi país, periodistas y servidores públicos, mi opinión sobre el gobierno del Presidente. "Parece que están en serio", yo he contestado. "Parece que pretenden cambiar el estilo de gobernar hacia la transparencia. Y ya es hora. El país ya no aguanta una clase política parásita e impune".
El nombramiento de Sandra Noriega me obliga a repensar esta posición. Obviamente, no importa mucho lo que pienso yo, pero otros también están reflexionando. Espero que el presidente Torrijos rescinda el nombramiento. No hay, en mi opinión, otro modo de comprobar que quiere gobernar con transparencia. Dicen que hay otros criminales que aspiran a tener consulados.
El autor es escritor
Además en opinión
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