Panamá, miércoles 2 de marzo de 2005
 
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Estados Unidos.

Perspectiva

La pesada carga de la deuda

John Aloysios Farrell

Los temblores ocurrieron el martes. Los hombres y mujeres que saben de esto se vieron los unos a los otros, con las cejas levantadas, los corazones acelerados, y se preguntaron silenciosamente, como lo hacen los californianos: "¿Es éste el Grande?"

No lo era. No en esta ocasión. Todavía no.

Los informes que registraron los sismógrafos económicos y políticos de la capital de que el banco central de Corea del Sur estaba desplazando sus reservas de dólares estadounidenses a otras divisas más solidas fueron desmentidos.

El dólar se desplomó. El mercado de valores se tambaleó. Pero al final del día los acreedores asiáticos de Estados Unidos mostraron paciencia. La casa de naipes tembló, pero no se desplomó. La fiesta siguió.

La economía de Estados Unidos es algo curioso, dice David M. Walker, el contador que está encargado de llevar los libros del gobierno federal. Puede estar avanzado serenamente, con un desempleo bajo y un mercado de viviendas en auge, reduciendo impuestos y gastando como loco, sintiéndose muy satisfecho de sí mismo, como rey del mundo.

Y luego, un día, un gnomo en Hong Kong llega a su trabajo, ve los números en su pantalla de computadora, se muerde ansiosamente las uñas y llega a la conclusión de que la economía de Estados Unidos ya ha dejado de ser una apuesta segura. Está cargada con demasiada deuda, importando demasiado petróleo, haciéndose vieja sin tener recursos en el banco.

"Son las consecuencias en la vida real de un déficit sin control, y son verdaderamente aterradores", dice Walker. "Si seguimos como estamos, las tasas altas de interés son inevitables. Y entonces, a medida que el gobierno pida prestado más y más para financiar su deuda, habrá menos dinero disponible para que las compañías se mantengan competitivas en la economía global de hoy en día", dice Walker. "El crecimiento económico a largo plazo se verá afectado, y junto con él los empleos y el poder adquisitivo de los estadounidenses".

El ciudadano estadounidense volverá la mirada hacia Washington, en busca de seguridad, sólo para descubrir una triste verdad: el presidente y el Congreso no pueden ayudarlo. Ya han hecho que él y sus compatriotas estén endeudados con 43 billones de dólares.

"Incluso con el aumento reciente en los precios de la vivienda, el capital neto total estimado de cada estadounidense, incluyendo a Bill Gates y otros multimillonarios, es de sólo 47 billones (millones de millones) de dólares", dice Walker. "Eso significa que cada estadounidense tendría que aportar más de 90% de su capital total para cubrir las promesas netas de pago actuales".

Y entonces, un día cualquiera, Estados Unidos se ve obligado a defender a Taiwan o mostrar solidaridad con Japón, o bien presionar a Pakistán o a Corea del Norte para que no pongan armas nucleares en manos de terroristas, y sus amos chinos le enviarán un mensaje a Estados Unidos: Ni siquiera lo piense.

Walker es un profeta del desastre que no tiene apariencia de serlo. Es un estólido contador con el poco atractivo título de contralor general. Es miembro del stablisment de Estados Unidos, y uno de sus antepasados combatió en la revolución con George Washington.

Quizá es por eso que, como contador del gobierno, Walker rehúsa firmar sus libros sin colocar un texto que lo absuelve de culpa. Y por qué, a últimas fechas, ha estado actuando como Paúl Revere: diseminando la alarma para alertar al campo. "El momento de la verdad se acerca", dice a su público. "Estamos en riesgo. Corremos un grave riesgo". Y sus informes están en el sitio web del gobierno. Además de patriotismo, y de su sentido de deber profesional, hay otro factor que motiva al contralor general. Está avergonzado.

"Tengo dos hijos y dos nietos ... Y los veo cada semana", dice Walker. "Y en realidad me molesta". Debe molestar a todos los estadounidenses. Tenemos un presidente y un Congreso recientemente elegidos para que nos pongan en una ruta mejor. Y si este grupo de gente actual no lo quiere hacer, tendemos que encontrar a quien lo haga. La próxima elección está a 20 meses de distancia.

The New York Times News Service
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