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Perspectiva
La balanza del poder nuclear
Mario Castro Arenas
El poder nuclear de Irán y Corea del Norte, construido al margen de las regulaciones acordadas por Estados Unidos y la Unión Soviética en el contexto de la Guerra Fría, revela la fragilidad de las concepciones estratégicas forjadas en un statu quo arbitrariamente bipolar. El Tratado de No Proliferación de Armamento Nuclear tiene 168 países adherentes. Pero, después de la intervención militar de Estados Unidos en Irak en busca de armamento de destrucción masiva, proliferan los estados no adherentes que se sienten urgidos de contar con una fuerza nuclear propia y autónoma para garantizarse su seguridad. La amenaza de una próxima agresión unilateral excita el armamentismo nuclear que parecía normado a un punto colindante con su disolución.
El regreso a la amenaza del recrudecimiento del armamentismo nuclear debe llevar tanto a las potencias militares como a la ONU a una reflexión conjunta antes que los acontecimientos se pongan fuera de control. El monopolio nuclear es una quimera. Lo rompió la Unión Soviética, en pos de garantías estratégicas poco distanciadas de Irán y Corea del Norte. Cuando los antagonistas de la Guerra Fría comprendieron que podían destruirse mutuamente sensatamente llegaron a la concertación de los acuerdos de limitación armamentística, pero sin renunciar al desarrollo de la tecnología nuclear. Bajo esas condiciones se creó un club nuclear al que tuvieron acceso los cinco países miembros del Consejo de Seguridad, y algunos Estados (Israel) que, sin pertenecer al Consejo, recibieron la tecnología de sus protectores militares. Años después empezó la balcanización nuclear. La India fabricó bombas atómicas, rompiendo el equilibrio regional, pero creando las condiciones estratégicas para que Paquistán obtuviera capacidad de respuesta a un ataque nuclear de su rival. Los hechos indican que no debe continuar vigente un orden internacional unipolar que arroja a los adversarios de Estados Unidos al terrorismo y a un desordenado armamentismo nuclear que somete a riesgo la estabilidad planetaria.
Como lo admitió Michael Mandelbaum en un artículo de la edición de marzo/ abril de 1995 de "Foreign Affairs" , se han creado tres diferentes tipos de Estados: los Estados que pertenecen al privilegiado grupo de poseedores de bombas atómicas; el segundo grupo de Estados que tienen armamento nuclear en la etapa post Guerra Fría ( India, Paquistán, Israel, y Ucrania); y un tercer grupo de Estados desregulados de las grandes potencias (Irán, Corea del Norte, y frustradamente Irak). No pasamos por alto la orfandad nuclear de los Estados derrotados en la Segunda Guerra Mundial -Japón, Italia y Alemania-, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Alemania y Japón reclaman asiento permanente en el Consejo de Seguridad.
No demorarán en oficializar su desarrollo nuclear armamentístico. Después de los sucesos de Irak ¿qué validez puede sostener a premisas estratégicas basadas en la división maniquea de países buenos y países malos, de potencias occidentales bien apertrechadas de armas nucleares y países tercermundistas desarmados, inermes ante las presiones de aquéllas?
En la medida que las potencias nucleares quieran someter a sus rivales al imperio de tratados elaborados con estrategias sustentadas en su hegemonía surgirán Estados que desafíen la normativa de la no proliferación. La perspectiva defensiva, al final de cuentas, tendrá el mismo valor para todos los países. Todos tienen igualdad de condiciones en el fortalecimiento de su seguridad nacional. No todos tienen por supuesto ni los recursos ni la tecnología para cumplir las fases que llevan a la bomba atómica. Un país pobre, cercado por el desmoronamiento del bloque comunista, un país famélico y totalitario, se las arreglará para conseguir los medios defensivos a ultranza. Si se quiere llevar a Corea del Norte al canje de ayuda económica por desnuclearización tendrá que actuarse con el máximo tacto, porque se engendrará, si no se actúa con tino, una respuesta negativa. Los estrategas de la administración republicana deben comprender que las decisiones unilaterales resultan contraproducentes a la postre.
Hoy, al inicio del siglo XXI, la peor amenaza contra la seguridad norteamericana no parte de un Estado específico o de una alianza sino del terrorismo ideológico multinacional. Un enemigo omnipresente pero invisible, ambiguo, un enemigo que no está situado en un emplazamiento territorial sino en cualquier lugar del mundo, acecha en las sombras, con una variedad de recursos armamentísticos que no descarta el de origen nuclear. En la Guerra Fría el tratado de no proliferación nuclear se basó en elementos concretos y estables: un número determinado de ojivas, una panoplia mensurable de aviones, naves y submarinos, emplazamientos de silos identificado por satélites. Todo estas especificidades desaparecen en la contienda contra el terrorismo, adversario evanescente, laberíntico, inescrupuloso si tiene la opción de usar artefactos nucleares. La nueva estructura del poder unipolar plantea desafíos que Estados Unidos no ha conocido antes. Los estrategas norteamericanos más sobresalientes Zbigniew Brzezinski, Henry Kissinger y Samuel Huntington ahora asumen la urgencia de modificar el concordato nuclear entre Rusia y Estados Unidos. La dinámica de los juegos estratégicos internacionales se mueve a la velocidad del rayo láser. Así es que mientras el conflicto central del Medio Oriente avanza hacia un entendimiento razonable aparecen nuevos focos de tensión creados por las tensiones del belicismo rampante en territorio iraquí. Sorpresivamente Vladimir Putin, que prosigue las experiencias nucleares bajo un régimen no comunista, se trasladó a Teherán a ratificar su apoyo a los ayatollahs en el suministro de plutonio y uranio, al par que Irán amaga una alianza tácita con Siria. En medio de la mudanza mercurial de los entendimientos, sólo permanece Estados Unidos como el eje de un liderazgo de obligaciones abrumadoras. Europa Occidental no se compromete en la beligerancia y prefiere trabajar como amortiguador de los enfrentamientos.
Hace algunos años Raymond Aron preguntó en un ensayo memorable si puede haber una guerra limitada en la era atómica. Es una pregunta de respuesta relativa. Es preferible abolir las posibilidades de un desencadenamiento nuclear. Lo que conoce el mundo es un bombardeo atómico unilateral, sin respuesta inmediata. Hasta ahora paradójicamente la minimización de ataques nucleares se ha controlado porque los contendientes, uno a otro, temen las represalias. Por cínico que parezca, la proliferación nuclear ha sentado las bases de la paz. Una paz sólo quebrada por la acción de armamento convencional. Pero si se pretende decidir a la fuerza quién debe tener bombas atómicas y quién no debe tenerlas entraremos en una encrucijada cuyo desenlace puede determinar la subsistencia del planeta.
El autor es escritor y periodista
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