Panamá, viernes 25 de febrero de 2005
 
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cabrera infante.

Del exilio interno al exilio eterno

Guillermo Sánchez Borbón

Lo primero que debo de haber leído de él fueron las crónicas cinematográficas que empezó a publicar en Carteles, revista popular cubana de gran circulación.

Tengo que haber notado el vasto conocimiento de la materia que revelaban. Aquí deseo hacer una aclaración: yo he visto cualquier cantidad de películas a lo largo de mi vida, pero no sé absolutamente nada sobre los aspectos técnicos del entretenimiento. El finado, en cambio, los dominaba a la perfección; escribió varios libretos que le permitieron sobrellevar los primeros –y durísimos– años del exilio que le impuso el ñame barbudo de Cuba. También tiene que haberme llamado la atención el seudónimo Caín: Ca por Cabrera e In por Infante.

En 1960, a mi regreso de un encuentro de escritores que se celebró en Chile, Monchi Jurado me arrastró a su casa para que hojeara Los lunes de Revolución, que a la sazón dirigía Cabrera Infante. Le comenté que era uno de los mejores suplementos literarios que había visto (y he visto muchos) en mi vida. Esa revista había de morir asesinada por Fidel, el resentido intelectual.

Cuando dio a la estampa Tres tristes tigres (aleccionado por ilustres latosos como Cortázar, Fuentes y Carpentier) me negué a leerlo.

Hasta que en 1973 las ventiscas y el frío inhumano de Iowa, más las incitaciones de un chileno que había escrito un ensayo sobre El ahogado, me arrinconaron con el libro. Pocas veces he disfrutado tanto una novela. Hay una sección en que los escritores más conocidos de Cuba describen el asesinato de León Trotsky, cada uno de ellos en su propio e inconfundible estilo, desde Los hachacitos de Rosa, por José Martí, la crónica de José Lezama (que aprovecha para ajustarle las cuentas a Carlos Fuentes) en que todas las palabras extranjeras están mal escritas. GCI, que sentía una gran admiración por Lezama Lima, las subraya con un travieso (Sic.), la cruel parodia de Alejo Carpentier, hasta desembocar en Nicolás Guillén:

"Trotsky: ¡Iba yo por un camino,

cuando con la muerte di!

(Leía la frase un camino

cuando me dieron a mí.)

Mornard: No sé por qué piensas tú

León Trotsky: que te di yo.

Al hacha que tenía yo

diste con tu nuca tú.

Trotsky: ¡Si muero en la carretera

No me pongan flores

Si pido borstch con lentejas

no me le echen coles

................................

¿Muerto yo?

Mornard: Sí, pues mi hacha te mató

Y al que doy por muerto yo,

No lo salva ni Paré (Ambrosio)

Trotsky: Ay, qué imbroglio.

¿Y no hay vida en la otra vida?

Mira que no he completado

de Stalin la bografida".

Y sigue con Nicolás Guillén:

"Trotsky: ¿Y esa luz?

Mornard: Es un sirio funerario.

Trotsky. ¿Y esta voz?

Mornard: Es un turco literario.

Trotsky: ¿Sirio? ¿Turco?

¿De qué hablas insensato?

Mornard: Bueno, cirio, truco.

(¡Este viejo literato!)

Trotsky: ¡Muero!

(Muere al darle una zapateta)"

Y esto, que me pareció genial, sobre todo por el uso que hace de un nombre ilustre caído en el olvido, pese a que fue el fundador de la República francesa moderna:

"Coro: Deustcher, Julián Gorkín y Gambetta (que ha venido por la rima y el entierro".

Después, en los momentos más inoportunos, me echaba a reír cada vez que me venía este pasaje a la memoria.

Esta fue su gran novela. A pesar del éxito literario que obtuvo, le hizo mucho daño con los llamados intelectuales serios, quienes lo consideraban un peso pluma, un hombre que (como dijo Ortega y Gasset de Unamuno) vivía sacando del "vientre semántico de las palabras serpentinas de retruécanos". Y no es cierto –tampoco lo es en el caso de Unamuno–. TTT es, a un tiempo, una novela perfecta, un (son palabras del mismo Caín) canto de amor a La Habana nocturna (poblada, según Cabrera, por hablaneros) antes de que los bárbaros la arrasaran. El capítulo que cierra el libro es de los más acabados y melancólicos que he leído.

Escribió otro canto de amor (un retruécano ya desde el título: La Habana para un Infante difunto), pero a La Habana del cine y de la iniciación sexual.

Otra novela también perfecta, que canta a la ciudad destruida por el tiempo y por gobernantes que la odiaban.

Y no nos olvidemos del hombre, del animal político, que le infligió heridas mortales al destructor de su patria.

Después de leer Mea Cuba (recopilación de sus brillantes escritos políticos), sólo los que llamaba Jorge Zalamea "retardados históricos" pueden seguir admirando al paladín americano del absurdo proyecto leninista, que fracasó en todas partes precisamente porque era un disparate político y un absurdo económico, fundado, como decía un familiar mío, sobre puras mentiras: basta leer las estadísticas de producción de la época y contrastarlas con las que se divulgaron bajo Gorbachov, para darse cuenta de la magnitud del fraude. Y Cabrera Infante, a un coste personal altísimo, tuvo la valentía de revelar no la Cuba platónica, que amaban los intelectuales de izquierda, sino la pesadilla real en que la transformó Fidel Castro.

El autor es director emérito de La Prensa
Además en opinión

Alentadora sorpresa para el mundo: I. Roberto Eisenmann, Jr.
Del exilio interno al exilio eterno: Guillermo Sánchez Borbón
Los restos del padre Gallego: Pastor E. Durán E.
Punto final a la corrupción: Jorge Gamboa Arosemena
Demonios y enfermedades: Hedley Quintana




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