Panamá, viernes 18 de febrero de 2005
 
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Política.

Perspectiva

Palestinos, antiamericanos y antisemitas

Carlos Alberto Montaner

Los estrategas norteamericanos piensan que la consolidación de un estado democrático en Palestina va a contribuir a la estabilidad de toda la región, y, en su momento, ese clima de paz se traduciría en una disminución radical de los niveles de antiamericanismo. Creen, también, que el resultado de las últimas elecciones, tras la muerte de Arafat, demuestra el deseo de paz que abriga el conjunto de la sociedad palestina. Sencillamente, los matones y terroristas de Hamas o de la Jihad Islámica no representan a una mayoría totalmente fatigada tras más de medio siglo de violencia, desastres y -sobre todo, provisionalidad: esa devastadora sensación de que la vida no acaba nunca de asentarse.

Es muy difícil no coincidir con ese análisis, pero haciendo algunas matizaciones. La primera, es que el conflicto entre israelitas y palestinos no parece ser responsable de los enfrentamientos en esa región del mundo. La guerra de Irak contra Irán o la posterior invasión a Kuwait nada tuvieron que ver con la existencia de Israel y sus desencuentros con los palestinos. Algo parecido sucede con la invasión y ocupación del Líbano por parte de Siria, la guerra civil de Sudan o el lunático comportamiento de Gadaffi. Son hechos violentos, en los que han perdido la vida cientos de miles de musulmanes, casi todos árabes liquidados por otros árabes. El antiamericanismo tampoco puede deducirse racionalmente de una supuestamente injusta alianza forjada entre Washington y Jerusalén. No hay duda de que Estados Unidos mantiene con Israel unas estrechas relaciones, pero eso también es cierto con Egipto y Jordania, dos de las naciones que más ayuda reciben de los norteamericanos. Más aún, si bien es cierto que Estados Unidos e Israel colaboran en el terreno militar y son buenos aliados diplomáticos, la verdad es que en los últimos veinte años los grandes sacrificios económicos y las grandes pérdidas de vidas norteamericanas han tenido lugar en defensa de personas de religión islámica: Somalia, Bosnia, Kuwait, Irak. Por otra parte, ¿en cuál otra nación del planeta la minoría de religión islámica goza del nivel de integración, libertad y respeto que encuentran los cinco millones de mahometanos radicados en Estados Unidos? Hay que admitirlo con toda humildad: el antiamericanismo, como el antisemitismo, no son actitudes fundamentadas en el análisis objetivo de los hechos, sino en creencias delirantes sostenidas por teorías conspirarias de la historia, casi siempre basadas en la sospecha paranoica de que un pequeño grupo de malvados mueve los hilos del mundo para apoderarse de toda la riqueza y provocar la desdicha de las víctimas. Una vez que esa poderosa imbecilidad se adhiere a la masa encefálica de quienes la sostienen, ya no hay antídoto capaz de erradicarla. De la misma manera que no se conocen ex idiotas, tampoco hay ex antisemitas o ex antiamericanos. La enfermedad es incurable. No obstante, lo justo y conveniente es ponerle el hombro a la creación de ese estado palestino democrático que hoy parece asomarse en el Medio Oriente, aunque no traiga la paz a esa región del mundo, y aunque no se reduzca la temperatura antinorteamericana. ¿Por qué? Porque después de tantas décadas de sufrimientos y privaciones esas pobres gentes deben tener el derecho a volver a intentar la aventura política que ya malograron en 1948, cuando la ONU les asignó una parte sustancial del territorio palestino para que crearan un Estado paralelo al de los israelíes, y prefirieron jugar la carta de la guerra contra la joven nación hebrea. De aquel sangriento error original se derivaron todos los males posteriores.

Naturalmente, ya no es posible volver a las fronteras de 1948 o a las de 1973, y la mayor prueba de madurez que pueden dar los palestinos es aceptar esa realidad y comprender que hay exigencias que harían inviable cualquier acuerdo entre las partes. Ya no es posible, por ejemplo, el regreso a Israel de los cientos de miles de palestinos desplazados del territorio en aquellos años, de la misma manera que tampoco es posible el regreso a la República Checa de los millones de alemanes expulsados del país tras la Segunda Guerra, o la reconstrucción de la Gran Hungría o la restitución a España del Robellón arrebatado por los franceses en el siglo XVII. Tampoco es razonable pedir otra vez la división de Jerusalén. Ramala debe ser la capital permanente del futuro estado palestino, y la decisión de los nuevos líderes debe ser convertir la ciudad en un centro vibrante y moderno en el que valga la pena vivir y criar a los hijos. Eso es lo que esperan los palestinos. Nada más.

FIRMAS PRESS

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