Panamá, viernes 11 de febrero de 2005
 
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Mitos y Realidades.

Sexo y condones

Roberto Hernández
robertoh@pananet.com

Hace algunos días leí un artículo muy interesante en la edición del martes 1 de Febrero de La Prensa del Sr. Irving H. Bennet, titulado La condena del condón. El artículo, como lo indica su título, es una condena del uso del condón y a la vez una fuerte crítica de aquellos que defienden el uso de este preservativo.

Bennet, en su artículo, nos habla solemnemente sobre el propósito primordial y sagrado de la sexualidad, y de cómo el condón interfiere con esa función. También nos recomienda adoptar la posición de la Iglesia católica con respecto a su uso, y nos previene de la próxima hecatombe que ocurrirá a nuestra sociedad si nuestra juventud sigue comprando y usando este preservativo. Todas estas ideas constituyen una interesante y estimulante lectura. Es lamentable, por lo tanto, que casi todo lo que dice Bennet sobre estos dos temas, sexo y condón, y de la posición de la Iglesia con respecto a los mismos, sea falso.

Según Bennet el propósito primordial de la sexualidad es la reproducción. Nos preguntamos, ¿Propósito de quién? ¿Cuántas personas tienen relaciones sexuales con el fin primordial de tener hijos?

Bennet parece referirse al propósito que Dios le ha impuesto a la sexualidad en su mandato a Noé y su familia de "creced y multiplicaos", citadas en la Biblia. No obstante es algo riesgoso citar a la Biblia en nuestros argumentos. Según este libro sagrado, Dios mandó a parar al sol para que Josué tuviese un día más largo para vencer a sus enemigos, y a apedrear hasta la muerte a todos aquellos que trabajan en el Sabbat. Pocas personas, sin embargo, usarían estos textos para probar que el sol gira alrededor de la tierra o para justificar el asesinato de cualquiera que osase trabajar el domingo. Ni los especialistas más duchos en el campo de la religión y la teología han podido determinar todavía qué es ficción y qué es realidad en la Biblia.

Posiblemente Bennet está pensando en la reproducción como una función natural de la sexualidad humana y que sería inmoral interferir mediante el uso del condón con esa función natural. Este tipo de razonamiento nos lleva a conclusiones ridículas. Si aplicamos esta lógica a otras acciones sería inmoral cortarnos las uñas y el pelo porque estaríamos interviniendo con la función natural de crecer del pelo y las uñas.

Bennet también se equivoca con respecto a la posición de la Iglesia sobre el uso del condón al sostener que esta institución toleraría su uso "durante un acto de infidelidad que de por sí es reprochable". Bennet obviamente no está enterado de cómo el Vaticano, hace poco, obligó al portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino, a retractarse por haber sugerido la permisibilidad del uso de preservativos en algunos casos de prevención del sida. Los argumentos de Bennet son por lo tanto falaces. La sexualidad humana tiene muchas funciones, una de las cuales es la reproducción y otra, de la cual Bennet parece haberse olvidado, es el placer. Intervenir en la primera para obtener la segunda no tiene nada de reprochable especialmente en estos tiempos donde es tan fácil morir de enfermedades mortales como el sida. Decir lo contrario es temerario e irresponsable.

El autor es profesor de Filosofía en la Universidad de Panamá
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