Panamá, viernes 11 de febrero de 2005
 
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credibilidad.

La eterna promesa de los benditos impuestos

Enrique Ho Fernández
enripan1973@hotmail.com

El Gobierno ha vendido la reforma fiscal astutamente como una acción necesaria para "corregir la falta de solidaridad de los ricos hacia los pobres". Se ha culpado a la clase empresarial de evasores que no se interesan por los más pobres, y se ha tildado a la clase profesional panameña que se opuso a las reformas como "personas poco serias" por su oposición a la reforma fiscal. Al final, el mensaje subliminal del Gobierno ha sido que el que se opone a las reformas carece de sentido de solidaridad con los más pobres y el que apoya las reformas sí tiene conciencia y solidaridad social.

Sucede que detrás del debate "populista" de acusaciones y contra-acusaciones, la razón de la reforma fiscal ha sido otra. Habiendo heredado un déficit fiscal titánico, la reforma simplemente busca subir los ingresos para cubrir los gastos del Gobierno. Tan sencillo como eso. Lo demás son adornos de mercadeo con canciones y eslóganes publicitarios. Claro que suena más bonito vender una reforma fiscal aseverando que su objetivo final es la justicia social. ¿Quién puede estar en contra de eso? Pero ha sido precisamente la justicia social la herramienta que todos los gobiernos han utilizado para aumentar los impuestos y el endeudamiento externo. Lo único que se ha logrado es eso: más impuestos y más endeudamiento. La pobreza sigue igual.

No es de extrañar que los verdaderos generadores de riqueza y crecimiento de Panamá, la clase media, los empresarios y profesionales, estén en contra de las reformas. La reforma fiscal castiga con más impuestos a los generadores de riqueza y exonera a los que no la producen.

Entonces, ¿cuál es el incentivo de salir de la pobreza? La clase media nuevamente cargará con el peso de este nuevo tributo y los fondos, producto de estos nuevos impuestos, tarde o temprano serán despilfarrados.

Al final y como siempre, los nuevos impuestos no resolverán el problema de la pobreza. Pero sí permitirán seguir alimentando y manteniendo a un Estado abultado y gigantesco, cuya razón de existir es la de "ayudar a los pobres" (entiéndase, aumentar espacios políticos para los seguidores del partido gobernante). Un aspecto bastante irónico de la reforma es que castiga a las únicas entidades que han demostrado fuera de toda duda que sí ayudan a los pobres, es decir, a las fundaciones de carácter benéfico.Todos los gobiernos han sido despilfarradores. La actual administración dice ser diferente. Pide -con pistola en mano- que le demos el beneficio de la duda. Que después de darle nuestro dinero ellos se comprometerán a reducir drásticamente sus gastos. Es como el hijo drogadicto que acude al padre por vigésima quinta vez para pedirle dinero para su rehabilitación, jurando que esta vez no gastará el dinero en drogas. ¿Qué creen que piensa el padre? Saquen sus propias conclusiones. De manera similar, el Gobierno ha acudido nuevamente a nuestras puertas a pedirnos más dinero, jurando que esta vez sí pondrá fin a su adicción a los gastos y el despilfarro. Nuevamente, pide el dinero por adelantado prometiendo resultados después. Y nuevamente, quizás ahora o un par de años más tarde, volverá con pistola en mano con la misma historia de nunca acabar. La única diferencia es que para entonces todos seremos un poquito más pobres, acercándonos a la meta de igualdad y solidaridad en la pobreza.

El autor estudia MBA en London Business School


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