| vandalismo.
Así es mi país
Flor Ortega
Fortega@cableonda.net
Cuando parecía que ya lo habíamos visto todo, escuchamos y vimos, más que con asombro, consternada, al Rector de la Casa de Octavio Méndez Pereira justificar los actos vandálicos escenificados por hombres disfrazados de estudiantes y otros tantos, amparados en la Federación de Empleados Públicos, contra una pequeña edificación en la entrada de la Isla Flamenco, imbuidos de nacionalismo.
Decir que aquello fue una acción legítima en defensa de un derecho nacional y además, que él no lo calificaría de vandálico, viniendo de una persona que representa la cumbre de la educación y la intelectualidad, así como el recinto de cultura del que todos los panameños debemos sentirnos orgullosos, pone en evidencia el trastocamiento de los valores y la circunstancias difíciles en que vive la sociedad panameña. ¿Quiénes son entonces el referente al que deben mirar nuestros jóvenes?
Mientras todo esto sucede y la imagen del país que tanto amamos y del que hablamos con pasión cuando viajamos, se ve reducida de tal manera, en el Palacio Justo Arosemena, los hoy diputados de la República, la mayoría con rostros muy complacientes, otros no tanto, llevan adelante una maratónica sesión, aprobando el paquete de reformas fiscales que les puso como tarea el Órgano Ejecutivo. A quienes hemos seguido la transmisión de las consultas y ahora el debate, no nos queda claro cómo entienden estos funcionarios públicos, la separación de los órganos del Estado. Se me ocurre pensar que estamos frente a un problema de simple semántica. Pero, como dijo el señor Berrocal, orgulloso líder de los servidores públicos, el día de los mazazos en la Isla Flamenco, esto no es un hecho aislado. Tampoco es un hecho aislado el que, antes de ser presentada a la Asamblea Nacional ya el Gobierno tenía en los medios de televisión una agresiva campaña propagandística muy llamativa, cargada de las facetas más auténticas y del multicolor que distingue a nuestro país y a su gente, seguida de otra campaña que desdice de la función de un gobierno, por cuanto promueve la lucha de clases. Y qué decir del discurso del Presidente a lo largo de sus encuentros, teñidos de populismo en diferentes provincias del país. Estamos frente a una campaña política sin término. Hoy como ayer, los pobres son el mejor argumento para justificar cualquier medida de orden económico que quiera imponer el Gobierno. Sin embargo, como este es sólo un recurso retórico, se cae en su primer intento, por falta de autenticidad.
Mientras, la pobreza sigue creciendo en todo el país con sus dolorosas secuelas sociales; la economía informal se incrementa silenciosamente y a pasos agigantados, con la consecuente desvalorización del nivel de vida de miles de panameños que viven de ella.
Así las cosas, muchos diputados encerrados ahora en su ‘curul’, como si la hubieran comprado a precio de oro, ocupan las horas del reloj parlamentario en discursos banales, como si los panameños no fuéramos personas inteligentes; la fila de personas procedentes de distintos puntos del país que desde la primera hora del nuevo día llegan a la Caja de Seguro Social para conseguir una cita para dentro de seis meses sigue creciendo, a pesar de que ya son las seis de la mañana; el diablo rojo se pasa la luz roja delante del policía de tránsito que sorpresivamente quita una brusca de sus ojos y algunos muy valientes profesionales servidores del Estado y estudiantes universitarios, dicen a quienes nos visitan que aquí somos un país de ley, a tal punto que la tomamos por nuestras propias manos. Bueno, qué le vamos a hacer, así es mi país; el fin de semana empiezan los carnavales...
La autora es periodista y docente universitaria
Además en opinión
• Así es mi país: Flor Ortega • La inseguridad ciudadana: Severino Mejía • La condena del condón: Irving H. Bennett N. • Entre desengaños y reformas ‘sacaplata’: Yohel Amat • De lo mediocre a lo inmoral: Ameth Cerceño Burbano
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