| INEQUIDAD.
Sacrificio ciudadano y crisis de credibilidad
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Para sanear las finanzas estatales, el Gobierno apela a la solidaridad de sus ciudadanos a través de rigurosas reformas tributarias. Si bien el presidente ha dado muestras creíbles de sensibilidad hacia los más desprotegidos, el mayor sacrificio ha sido erróneamente enfocado hacia la clase media, grupo que mantiene dinámica la economía del país. Los que menos tienen han permanecido intocables, al menos de forma directa, algo indudablemente justo. Los que más tienen no dependen de sus salarios oficiales ya que manejan sus fortunas en el extranjero y utilizan argucias para ser exonerados de gravámenes impositivos. A los de la clase media, ya sea porque se grava la totalidad de sus gastos de representación o porque se estrangula su incipiente actividad privada, se les drena súbitamente una cantidad substancial de emolumentos, arriesgando sus planes soñados y deudas ya contraídas.
A pesar de lo señalado, pienso que estaríamos más prestos a colaborar con la loable iniciativa si los integrantes de los órganos estatales dan un ejemplo anticipado de sacrificio personal. Existe una crisis de credibilidad hacia la clase política tradicional. La asamblea de diputados es el organismo que ostenta la peor percepción de credibilidad y todavía no exhibe clara señal de cambio hacia la honradez. Negociaciones inmorales, complicidad para la inmunidad, sobornos y exoneración de vehículos siguen indemnes ante la perplejidad de los ciudadanos y la miserable pobreza de poblaciones excluidas.
Los ministros pretéritos fallaron en sus actuaciones públicas y logros de sus gestiones. Privaron más los intereses personales y los protagonismos sociales que los intereses colectivos. Ni hablar del uso inmoral de las partidas secretas. Magistrados nombrados por conveniencia de mandatarios, decisiones jurídicas amañadas, casos de corrupción sepultados alegremente y sueldos o prebendas insultantes son ejemplos que perpetúan la crisis de credibilidad. La Procuradoría anterior fue inerte en la investigación de casos sonados y castigó más la corrupción artesanal que los grotescos delitos perpetrados por personajes de poder. El colmo de las aberraciones acontecidas fue presenciar la confesión pública de delitos por renombrados políticos pero ellos siguen deambulando impunemente por nuestras calles. El Sr. Afú exhibió, ante cámaras, el soborno recibido pero sigue de diputado de la nación. La Sra. Moscoso declaró, en alarde de desfachatez moral, que utilizó dinero discrecional para evitar el uso de andrajos pero sigue de líder de un partido en descomposición. Mientras los personajes corruptos no estén tras las rejas, es entendible que los ciudadanos decentes no quieran sacrificarse, por más altruistas que sean los objetivos del gobierno actual. ¿No le parece razonable, Sr. Presidente?
El autor
es médico pediatra e infectólogo
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