Panamá, 16 de enero de 2005
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Washington corona su monarca

El festín de la coronación costará entre 40 y 50 millones de dólares, cantidad que será recaudada por medio de un programa innovador de donaciones corporativas

Betty Brannan Jaén
LaprensaDC@aol.com

PARIS, Francia. -Un artículo en el Washington Post me confirmó que había tomado la decisión correcta. Desde hace mucho tiempo había planeado viajar a París este enero pero las elecciones de noviembre me hicieron extender la duración del viaje para no tener que estar en Washington durante las festividades para inaugurar el segundo periodo de George W. Bush. Cuando leí recientemente en el Washington Post que los partidarios de Bush no le están preparando una inauguración sino una "coronación", supe que mi ausencia era una necesidad de auto-preservación sicológica.

Quizás he debido viajar a un lugar más lejano, porque hasta acá me llegan los informes de la "coronación" que Bush cree merecer como consecuencia del supuesto "mandato popular" que recibió en noviembre. Es inútil señalar que su triunfo, aunque innegablemente sólido, no fue un landslide (avalancha) y que es feo fiestar en medio del sufrimiento ajeno. Veo que la supuesta "compasión conservadora" pone cara dura ante las tragedias del tsunami asiático o de una guerra inútil basada en mentiras. Quien ansíe darse ínfulas de monarca no puede permitir que las tragedias, ni siquiera las que él mismo ha causado le agüen la fiesta.

Leo que el festín de la coronación costará entre 40 y 50 millones de dólares, cantidad que será recaudada por medio de un programa innovador de donaciones corporativas. Antes, la vía tradicional para financiar una inauguración presidencial era la venta de boletos y recordatorios. Los partidarios de Bush, siempre creativos cuando se trata de dinero, han inventado una estrategia de financiamiento basada en la realidad de que el derecho estadounidense regula lo que empresas pueden donar a una campaña política pero no restringe lo que una empresa puede contribuir hacia los eventos de inauguración de un presidente. Partiendo de esa premisa, la primera inauguración de Bush (enero 20 de 2001), que costó unos 40 millones de dólares, fue financiada por donaciones corporativas con un máximo voluntario de 100 mil dólares. Esta vez, el máximo voluntario ha sido elevado a 250 mil dólares por empresa, sin restringir que las megaempresas utilicen sus subsidiarias para regalar un total sin limites, "y el dinero está llegando a chorros", reportó el Post.

Las donaciones revelan quiénes se han beneficiado del primer periodo de gobierno de Bush y quiénes anticipan beneficiarse del segundo. El sector financiero, la industria de energía nuclear, los petroleros, las empresas farmacéuticas, y las aseguradoras figuran prominentemente entre los donantes de entre 100 mil y 250 mil dólares. Esa cantidad de dinero asegura un numero abundante de entradas a los distintos bailes y eventos de la inauguración e incluye puestos reservados en la ceremonia de juramentación, que será el jueves próximo (por ley, siempre es el 20 de enero).

Claro que mera parranda no es el fin primordial de estas donaciones. "Los donantes van a decir que lo que les motiva es participación cívica, pero esas contribuciones también están comprando acceso a los congresistas y al gobierno de Bush", dijo una analista al Post. Es una oportunidad para que los grandes empresarios y sus clientes preferidos se vistan de smoking y traje largo para codearse con personas influyentes del Gobierno, mientras que los allegados de Bush llevan cuenta de quién tendrá puertas abiertas en Washington durante los próximos cuatro años.

¿Pero qué hay de todas esas personas de recursos modestos a lo largo y lo ancho del país que trabajaron arduamente para asegurar la reelección de Bush? Pues, para esas personas no hay cupo en la coronación. Según leo, una pareja que desee pagar por cuenta propia su viaje a Washington, el hospedaje, y las entradas a los distintos eventos necesitará gastar unos 10 mil dólares; este costo excluye a todas esas personas que sin poder donar el dinero de sus empresas, contribuyeron solamente su tiempo, su devoción, y su voto.

También quedan excluidos los que no apoyaron a Bush. Por más que la inauguración de un presidente estadounidense debiera ser una fiesta nacional -que celebre el triunfo democrático, no el triunfo partidista o personal-un comentarista británico observó mordazmente que "la mitad del país se quedará por fuera de la fiesta". Para ellos, una protesta es la mejor manera de participar en la coronación, por lo que habrá manifestaciones de todo tipo y miles se están instalando a lo largo de la ruta del desfile con la intención de dar la espalda cuando pase el nuevo rey. Este, temo, ni siquiera se dará cuenta.

La autora es corresponsal de La Prensa
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