De
la mano de la propuesta fiscal vino la confesión
pública del calamitoso estado en que se encuentran
las finanzas gubernamentales. ¿Cómo llegamos
a esta situación? Han sido años de corrupción
y clientelismo, de manipulación de cifras y total
hermetismo. Pero también han sido tiempos de indiferencia
ciudadana y de una lamentable pasividad. Para todos aquellos
panameños que condenan la corrupción pero
la ven como un problema ajeno y lejano, sus consecuencias
tocan ahora a las puertas de casa. Llegó el momento
de pagar por los abusos y por el silencio. El Estado
necesita más recursos para subsistir y el costo,
directo o indirecto, saldrá del bolsillo de los
ciudadanos, de todos los ciudadanos, de los que advirtieron
sobre el derroche y del resto que impávido ha
guardado silencio por tanto tiempo. Ante el requerimiento
del gobierno por más recursos para cumplir mínimamente
con las funciones básicas del Estado, es imposible
evadir la pregunta que varios hacen: ¿Dónde
están los tributos que debieron ingresar al fisco
por Panama Ports, las vivezas de PECC, los millones despilfarrados
en partidas discrecionales, las fortunas dejadas a los
cónsules, el derroche por las botellas de siempre
y tantos otros abusos? Llegó la hora de meterse
la mano en el bolsillo y pagar por la fiesta ajena. Pero
debe llegar también la hora de pedir cuentas a
quienes se sirvieron de sus cargos y ostentan impunemente
los lucros del poder, así como a los avivatos
que consiguieron privilegios inaceptables. Una cosa viene
de la mano de la otra.
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