Panamá, 10 de enero de 2005
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Recuerdos de un país que ya no existe

La identidad de los pueblos interioranos parece desvanecerse con el paso del tiempo. ¿Qué queda de las viejas tradiciones? Un viaje al Panamá profundo, el país que no miramos

HERMES SUCRE SERRANO
hsucre@prensa.com

Especial para La Prensa/Rafael Quezada

Una casa de las que quedan pocas. El progreso cambia el rostro del interior de Panamá.

Franklin Delano Pérez vino a Panamá después de 20 años de ausencia a pasar la Navidad. Este panameño de 65 años, residente en Nueva Jersey, Estados Unidos, luego de recorrer el país se sintió decepcionado: poco queda de lo que él recordaba con tanta emoción en el exterior. Sintió en carne propia la pérdida de las raíces y las tradiciones de los pueblos, esos valores autóctonos que le dan identidad a su gente y al país entero. Franklin se dio cuenta de que el rostro de Panamá ya es otro.

Empezó su recorrido por Antón, en las extensas llanuras de la provincia de Coclé, su tierra natal. Vio con dolor la transformación que ha sufrido la arquitectura interiorana. Las casas de quincha, con sus frescos techos y confortables portales, fueron derribadas para dar paso a los modernos chalés. Las tejas de antaño fueron reemplazadas por calurosas hojas de zinc, las celosías y las ventanas de marcos de caoba habían sido cambiadas por bali blinds y Miami Window. Los amplios ventanales quedaron reducidos a enredijos de hierro, que hacían que las casas parecieran jaulas de canarios. Las cercas coloniales, con hermosos diseños en hierro templado, pasaron a ser enormes paredones de cemento con alambres de púas e hileras de vidrios en los bordes. Donde antes se reunían los vecinos para celebrar la amistad, hoy ladran perros, suenan las alarmas o los carteles de "prohibido entrar".

A medida que Franklin Delano recorría las calles, sentía que se estaba metiendo en "Chinatown". Por todos lados había mini súper con nombres orientales y dibujos de cervezas en las paredes. Pasó por la casa de su abuela Belermina, que tenía un frente en donde los labradores amarraban los caballos. Ahora encontró una terraza con verjas "pecho de paloma" y un auto deportivo en el garaje con el dibujo de una agresiva cobra en el vidrio trasero.

Ya era casi mediodía cuando se acercó a uno de los tantos restaurantes que hay a la orilla de la carretera Interamericana. Pidió un sancocho de gallina de patio, con ñame baboso y culantro. La mesera se le quedó viendo como si Delano Pérez fuera un extraterrestre y después le respondió: "tenemos sopa de wanton, sopa mayor Alemán, chow mein, leon pa mein, wanton frito, arroz con puerco y costillitas agridulce". Delano tragó saliva y en un segundo envión pidió un vaso de jugo natural de naranjas de Churuquita. Le trajeron una agua amarilla azucarada con sabor a plástico.

Por la mente del afligido Franklin pasaba la película del interior que él conoció, cuando las esquelas y los anuncios de los cines eran colocados en las esquinas de los parques, en los postes de la luz y en el mercado público. Aún resonaba en sus oídos el "cacho" de los bomberos anunciando las horas, cuando los llamados a misa y las convocatorias a los funerales se hacían con la campana de la iglesia. Nunca olvidaría los documentales sobre salud que se proyectaban en las paredes de las unidades sanitarias. Las fiestas patronales, en las que los chiquillos disfrutaban de barquillos y "raspaos" en los alrededores de las barreras, mientras los hombres –picados con seco– demostraban su coraje halando los toros por el rabo.

Cuando regresó a la Interamericana observó los jorones, en los que en un tiempo resonaba la música de Dorindo Cárdenas, convertidos en discotecas, con propaganda de rapeadores, tragos a dos por uno, desafíos de gallo a 5 dólares la entrada, y concursos de tangas. "¡Bendito sea Dios, cómo cambió el interior!", exclamó el hombre.

Choque generacional

El profesor Julio Ortega Ruiz, secretario de la Fundación de Cultura de Antón, opina que actualmente hay un choque cultural porque las nuevas generaciones consideran que el modernismo y la tecnología significa destruir las cosas antiguas y las raíces que forman la identidad de los pueblos.

En los tiempos de la base militar estadounidense de Río Hato, en Antón, había residencias arregladas para que funcionaran como pensiones, con una arquitectura clásica y un mobiliario de lujo, de incomparable valor histórico. Estas residencias deben ser convertidas en museos por las antigüedades que tienen en su interior como las camas, peinadoras, alacenas, muebles de caoba, molinos de café, espejos, máquinas de coser.

Es más, recuerda que hace unas cuatro décadas en la región solo había un consumidor de marihuana al que llamaban "mameluco". Ahora prolifera la violencia, el narcotráfico, la drogadicción, el alcoholismo, las violaciones, los asaltos, las ejecuciones, el sida, el maltrato familiar y el lavado de dinero. Los males de la ciudad han sido clonados para desgracia de regiones que antes se mantenían al margen de la decadencia urbana. Los campesinos le han cogido alergia a la tierra, al extremo de que en muchos campos la gente sale al mercado a comprar yuca, tomates y huevos de yema blanca.

Ortega es un convencido de que mientras no se promueva la cultura y la educación, los pueblos seguirán perdiendo su identidad. El Instituto Nacional de Cultura (INAC) debe funcionar como un ministerio, no para engordar más la burocracia, sino para hacer un trabajo real de recuperación del patrimonio histórico.

El profesor Heraclio Quiroz George, historiador y director del Colegio Santo Domingo de Penonomé, admitió con pesar que muchas casas particulares han sido vendidas a extranjeros (ciudadanos indostanes, chinos, libaneses, turcos, árabes) para construir centros comerciales. "La ciudad ha crecido y progresado mucho, pero no se está respetando el legado de la arquitectura colonial. El pasado se destruye y nadie hace nada", explica.

El desarrollo de Penonomé es producto del esfuerzo conjunto de los nativos del pueblo y de extranjeros que llegaron en busca de un lugar pacífico y seguro. En 1897 llegaron a Penonomé los españoles Damián, Ciprián, Edilberto y Jaime Carles, comerciantes que se ubicaron en la Calle San Antonio. El venezolano Tomás Monasterios, casado con Martina Quiroz, construyó magníficas obras nacionales como la Gobernación, la Policía, el matadero, el mercado, y bellas y acogedoras residencias particulares.

Quiroz, de 87 años, recuerda que en las casas adosadas, con un estilo colonial que embellecía la concurrida plaza central, había grandes y pequeñas tiendas bien surtidas, donde resaltaban las diferentes secciones, con reparto de mostradores, frente a armarios con líneas de comestibles, farmacia; elegantes vitrinas con artículos pequeños en general, fantasía, perfumería, cremas "para mí" para poner el pelo más cholo, vajillas, zapatos, zapatillas, chinelas, sedas, alpargatas, dulcería, fonda y materiales de construcción. Hoy el comercio se concentra en la Avenida Central o Juan Demóstenes Arosemena; convertida en una sucursal de Calidonia, con las aceras repletas de buhoneros, mesas de ofertas y una música altisonante enloquecedora. Otro fenómeno que se ha dado es que las grandes cadenas de supermercados se han tragado a las tiendecitas y pequeñas empresas, como el pez grande se come al más chico. Los lugares públicos están llenos de graffiti y frases vulgares. "Esto no se veía en el pueblo", recuerda el anciano, portador de una historia que morirá con él.

El historiador hace memoria y entonces de su boca brota un mundo para muchos desconocido que sucedía aquí mismo. Entonces recuerda "el pipote " para repartir agua de los pozos de La Palma, El Chorrillo y El Higuerón; los entierros de Cruz Alta para los muertos de alcurnia; la recolección de basura en carretas; la represa de Las Mendozas; las corridas de toros y los faroles con lámparas de vidrio y metal que funcionaban con kerosene.

Peter Cheng, comerciante asiático dueño del almacén Casa Peter, admitió que la ciudad ha crecido mucho por el auge turístico de la región. Recomendó una mayor coordinación por parte del INAC y el IPAT para garantizar la preservación del patrimonio histórico de Penonomé. "Tenemos que mejorar nuestra oferta turística y nuestro legado nos da esa oportunidad".

Problemas de identidad

El mismo patrón de conducta, en relación con la pérdida de la identidad de los pueblos, se repite en ciudades como Aguadulce, Santiago, Chitré y David.

Rodrigo Cholo Burgos, comerciante aguadulceño, dice que con la construcción del alcantarillado el pueblo ha quedado como invadido por millones de topos. "Hay huecos por todos lados, esto es un desastre".

Las rejas en las casas antiguas describen el cambio de los tiempos.

El pueblo ha perdido su esplendor de antaño. Los parques están abandonados, las luces brillan por su ausencia, no hay plantas de ornamento y ya no existen las palmas reales que embellecían las avenidas principales.

Respecto a la preservación de la arquitectura histórica, todavía se conservan inmuebles históricos como el edificio de los Correos, la casa de Julio Tom, las casas de la calle Los Marineros, el local de la legendaria Abarrotería la Balanza de Eduardo Urriola, inmueble histórico que hoy ocupa la viuda, Catalina Serrano.

Hace poco Enrique Quique Jiménez inició un movimiento para la recuperación del esplendor que tenía antaño Aguadulce, la tierra del azúcar y de la sal, del aguerrido cacique indígena Escoriá, y de la leyenda del Pozo Azul de los españoles. Escenario de decisivas batallas de la Guerra de los Mil Días.

La pérdida de las tradiciones pueblerinas también alcanzó a Chitré, en Herrera. Bolívar Rodríguez, folclorista de 78 años de edad, considera que se ha dado un "cambio drástico" en la cultura del chitreano. Antes la gente era más sencilla, emprendedora y solidaria con las necesidades de los demás.

"Ha desaparecido ese espíritu chitreano que nos transmitiera Matías Rodríguez, quien no solamente trajo a San Juan Bautista (santo patrono), sino que transmitió a los chitreanos ese deseo de apoyar y darle de comer al vecino. Ahora las puertas se mantienen cerradas", añadió.

Según él, a los jóvenes de ahora les gusta la comodidad: "comer camarones sin mojarse los calzones", grafica. "Cifran sus esperanzas en lo que los gobiernos les den y tienen muy poco aprecio por el legado histórico de la ciudad", denuncia.

La educadora jubilada Leticia Pinilla indica que ahora ni los vecinos se conocen. "Se acabó la cortesía, la gente tira basura en las calles y se han olvidado los valores morales". El casco viejo de Chitré ha permanecido más o menos igual, pero las afueras del pueblo se han transformado con la construcción de 26 urbanizaciones.

Guillermo Momo Mendoza no es muy partidario de la política de puertas abiertas. "Desde que empezó a emigrar gente de afuera, ya nada es igual en Chitré...ni las fiestas de fin de año, mucho menos los carnavales".

Si por estos pueblos llueve, por David no escampa. La ciudad crece vertiginosamente, se construyen modernos edificios mientras que los viejos inmuebles, símbolos de su historia y cultura, permanecen enterrados en el olvido. En Calle Segunda, centro de David, fueron demolidas dos edificaciones de los años 50 para construir dos modernos centros comerciales.

En las calles quinta, séptima, octava, sector conocido como barrio Bolívar o del peligro, donde se forjó la historia de la provincia de Chiriquí, muchas viviendas y edificios de inicios del siglo pasado se mantienen en pie pero tambaleantes, soportando las inclemencias del tiempo y, lo más duro, la indiferencia ciudadana.

El menosprecio por la historia llegó al extremo que en los años 70, la casa del general Francisco de Morazán, prócer de la independencia centroamericana, fue derrumbada. En el lugar solo quedaron las bases de piedra como mudos testigos del atentado. Y como para aliviar el cargo de conciencia, en el sitio se construyó un parque con el busto de Francisco de Morazán.

Milagros Sánchez, historiadora y escritora, manifestó que "la arquitectura moderna lleva a muchas personas a pensar que los edificios viejos deben ser derribados para construir otros modernos. Por eso el casco antiguo de David ha perdido muchos inmuebles que rememoraban la época colonial y de unión a Colombia".

Recomendó la conservación obligatoria de la casa que alberga el Museo José Domingo de Obaldía, la torre de San José de David, la casa de la Fundación Gallegos, que data de principios del siglo pasado, y la sede la Policía de la Niñez y la Adolescencia.

El paisaje de los pueblos del interior fue trastocado por las costumbres de la ciudad.
Sánchez, al igual que otros conservacionistas del país, no se opone, de ninguna manera, al modernismo, pero defiende la tesis de que los avances arquitectónicos y tecnológicos deben darse con respeto al patrimonio histórico. Este modelo de preservación del legado cultural ayudaría a evitar que los pueblos del interior pierdan su identidad, sus raíces y tradiciones que los hacían diferentes a las estresantes ciudades. La convivencia entre la historia y el futuro es posible: solo hay que tomar algunas medidas.

Lo cierto es que luego de dar muchas vueltas por diferentes provincias, al fin Franklin Delano Pérez consiguió que le cocinaran un sancocho de gallina criolla. Fue tanta la emoción que sintió el hombre, que conmovido por el logro pidió una chicha de maíz nacido. Sin embargo, le trajeron una Coca cola. Frank, los tiempos cambian...

En defensa del patrimonio histórico

El Instituto Nacional de Cultura (INAC) promoverá una reglamentación para declarar zona de interés cultural todos los inmuebles que tengan valor histórico.

Domingo Varela, arquitecto urbanista y director de Patrimonio Histórico del INAC, admite que "estamos perdiendo nuestra arquitectura y la identidad de los pueblos".

Es una realidad que por un afán comercial se estén vendiendo casas vernaculares para la construcción de centros comerciales, especialmente en ciudades como David, Santiago, Aguadulce y Penonomé.

Según él, es importante que en las tareas de conservación del patrimonio histórico participen los municipios, el Ministerio de Vivienda, la Policía Nacional, el Ministerio de Obras Públicas, el Instituto Panameño de Turismo (IPAT).

Dijo que hay sitios que han demostrado interés por conservar la historia como Penonomé (Barrio San Antonio, el Museo de la Familia Tejeira, la casa de la familia Carles).

"No estamos en contra del progreso y la modernidad, pero el desarrollo se tiene que dar conservando lo poco que tenemos en arquitectura", añadió.

En tanto, la ministra de Vivienda, Balbina Herrera, dijo que recientemente se creó el Consejo Nacional de Urbanismo, un organismo integrado por instituciones relacionadas con la actividad, para regular todo lo referente al desarrollo de las ciudades.

Tomás Sosa, subgerente del IPAT, dijo que es una lástima que en nombre de la llamada modernización se esté destruyendo la historia. "Es importante que las remodelaciones de los inmuebles históricos para destinarlos a hoteles, restaurantes y almacenes se hagan con respeto a sus estructuras originales, como se hace en otros países".

Sosa indicó que hay sitios como Bocas del Toro, Boquete, Pedasí, La Villa de Los Santos, Las Minas y Santo Domingo, en los que se ha logrado mucho en materia de conservación del patrimonio histórico.

Recordó a los empresarios que uno de los principales atractivos turísticos de los pueblos es su arquitectura. "El pueblo que pierde sus raíces, por lo regular también pierde el interés para los visitantes", manifestó el subgerente del IPAT.

Un censo impostergable

La Dirección Nacional de Patrimonio Histórico levantará el censo de las obras o edificios de interés histórico, artístico o arqueológico existentes en el territorio nacional, y señalará los que se hallen en condiciones que afectan su estabilidad y la seguridad, a fin de que el Organo Ejecutivo provea los fondos necesarios para su conservación.

Según la Ley No.14 del 5 de mayo de 1982, los propietarios, poseedores o tenedores de sitios donde hay monumentos nacionales no podrán someterlos a trabajos de reparación sin permiso previo de la Dirección Nacional de Patrimonio Histórico.

La destrucción o demolición de estos monumentos será considerada como punible y el responsable será sancionado con pena de uno a 10 meses de prisión y multa de 10 mil dólares.

Carla López Abello, arquitecta urbanista de CB Richard Ellis, Inc, y ex directora de Patrimonio Histórico, sostiene que la ley es muy restrictiva, pero no establece estímulos para los propietarios de los inmuebles que tienen valor cultural.

Dijo que muchas veces los pueblos destruyen su identidad, especialmente en el aspecto de la arquitectura, porque se privilegian materiales no tradicionales sin haber comprobado que son beneficiosos, como es el caso de reemplazar las tejas por zinc.

Ella es partidaria de una mayor participación de los municipios en las actividades de conservación, porque es la institución más cercana a los intereses de los pueblos. "Los gobiernos locales deben tener un papel más preponderante".

Si bien no se puede imponer la conservación del patrimonio cultural, es indispensable que la gente tome conciencia de la importancia de preservar las raíces y la identidad de los pueblos, a fin de que las futuras generaciones conozcan su pasado.

López admitió que se han hecho trabajos de rescate que merecen ser imitados, como la iglesia de Natá, la iglesia de San Atanasio en Los Santos, la de San Francisco de la Montaña.

Dijo que es indiscutible que el modernismo no se puede detener, pero es muy importante que todas las reformas a inmuebles históricos las hagan profesionales en materia de conservación.


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