Las
actuaciones de todo gobierno son una conjunción
de evaluaciones de orden técnico e intereses políticos.
Pero como ha sucedido con demasiada frecuencia, las autoridades
suelen tomar decisiones e incluso trazan estrategias y
determinan prioridades políticas sustentadas únicamente
en criterios políticos, sin tener en cuenta sus
repercusiones económicas. El actual gobierno heredó desajustes
importantes en las cuentas públicas y en la administración
de áreas de enorme sensibilidad como la seguridad
social, la educación, la salud, los servicios públicos
y la justicia, por citar solo los casos de mayor gravedad.
De allí que disponer de sistemas efectivos de prevención
y castigo de la corrupción son, más que objetivos
deseables, necesidades indispensables para la recuperación
institucional, el funcionamiento más equilibrado
y equitativo de los mercados, y el saneamiento de las cuentas
públicas. Las recientes designaciones de la Procuradora
General de la Nación y del Contralor General de
la República deben cumplir con ese propósito,
de lo contrario añadiría una nueva frustración
a las muchas que ya afectan a la comunidad.
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