Panamá, 9 de enero de 2005
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Un niño que vendía naranjas

Jorge Ventocilla
Instituto Smithsonian

Foto por Jorge Ventocilla

Los ninos tienen derecho a un ambiente sano y una vida digna

"La felicidad se siente

como alegría después de una tristeza,

huele como una rosa,

se escucha como la llegada de nuestros padres,

se ve como paseando por la plaza

y sabe como galleta de chocolate".

Rogelio Marquínez(11 años) Escuela de Veracruz, Panamáuedó en mi mente la fotografía publicada en la entrega anterior de esta columna. Recordemos, el tema eran las naranjas, que en estos meses abundan en la ciudad (el título era "Llegó la época de naranjas"). La foto en cuestión mostraba a un niño —de 8 ó 9 años—, vendiéndolas en un semáforo.Técnicamente la fotografía era muy buena. Pero me queda una pregunta ¿Se habrá percibido lo que muestra, un niñito en la calle vendiendo entre los automóviles? Sucede que uno se encuentra con personas de una fuerte preocupación por la naturaleza —y conmiseración por los animales—, pero con un desconocimiento y desinterés impresionantes ante la inequidad social, la misma que hace que niños y niñas como el de la foto tengan que ganarse la vida en la calle. Hace varios años leí una frase a propósito, de Bertold Brecht. No la recuerdo con exactitud pero la idea planteada era que no se podía hablar de la belleza de la naturaleza mientras persistían situaciones de agravio a la gente. Por ahí viene la inquietud.Interesarse por el ambiente y a la vez ser tan indiferente por la suerte de nuestra propia especie ¿No es absurdo, tan absurdo como un hotel ecológico de cinco estrellas?El ensayista colombiano William Ospina da en el punto en su obra Los nuevos centros de la esfera cuando afirma: "La actual no es una civilización empeñada en minimizar el dolor ni en corregir los males innecesarios, sino que se acoraza de indiferencia para poder construir su precaria opulencia sobre un dolor cada vez más silenciado".Estar a favor de la naturaleza en la ciudad y de los seres humanos que habitan en ella, tiene que ser parte de un solo empeño y del mismo proceso de toma de conciencia. No hay de otra. Para que la calidad de vida que merecemos sea tomada en serio, y para que un día nos indigne que haya niños que tienen que trabajar en la calle. No voy a mirar solo una cara de la moneda, aunque sea la más frecuente. En los últimos años hemos visto cómo ambos anhelos —el ecológico y el del bienestar social— se acercan y se plantean juntos. Y esta demanda conjunta va a seguir creciendo y fortaleciéndose porque a fin de cuentas se trata de lo mismo. Sentí que debía comentar la fotografía del niño que vendía naranjas. Espero la reflexión sea útil.(11 años) Escuela de Veracruz, Panamá

uedó en mi mente la fotografía publicada en la entrega anterior de esta columna. Recordemos, el tema eran las naranjas, que en estos meses abundan en la ciudad (el título era "Llegó la época de naranjas").

La foto en cuestión mostraba a un niño —de 8 ó 9 años—, vendiéndolas en un semáforo.

Técnicamente la fotografía era muy buena. Pero me queda una pregunta ¿Se habrá percibido lo que muestra, un niñito en la calle vendiendo entre los automóviles?

Sucede que uno se encuentra con personas de una fuerte preocupación por la naturaleza —y conmiseración por los animales—, pero con un desconocimiento y desinterés impresionantes ante la inequidad social, la misma que hace que niños y niñas como el de la foto tengan que ganarse la vida en la calle.

Hace varios años leí una frase a propósito, de Bertold Brecht. No la recuerdo con exactitud pero la idea planteada era que no se podía hablar de la belleza de la naturaleza mientras persistían situaciones de agravio a la gente.

Por ahí viene la inquietud.

Interesarse por el ambiente y a la vez ser tan indiferente por la suerte de nuestra propia especie ¿No es absurdo, tan absurdo como un hotel ecológico de cinco estrellas?

El ensayista colombiano William Ospina da en el punto en su obra Los nuevos centros de la esfera cuando afirma: "La actual no es una civilización empeñada en minimizar el dolor ni en corregir los males innecesarios, sino que se acoraza de indiferencia para poder construir su precaria opulencia sobre un dolor cada vez más silenciado".

Estar a favor de la naturaleza en la ciudad y de los seres humanos que habitan en ella, tiene que ser parte de un solo empeño y del mismo proceso de toma de conciencia. No hay de otra.

Para que la calidad de vida que merecemos sea tomada en serio, y para que un día nos indigne que haya niños que tienen que trabajar en la calle.

No voy a mirar solo una cara de la moneda, aunque sea la más frecuente. En los últimos años hemos visto cómo ambos anhelos —el ecológico y el del bienestar social— se acercan y se plantean juntos.

Y esta demanda conjunta va a seguir creciendo y fortaleciéndose porque a fin de cuentas se trata de lo mismo.

Sentí que debía comentar la fotografía del niño que vendía naranjas. Espero la reflexión sea útil.


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