Panamá, 9 de enero de 2005
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Comentario dominical

Octaedro

Roberto Quintero
rquintero@prensa.com

Autor: Julio Cortázar
Género: Cuento

Julio Cortázar me resulta un autor enigmático, más que simplemente bueno o malo. Despierta mi curiosidad.

Sin embargo, no creo haberlo leído lo suficiente como para formarme un juicio sobre su obra. Solo sé que me inquieta y eso me gusta.

Un buen amigo, de confiable criterio estético, me dijo que Cortázar, de estar vivo, "hoy tendría una obra más completa, compleja y valiosa que García Márquez, Carlos Fuentes o Vargas Llosa".

Eso es fuerte, ¿no? Pero puede que sea cierto. Total, dos de esos tres autores no me dicen mucho. Me resultan sobrevalorados.

Julio Cortázar está a otro nivel en la estratosfera literaria. Y Octaedro es prueba de ello.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, octaedro es un "poliedro de ocho caras o planos". En este caso, ocho cuentos erigen y delimitan un universo extravagante y delicioso, en el que sus personajes acatan las reglas de su creador, a cabalidad, sin chistar, produciendo así un mundo sólido, por muy "raro" —sí, entre comillas— que pueda parecer.

¿Sí me explico? En Cortázar el impacto de lo extraño y paradójico se instala en el lector, no tanto a partir de los hechos que se suceden, por muy excesivamente peculiares que estos parezcan, sino en la actitud que sus personajes adoptan, de absoluto acatamiento, cuando no de complicidad, ante el hecho aparentemente inverosímil que se les viene encima.

En ningún momento se les ocurre esgrimir la razón para contrarrestar lo fantástico. Y cuando lo hacen todavía es peor. Al contrario, siguen las reglas del juego y es ese acatamiento lo que instala el vértigo de lo fantástico en el cuento, lo que hace que uno y otro (lo irreal y lo tangible) se fundan (o confundan) hasta inquietarnos.

Octaedro es una experiencia literaria altamente recomendable, pero solo para lectores cómplices.


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