Panamá, 9 de enero de 2005
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Perspectiva

El estado y el fuego del misionero

Bush ofreció 35 millones de dólares. Cuando lo llamaron "tacaño", Powell anunció que multiplicaban esa cifra. Pero inmediatamente el gesto se vio empañado por un cálculo: buscaban mejorar la imagen internacional

Carlos Alberto Montaner

El maremoto del sudeste de Asia tuvo un efecto revulsivo sobre todos los terrícolas. El Gobierno de Sri Lanka, por ejemplo, en medio de la inmensa tragedia que sufría el país, encontró una manera de ser notablemente miserable: rechazó la generosa presencia de un apreciable contingente de médicos procedentes de Israel, especialistas en catástrofes, que hubieran podido salvar unas cuantas vidas. ¿Por qué? Off the record lo explicó un funcionario local, budista, por cierto, como casi toda la población de esa isla: "por no irritar a los árabes"

¿A qué árabes? Curiosamente, si exceptuamos a los que emigran a Occidente, los únicos árabes que disfrutan los dones de la libertad y la democracia son los que viven en Israel y poseen la ciudadanía de ese país. Alcanzan un veinte por ciento de la población total del estado hebreo y tienen diez escaños en el Parlamento. Imprimen y diseminan libremente sus publicaciones, incluidas las antiisraelíes. Sus mujeres disfrutan los mismos derechos que los hombres, mientras niños, jóvenes y adultos alcanzan el mayor y mejor índice de escolaridad y desarrollo humano de todo el mundo árabe.

El Gobierno de Sri Lanka reaccionó de esa manera tan brutal y tan contraria a las necesidades de las víctimas por una inflexible ley de la fisiología social: los gobiernos no tienen corazón. Los gobiernos tienen cerebro: solo poseen reglamentos y leyes. Los políticos y burócratas que los administran solo tienen intereses, clientes y electores. El inmenso drama provocado por el maremoto era un asunto del corazón, de personas sobrecogidas que querían ayudar a sus semejantes golpeados por la naturaleza. Era el momento de la compasión, y las emociones no caben dentro de la fría estructura institucional de los estados.

Esto también se vio claramente en la conducta errática del gobierno norteamericano. En un primer momento Bush ofreció 35 millones de dólares. Cuando lo llamaron "tacaño", Powell anunció que multiplicaban esa cifra por diez. Pero inmediatamente el gesto se vio empañado por un cálculo poco elegante: era una buena oportunidad de mejorar la imagen internacional de Estados Unidos.

En todo caso, cuando se dona dinero ajeno es muy difícil establecer la cantidad adecuada porque la compasión no establece sus límites por las necesidades de las víctimas sino por la voluntad del donante. Los mendigos, que conocen este mecanismo psicológico, piden "la voluntad": así nunca se equivocan. Sandra Bullock, la bella actriz, se sintió estremecida por el dolor causado por el maremoto y regaló un millón de dólares. Su voluntad de ayudar era muy grande. Bill Gates obsequió tres. Seguramente en Estados Unidos deben ser cientos de miles los donantes generosos, porque es verdad, según los estudios que conozco, que la sociedad norteamericana a ese nivel privado es la que más practica la filantropía.

Ha sido una desgracia que la caridad y la compasión hayan resultado secuestradas por los gobiernos. Las relaciones entre los que necesitan y los que quieren dar se manejan mucho mejor dentro de los lazos de la sociedad civil. Los gigantes supremamente bondadosos como Albert Schweitzer o la Madre Teresa de Calcuta nunca surgen de estructuras burocráticas públicas. El espíritu de misionero es siempre un intenso fuego personal al que hay que prestarle ayuda, pero sin ponerle limitaciones ni cortapisas que lo ahoguen.

Hace algunos años, me acerqué con cierta precaución a una organización cristiana que educa y alimenta niños en el tercer mundo por la modesta suma de veinticinco dólares mensuales. Los patrocinadores reciben una foto del niño o niña "adoptado" y noticias periódicas sobre su desarrollo físico e intelectual. El propósito es que no decaiga el impulso compasivo inicial. Lo que averigüe me maravilló: la organización, basada en el trabajo voluntario de sus miembros, funciona admirablemente. Los gastos administrativos son mínimos. Realmente rescatan a los niños de la miseria. Sus colaboradores tienen el fuego misionero. Gozan sirviendo al prójimo desgraciado.

Lo que deben hacer los gobiernos es estimular los impulsos generosos de las personas y no tratar de sustituirlos. La Cruz Roja se fundó porque en 1859 el suizo Henry Dunant, conmovido por el espectáculo de los cuarenta mil muertos austriacos y franceses aniquilados en la batalla de Solferino –un pueblo del norte de Italia– decidió que había que superar el horror y llegar a las trincheras con medicinas para curar a todos los enfermos, sin distinción de banderas y uniformes. La especialidad de los estados era matar enemigos. La de las personas, en cambio, era protegerlos. Siempre ha sido muy difícil intercambiar esos roles.

El autor es analista internacional


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