| A quien concierne |
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LA PRENSA/Víctor Arosemena |
| En la vía Simón Bolívar, El Cangrejo 130,
hay un hueco enorme. Esta es una calle muy transitada, por
lo que fácilmente puede ocurrir un accidente lamentable. Ante
el peligro para los conductores, una persona tomó la sabia
decisión de ubicar allí objetos que alertaran a los que por
allí pasan, pero el problema debe ser resuelto de forma definitiva
por las autoridades responsables. |
El debate de las ideas
Para un periódico todo debate es una oportunidad
de hallar nuevos aspectos de la verdad
Mileika Bernal
mbernal@prensa.com
El defensor del lector es un "punto de encuentro" entre
los periodistas y sus lectores, y su deber es atender los reclamos
por una "aparente o real violación de sus derechos". Es
quien los representa en el seno de la Redacción para exigir
esos derechos, o para demandar la reparación debida por
esa violación, cuando esta se ha comprobado en una investigación
que incluya todas las partes.
Por tanto, los lectores normalmente están
de acuerdo con su Defensora. En ocasiones los reclamos se resuelven
de manera privada, aunque la mayoría de las veces van al ámbito
público en la página Cartas del Lector, que se publica
los lunes y jueves. Sin embargo, el 30 de diciembre de 2004 recibí un
correo electrónico de una lectora que tenía un tono
diferente, lanzaba un reto: que me atreviera a publicar su carta.
Según entiendo, su petición era ver publicada la
carta al día siguiente, ya que el 31 de diciembre volvió a
insistir con ella, aunque esta vez le añadió una
línea que decía, "tremenda objetividad de la que
habla La Prensa, y no se atreven a publicar mi carta".
Este tema, a mi juicio, debía quedarse en
lo privado, y no por temor, sino por respeto a los lectores del
diario, por el tono de la misiva. Sin embargo, encontré en
ella la oportunidad servida en bandeja de oro, para hablar de la
importancia que tiene para un periódico la opinión
de sus lectores y su participación en las páginas
de la Defensora. Principalmente porque es para ellos para quienes
trabaja el periodista.
Para un periódico todo debate es una oportunidad
de hallar nuevos aspectos de la verdad. Para el periódico
son más importantes los avances en el conocimiento de la
verdad que los retrocesos o los estancamientos; lo que importa
es descubrir el error y poner en evidencia al equivocado. Esta
norma de conducta permite mantener las discusiones en un alto nivel
de ideas y apartadas de la discusión estéril, de
las ofensas y del ataque personal.
Es tan importante escuchar lo que nos tienen que
decir los lectores que esto llevó a La Prensa a designar
a una persona que los represente, porque reconoce el derecho que
tienen de opinar y criticar el contenido del periódico,
siempre que esta opinión sea emitida con respeto. Siento
que cualquier tema que se publique en el periódico generará opiniones
a favor y en contra, pero la discusión que se haga en torno
a cualquier punto debe llevar un nivel de altura.
Precisamente la página 11a (de los lunes
y jueves) se designó para que los lectores expresen su opinión
sobre el contenido editorial del periódico, y por ningún
motivo este espacio se debe convertir en un sitio donde se publiquen
textos que no aporten a la discusión de las informaciones
que aparecen en las páginas del periódico.
Todos los temas ganan en altura cuando deliberadamente
se sustraen del ambiente de la ofensa y del ataque personal, sea
cual sea el punto de vista que se esté defendiendo. La ofensa
como argumento deja la sensación de que encubre la debilidad
de un razonamiento, pues un argumento sólido no necesita
de este artificio.
Los periódicos en sus manuales de estilo,
y entre ellos el de La Prensa, proclaman el rechazo a las
ofensas porque su ideal es que todas las opiniones se sientan cómodas
en sus páginas. Que cuando un lector lea un artículo
o una carta piense que es un punto de vista que vale la pena leer
y analizar.
La libertad de opinión no debe ser entendida
como una licencia para ofender. No publicar ofensas personales,
que tienen que ver con la vida privada de los individuos, no significa
falta de objetividad, y no publicar las cartas llenas de ofensas
tiene que ver más con el respeto a los lectores del diario,
que con la falta de valentía.
El reconocido periodista Jorge Ramos escribió un
artículo que publicó La Prensa, sobre la esposa
del Presidente de México, que decía en su primer
párrafo: "No me importa si Marta Sahagún, la primera
dama de México, cree en la brujería. Tampoco me importa
cómo se ligó al presidente Vicente Fox ni quién
le corta el pelo y le arregla las uñas. Esos son asuntos
privados".
Al diario llega todo tipo de informaciones, y esto
no solo ocurre en La Prensa, lo mismo pasa en todos los
medios de comunicación, pero muchas de estas informaciones
se quedan en la Redacción, ¿saben por qué?
Porque sencillamente hay límites entre lo que tiene interés
público y lo que corresponde a la vida privada de las personas.
Aquí es donde radica la esencia del trabajo del medio: escrutar
el material y publicar lo adecuado.
El deber de un defensor es hacer que se cumplan
los derechos de quienes representa: los lectores de La Prensa.
Pero también tiene la responsabilidad de hacer docencia,
con los periodistas y con los lectores. El ideal es que las páginas
de la Defensora se conviertan en un espacio que aporte a la práctica
democrática, que sea pluralista y que conceda un trato justo
y equitativo. Para lograr esto es de obligación tener una
discusión de altura y civilizada.
También le corresponde al defensor tramitar
los reclamos donde quiera que encuentre razones. Por ello no será extraño
ni cuestionable que la mayoría de las veces esté de
acuerdo con los lectores. Lo que no quita que en ocasiones tenga
que aceptar que las quejas no tienen sustento. Es parte de la equidad
que debe imperar.
Equiparación ilegal e inmoral
4 de enero 2004
Es escandaloso leer la noticia publicada en La
Prensa el martes 4 de enero, donde se reporta la entrega
de más de dos millones de balboas, que como despedida
de su cargo el ex procurador general de la Nación, José Antonio
Sossa, repartió entre sus subalternos en el Ministerio
Público, para supuestamente "equiparar" los salarios de
los fiscales y otros funcionarios allegados.
Este hecho tiene tintes aún más escandalosos
al provenir de un Procurador que por 10 años se mantuvo
quejándose del aparentemente limitado presupuesto del Ministerio
Público, situación que según él impedía
investigar a fondo y con efectividad las numerosas denuncias sobre
delitos y casos de corrupción.
Ahora no habrá en Panamá nadie que
deje de pensar que ni el Procurador ni sus fiscales hicieron su
trabajo con integridad y que dejaron de investigar a funcionarios
del gobierno anterior a la espera de que éstos le aprobaran
la referida "equiparación" en el Consejo Económico
Nacional (CENA).
Es bochornoso que en este asunto se encuentre involucrada
la ex procuradora de la Administración, Alma Montenegro
de Fletcher, y el ex contralor general, Alvin Weeden, quienes opinaron
a favor y refrendaron ese pago, respectivamente.
Todos los que recibieron esos dineros deben devolverlos
al Estado con prontitud, pues una simple opinión de la ex
procuradora Fletcher, sospechosamente implementada a última
hora, no tiene fuerza de ley.
Que comiencen dando el ejemplo el defensor del Pueblo,
Juan Antonio Tejada, y el "zar" anticorrupción, Cristóbal
Arboleda, quienes recibieron más de cien mil balboas cada
uno. De no hacerlo, sus figuras se verán desprestigiadas
ante una sociedad panameña frustrada por la falta de justicia
y reinante deshonestidad, y ante una administración gubernamental
que dice estar comprometida con la "cero corrupción".
Carlos Alberto Moreno
No juzgo a Remón, sólo
expongo los hechos
2 de enero del 2005
No soy historicista, pero pido respeto por la Historia
y los valores que se derivan de sus enseñanzas. Lo que no
entienden ni llegarán a entender los que la tratan banalmente
es que los intentos de tergiversarla, además de vanos, son
repugnantes.
En el "Hoy por Hoy" de La Prensa del
domingo 2 de enero, el editorialista no repara en agredir a la
Historia y la inteligencia de la gente. Así, traído
de los cabellos, intenta, maliciosa e intencionadamente, hacer
una distinción entre un militarismo "bueno" como
el de Remón y un militarismo perverso como el de los otros.
No juzgo a Remón, sólo expongo los hechos.
Que no haya usado el uniforme militar después
de asumir la presidencia no es un "valor" como insinúa;
podría ser, cuando mucho, un atenuante. Remón "ganó" la
presidencia por uno de los más escandalosos fraudes electorales
de la historia republicana, apoyado por el aparato militar que
comandaba. Aparato que siempre estuvo al servicio de sus intereses
y de los grupos y familias poderosas a las que servía. Este "buen" militarismo,
convertido en poder castrense, según el editorialista, como
parte de un proceso iniciado por Remón "evoluciona
hasta convertirse en el poder absoluto cuando la fuerza pública
adquiere y ejerce poder político".
La comandancia de Remón quitó y puso
presidentes a su antojo y al de sus mentores; persiguió,
encarceló, hirió y mató a periodistas, obreros,
estudiantes y a simples ciudadanos. El periodo de 1931 a 1952 fue
tenebroso, sobre todo durante el mandato en la Policía de
Remón. En 1941 derrocaron a Arnulfo Arias con complicidad
foránea; en 1947 reprimieron a los patriotas que rechazaban
el tratado de bases militares norteamericanas; en 1948 los militares
le robaron las elecciones a Arias; un par de años después
lo instalaron en la presidencia, luego de un "recuento" vergonzoso
de votos. En 1951 lo derrocan y desconocen a sus vicepresidentes
electos; en cuestión de una semana o de horas tuvimos tres
o cuatro presidentes. Uno de ellos le pidió la renuncia; éste "accedió",
lo invitó al cuartel para entregársela y en vez de
ello, lo derrocó y le comunicó arresto.
Para ilustrar la conducta característica
de esos "ejemplares", "inocentes" y "gloriosos" tiempos,
como los recuerda el autor del "Hoy por Hoy", revisen
la historia del asesinato de Remón, en esa misma edición.
Todo apunta a que fue una conspiración interna por las pugnas
de poder de los grupos que lo dominaban. No repararon en matar,
encarcelar o hacer desaparecer a todos los que conocieron de los
hechos. Hasta el propio Rubén Miró parece que fue
víctima de esa conspiración cuando, años después,
fue ultimado, tal vez, por mandato de sus antiguos cómplices,
si fue cierto que él hizo los disparos que segaron la vida
del presidente o por venganza de familiares de éste en complicidad
con sus asesinos durante el régimen de los otros militares.
Después de la muerte forzada de Remón,
poco cambió. Se produjo la matanza por francotiradores de
casi 30 ciudadanos inocentes al final de la década del 50,
lo mismo que la represión estudiantil y de obreros que causó varios
muertos y heridos en el mismo periodo. Eran los tiempos en que
cuando moría un estudiante en una manifestación decían
que no entendían cómo había pasado, si ellos
solo "hicieron unos cuantos disparos al aire", lo que
no especificaban era que los disparos fueron hechos al aire de
los pulmones de esos inocentes. En esos tiempos se crearon los
grupos paramilitares tristemente célebres como los "Leones
del Sótano", "Los Varrilleros de Cucho" y
otros, que hicieron tanto daño, apadrinados por políticos
y militares de entonces.
La sana conclusión de que evitemos el desarrollo
o el retorno del militarismo, en cualquiera de sus formas, no es
excusa para tergiversar la historia, demonizar a unos y absolver
a otros.
Ricardo Bermúdez A.
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