El
justiciero solitario
No hay justificación para lo que el 31 de diciembre pasado se dio en las afueras de la contraloría Julissa Rodríguez Dufau
Hace escasos dos meses se publicó en la sección de opinión un artículo en el que hacía mención sobre la pérdida de valores que se observa por doquier en nuestra sociedad. Y, como para muestra un botón, se produce un acto más que deplorable, vergonzoso y bochornoso, no sólo para quienes lo protagonizaron, sino para la población que tuvo que ser testigo de semejante acto de vulgaridad. Bueno, pensaba yo que era así, hasta que escuché las declaraciones de uno de los afectados por el acto en cuestión. Me refiero a la pelea a puños, protagonizada por dos conocidos personajes de la política de nuestro país: El señor Chito Montenegro, del Frente Anticorrupción, y el ex contralor de la República, el señor Alvin Weeden.
Y no contento con lo sucedido, vemos a Chito Montenegro que celebra por doquier su "hazaña" contra quien, en el momento del incidente, aún era un funcionario público de importancia. Pero lo más increíble son las razones que, para justificar su comportamiento, al declarar: "A mí me enseñaron que el que pega primero pega dos veces", y "él me miró de manera desafiante, por lo que tuve que pegarle". No sé si sentarme a llorar frente a incidentes como éste, que lejos de ser ejemplos adecuados para el resto de la población, incluyendo a los más jóvenes, incitan a la violencia y a tomar la justicia por sus propias manos. ¿Cómo podemos exigir, entonces, a los jóvenes pandilleros que no maten a los que consideran sus rivales porque "le miró mal"? ¿Con qué moral podemos pedirles que se alejen de comportamientos ordinarios y aberrantes? No sé, verdaderamente, qué decir ni qué pensar.
No defiendo a nadie. Que el gobierno que salió dejó grandes baches, según los reportes realizados en los primeros tres meses de gestión de Patria Nueva, en la economía nacional, no es cosa nueva; es parte de nuestra historia patria. Vivimos en un país en el que cada cinco años se ve lo mismo. El gobierno entrante, que por lo general es la oposición del saliente debido al voto castigo, encuentra mil y un defectos en la forma en que se realizaron las cosas. Se encuentran los más increíbles actos de corrupción, que superan con creces a los del gobierno previo. Y lo peor de todo, no le pasa nada a nadie. El punto es que, por más que gran parte de la población odie al señor ex contralor de la República como manifestó el señor Montenegro en un programa televisivo, no hay justificación para lo que el 31 de diciembre pasado se dio en las afueras de la contraloría. ¿Qué somos un país libre? Si es cierto, pero no nos da derecho a tales actos de barbarie y libertinaje, disfrazados de libertad de expresión.
Señor Montenegro, no le conozco, pero le voy a dar un consejo como panameña joven que tiene esperanza en este país y, sobre todo, en sus habitantes: Ya bien dijo alguien que somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que hablamos. Piense bien lo que va a decir antes de expresarlo. Yo, en su lugar (y realmente espero nunca tener una situación similar a la suya), habría guardado silencio y, humildemente, me hubiera reservado los comentarios sobre el incidente. Créame, habría sonado más inteligente. Probablemente para algunos sea muy divertido lo que sucedió ese 31 de diciembre, pero para otros (y espero que seamos, al menos, un grupo mayoritario) es una falta de respeto para con todos. Como secretario del Frente Anticorrupción, esperamos que denuncie los actos indebidos que se cometen, pero para que los encargados de dar justicia tomen sus cartas en el asunto. No esperamos tener un justiciero solitario, que arregle las cosas a puños en cada lugar que alguien no lo mire de manera agradable. Este no es el mejor ejemplo que podemos darle a la niñez y a la juventud de este país.
La autora es médico cirujano
Además en opinión
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