Tras 50 años del crimen de Remón
El crimen de Guizado había sido frenar las ambiciones políticas y económicas de un sector mayoritario del gobierno y de sectores poderosos Luis Eduardo Guizado L.
El 2 de enero de 1955 fue alevosamente asesinado el presidente de la República, José Antonio Remón; 12 días después, el 14 de enero, el presidente José Ramón Guizado era acusado de haber sido el autor intelectual de dicho asesinato.
Ese mismo día, al solicitar el ingeniero Guizado licencia a la Asamblea Nacional para separarse de la Presidencia hasta que se esclarecieran los hechos imputados, la Asamblea se negaba a concederle la licencia y en su lugar lo suspendía del cargo que ocupaba, ordenando su detención. Bastaba solamente la palabra del presunto asesino para despojarlo de la presidencia y encarcelar a José Ramón Guizado.
En realidad, el crimen de Guizado había sido frenar las ambiciones políticas y económicas de un sector mayoritario del gobierno y de sectores económicamente poderosos. La presidencia de Guizado no convenía a los intereses del grupo que venía disfrutando de prebendas y prerrogativas gubernamentales durante varios años. El asesinato de Remón servía como excusa para constitucionalizar un golpe de Estado.
Con este golpe de Estado parlamentario, la Asamblea Nacional compuesta por 53 diputados, la gran mayoría perteneciente a partidos políticos del sector gubernamental antes mencionado, se convertía en juez y parte al decidir tener la competencia para juzgar al ingeniero Guizado.
Faltando unas semanas para el inicio del juicio a Guizado, el 17 de febrero del mismo año el supuesto asesinato se retractaba de sus acusaciones contra José Ramón Guizado. Ante ese nuevo acontecimiento la aplanadora de los diputados gobiernistas decidía efectuar el juicio sin la presencia de testigos.
El proceso judicial llevado a cabo por la Asamblea Nacional se vio plagado de toda clase de anomalías e irregularidades; también hubo innumerables presiones, ofrecimientos y amenazas de los cuales fueron objeto algunos diputados.
Después de terminados los alegatos de la acusación y la defensa del presidente Guizado, la Asamblea Nacional dispuso celebrar una sesión secreta para deliberar sobre la sentencia que debía dictar. El entonces diputado doctor Carlos Iván Zúñiga recogió para la historia las actas de la sesión secreta, publicándolas en su obra El proceso Guizado (Un alegato para la historia). Esas actas muestran cómo varios diputados, que posteriormente votarían para condenar a Guizado, se oponían a que el presunto autor material del asesinato fuera llevado a la sesión secreta a declarar, aduciendo que no se le podía creer, que era un falsario, que hablaba tonterías, que se retractaría, que era un loco maniático y mentiroso. Sin embargo, uno de los testimonios del presunto homicida serviría como única "prueba" para condenar al ingeniero Guizado.
El 29 de marzo de 1955 la Asamblea Nacional destituyó al presidente Guizado y lo condenó a seis años y ocho meses de prisión. Sin embargo, ocho diputados salvaron su voto mostrando así que las personas que tienen arraigados valores éticos y morales actúan con verticalidad, integridad y valentía. Esos diputados fueron Juan B. Arias, Tomás Rodrigo Arias, Aquilino Boyd, Simeón Conte, Juan Antonio Delgado, Francisco, José Linares, Plinio Varela y Carlos Iván Zúñiga.
El 6 de diciembre de 1957 eran absueltos por un jurado de conciencia, el presunto asesino y los supuestos cómplices del crimen de Remón. Unos días más tarde, la Corte Suprema de Justicia ordenaba la libertad y el 10 de diciembre salía libre, con la frente en alto, el ingeniero José Ramón Guizado, después de permanecer encerrado dos años y 11 meses en una celda de la cárcel Modelo de la ciudad de Panamá. Para ese entonces el período presidencial para el cual fuera elegido había terminado.
En este quincuagésimo aniversario del asesinato del presidente Remón he querido exaltar las virtudes de un puñado de hombres dignos que, a pesar de las circunstancias adversas producto del momento político que vivían, mantuvo firmes sus convicciones.
El autor es banquero jubilado
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