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Mujeres y niños, mayor número de víctimas del maremoto

En el centro de ayuda, donde los altercados por raciones de alimento impregnan el aire de manera regular, niños y padres confundidos deambulaban por ahí, sosteniendo cubetas de plástico que acaban de ser distribuidas

Amy Waldman

THARANGAMBADI, India. –Bhupati llevó a sus dos hijos, de ocho y seis años de edad, a terreno más elevado cuando la marejada impactó, para después correr de nuevo para buscar a la bebé, Preetika, de dos años. La niña ya había sido rescatada por alguien más y logró sobrevivir. No así la madre de los tres, en su frenética búsqueda.

"Nosotros no sabemos cómo salvar el futuro de estos niños", dijo su tío Kanakaraj, de 35 años, el pasado jueves, en el salón de bodas de la comunidad, que había sido convertido en campamento de refugiados. "Hace falta el cuidado de una madre". Era admirable su preocupación por los hijos de su hermano, dado lo que les había ocurrido a los suyos propios. Los tres fueron barridos por la marejada del domingo al tiempo que su madre, Manonamani, trataba, sin lograrlo, de salvarlos.

Una madre sin hijos, hijos sin madre en una familia extendida, un microcosmos de la forma en que el agua rompió todo a su paso a lo largo de Asia. Muchos varones murieron, pero al parecer mujeres y niños murieron en número incluso mayor.

Eso es particularmente cierto en este poblado pesquero sobre la costa, de 5 mil habitantes, en el estado de Tamil Nadu, donde se han encontrado 206 cuerpos hasta la fecha. De ellos, tan solo 26 eran de hombres, en tanto que 94 eran de mujeres y 84 de niños. Todo parece indicar que la mayor parte de los desaparecidos, posiblemente de 200 a 300 ó más, también son niños.

En el mayor subdistrito, 54 hombres perdieron la vida, pero también 194 mujeres y 174 niños. En todo el distrito de Nagipattinam, el cual tiene el mayor número de muertes confirmadas en toda la India, se han registrado 4 mil 332 muertes, con los varones representando mil 378 de ellas. Combinadas, las muertes de mujeres y niños suman 2 mil 954.

Algunas personas en esta localidad culpan de su suerte al tsunami, otros a la geología. Sin embargo, otro factores también determinaron quién vivió y quién murió esa mañana.

Para empezar, la biología: Los hombres que estaban en la costa tuvieron la velocidad necesaria para superar al imponente muro de agua, así como la fuerza para aferrarse a cualquier cosa que pudieran, al tiempo que el agua trataba de arrancarlos de ahí. En segundo, la sociología: Aquí, los hombres son los proveedores, y por tanto estaban lejos del mar, aproximadamente a 10 kilómetros de la costa, que en ese día demostró ser el refugio más seguro. Las mujeres fueron presa del embate del agua en casa, o en el mercado de pescado, donde el agua llegó a gran velocidad. En una mañana de domingo, el tsunami encontró a muchos de los niños en sus casas, a solo unos pasos del mar, en vez de estar a una distancia más segura, en la escuela.

El jueves de la semana pasada, grupos de pescadores examinaron lo escombros de sus hogares en busca de los restos de sus familias. Ellos siempre habían trabajado manualmente, pero, para esta tarea, usaron guantes de goma. Formaron un círculo estrecho, para después levantar dos o tres dedos para mostrar cuántos niños habían perdido.

Debido a que estaban de pesca el domingo, los hombres habían sentido la crecida del mar y su lento estremecimiento; lo habían visto tornarse negro, después blanco, pero no tenían idea de lo que les esperaba en casa. La primera indicación llegó cuando, a medida que se aproximaban a la orilla, vieron cuerpos flotando.

En casa, las mujeres habían corrido al escuchar el estrépito de gritos y al ver el agua, sujetando a tantos niños como pudieron. Para madres desesperadas, dos manos no fueron suficientes. Shanti Kumar, de 35 años de edad, alcanzó a sujetar a dos de sus cuatro hijos, pero perdió a dos. Vir Lakshmi salvó a dos y perdió a una, Kalesilui, su hija de ocho años. "No pude sostener a los tres", dijo.

Chinnapillai, de 60 años de edad, quien, al igual que muchos tamiles usa un solo nombre, había llevado a sus nietos, Kokila, de cinco, y Muraganna, de dos, a ver la llegada de las embarcaciones pesqueras. Cuando todos empezaron a correr, la abuela sujetó a los niños y también empezó a correr, sin volver la mirada una sola vez. Cuando el agua cayó sobre ella, terminó aterrizando sobre una cabaña. Los niños habían desaparecido.

Ahora, ella estaba tan consumida por la culpa que había dejado de comer. Un mes antes, ella había insistido en que su hija y nietos dejaran su aldea para venir a vivir con ella, ya que había estallado un altercado doméstico en su hogar.

"Yo maté a los niños", dijo Chinnapillai. "Yo los obligué a venir a mi casa".

Su hija, Banumathi, de 22 años, había salido muy temprano el domingo para ir a un templo en su aldea natal, resistiéndose a los lamentos de sus hijos para que les permitiera acompañarla. Este jueves, ella lloró y después lloró más, flagelándose con "si tan solo": si tan solo ella los hubiera llevado consigo, si tan solo ellos no se hubieran quedado en casa de su abuela.

Niños de pies ligeros que tuvieron que correr hasta un punto seguro también daban la impresión de cargar la culpa por las madres que habían dejado tras de sí. Anandi, de 14 años, estaba trabajando con su madre en el mercado de pescado, junto al templo de elaboradas esculturas y pinturas que domina el pueblo, cuando el agua llegó. "Nuestra madre no pudo correr rápido", dijo, refiriéndose a ella misma y a sus tres hermanos. "Nosotros somos jóvenes; corrimos más rápidamente". Los niños pudieron ver cómo su madre, de 35 años, luchaba por mantenerse a flote. Corrieron hasta una vieja fábrica de hielo a medida que el agua rodeaba el edificio. Vieron a su madre atrapada en el agua, y después observaron cómo una segunda ola se la llevaba. Anjali, de 15 años de edad, encontró el cuerpo de su madre media hora más tarde.

En el centro de ayuda, donde los altercados por raciones de alimento impregnan el aire de manera regular, niños y padres confundidos deambulaban por ahí, sosteniendo cubetas de plástico que acaban de ser distribuidas.

Con nadie de los suyos aún vivo, Kanakaraj observaba a los hijos de su hermano, cuyos rostros mostraban solemnidad, los cuales ahora habían perdido a su madre.

Los dos hermanos habían salido al mar por la mañana del domingo, dejando a sus esposas e hijos atrás. En casa, Manonamani le estaba dando de comer a Naveen Kumar, de ocho años, y viendo a Priya Dharsini, de 10, mientras jugaba con Rumani, de tres años, cuando el mar retrocedió y ella escuchó alaridos. Tomó a Naveen y Rumani en sus brazos, al tiempo que Priya corría a su lado. Sin embargo, Manonamani no sabía nadar, y cuando el agua les cayó encima, los niños se deslizaron de entre sus manos.

"No tuve fuerzas para alejarme", dijo. "Los perdí". Ella fue aventada hasta una casa, se sujetó de unos escalones, se golpeó la cabeza y perdió el conocimiento. Kanakaraj la encontró inconsciente, después encontró a los hijos de su hermano en la seguridad de un piso superior.

"No pude ver a mis propios hijos", dijo. El encontró sus cuerpos dos días más tarde.

Todo parecía indicar que se podía lograr algún tipo de contrapeso piadoso en la simetría de agonía de esta familia, y Manonamani dijo que ella, efectivamente, ayudaría a criar a los hijos de su difunta cuñada.

"Con todo", agregó, revelando inmenso dolor en sus ojos, "me habría conformado si tan siquiera uno de los míos se hubiera salvado".

The New York Times News Service
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