Perspectiva
Paraísos perdidos
Suena a juguete de papel y creemos estar frente a un delicado cuadro oriental en el que una ola hecha con la técnica del puntillismo se eleva gigante y majestuosa en la inmensidad del mar solitario. Pero en verdad el "tsunami" avanza mortífero Gina Montaner
Son nombres que evocan edenes exóticos y lejanos porque lo son: Phuket, Sri Lanka, Madrás, Sumatra, la isla de Phi-Phi, las Maldivas, Sechelles. Lugares con los que ha soñado todo aventurero que se precie. Sitios remotos donde hemos deseado perdernos en el transcurso de largas siestas.
Paraísos perdidos bajo una ola gigante cuyo bello y sonoro nombre confunde: tsunami. Suena a juguete de papel y creemos estar frente a un delicado cuadro oriental en el que una ola hecha con la técnica del puntillismo se eleva gigante y majestuosa en la inmensidad del mar solitario. Pero en verdad el tsunami avanza mortífero sobre las playas de los paraísos perdidos, donde lugareños y viajeros duermen plácidamente la mañana de un domingo tropical. La riada de agua sacude la tierra con ira bíblica. Apenas hay tiempo para despertar de los sueños y comprender la magnitud de la pesadilla.
Una vez estuve a punto de viajar a Sri Lanka. O al menos jugué con la idea porque dentro de su forma de lágrima hay hermosas plantaciones de té y los elefantes interrumpen los caminos con su andar pesado y lento. "Sus playas son como algo que nunca has visto", me dijeron. Por eso pensé que debía ir. Porque me hablaban de parajes que son como nada que hayan visto mis ojos. No llegué a visitar Colombo, pero poco después conocí la India y entonces comprendí el significado de lo "nunca visto". Fueron los paseos en Bombay, lo más al sur que me llevó mi itinerario, los que me devolvieron las estampas de un mundo que retrató Kipling. La decadencia colonial mezclada con los aromas fuertes de una tierra de especias y caléndulas. Habría querido perderme en Madrás y en las selvas tropicales donde habitó un niño salvaje llamado Mowgli. Paraísos perdidos bajo la estela de espuma de un tsunami gigante. Un Godzilla acuático que engulle a Atlántida.
El pequeño Hannes deambula solo en la cima de Khao Lak. Arrancado de sus padres por un remolino de agua, el niño rubio y extranjero camina entre los escombros y los cuerpos sin vida de otros bebés que no tuvieron su buena suerte. Hannes podrá reunirse con su padre y desde sus dos años apenas tiene memoria del dulce rostro de su madre, sepultada, tal vez, bajo la marejada. Entretanto otro niño, Karl Nisson, se pasea por las calles devastadas de Phuket con un cartel: "Busco a mis padres y a mis dos hermanos". Karl es tan rubio como Hannes. Por doquier hay cadáveres de criaturas mucho menos afortunadas. Hannes y Karl crecerán para contar lo que un día vivieron. Cuando sus padres los llevaron en busca de paraísos perdidos. Cubos y palas de plástico enterrados en arena blanca. Instantáneas que recoge la lente de la cámara digital. Tsunami es el sonajero de la muerte.
Nunca viajé a Sri Lanka y quedan pendientes Phuket, Phi-Phi, Myanmar, la idílica Zanzíbar en el Indico. Paraísos perdidos a los que no debemos renunciar. En el sueño recurrente nos despertamos abrazados a sus amaneceres huérfanos. (Firmas Press)
La autora es periodista cubana
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