Panamá, 15 de diciembre de 2004
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La incultura y los medios de comunicación

Sheila Mae C. de Royo

Desde el momento en que tuve la dicha de convertirme en madre, hace 21 años, y teniendo hoy tres hijos con una diferencia de casi cuatro años entre uno y otro, vengo observando, además de la violencia que rodea a la juventud, el cambio drástico y negativo en el comportamiento de esta.

Actualmente, y creo que estarán de acuerdo los lectores, nuestra juventud carece de ética y urbanidad; su falta de cortesía es obvia y su vocabulario –el cual utilizan en cualquier lugar, sin ningún tipo de escrúpulo o respeto hacia los mayores– es vulgar y soez, lo que los convierte en unos perfectos patanes.

Este comportamiento también se da en un alto porcentaje de personas adultas, de todas las edades, que se suman, si no en todas, sí en algunas de estas cualidades negativas. Educamos diariamente a nuestros hijos, les inculcamos el dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches, a decir por favor, gracias, o permiso, a abrirle la puerta a una dama o a las personas mayores de ambos sexos, y nos encontramos con adultos "supuestamente educados", incapaces de dar "gracias" por la gentileza recibida o que, simplemente, se resisten por razones personales, sociales o raciales a dar los buenos días, las gracias o a pedir permiso.

Una y otra vez se dice que la formación en el hogar es primordial y estamos de acuerdo; pero, ¿qué ocurre cuando los padres, llamados a enseñar, carecen de las normas de comportamiento adecuadas en una sociedad o, simplemente, cuando el niño inocente y bien criado inicia su etapa escolar y regresa a casa con palabras y ademanes que usted nunca le enseñó? Esto se da en todos los estratos sociales.

Hay muchísimos jóvenes que practican la cortesía enseñada en sus hogares; sin embargo, para ellos lo más normal es el uso de palabras groserísimas. Lo preocupante es que este vocabulario soez también es utilizado por adultos en todas las esferas sociales, lo que indica que si nos descuidamos formarán parte de nuestro lenguaje popular. No hay más que recordar las consignas que corea la barra de la famosa Marea Roja en nuestros juegos de fútbol: "Arbitro...". Estas palabrotas, usadas comúnmente, las escucha usted al pasar junto a un grupo, incluso en las escuelas; son utilizadas hasta en un simple saludo personal o telefónico, y gritadas de un auto a otro sin el menor recato.

Al referirme a la conducta moral de la juventud, exclusivamente, daré como ejemplo las varias celebraciones en Calle 50, incitadas por un medio de comunicación radial que utiliza sus potentes bocinas con música, sin importarle la hora ni los vecinos. Por residir en el área y al tener que dejar el auto a dos calles para poder llegar a mi hogar, sentí vergüenza, como panameña, al ver el denigrante espectáculo que se dio el día 2 de noviembre y que fue noticia. Los jóvenes, que abarrotaron los supermercados para comprar licor, se dedicaron a beber sin precaución ni reparo; algunos propiciaron peleas, incluso algunas mujeres, quienes también, sin recato alguno, se bajaban los pantalones para orinar en medio de cualquier edificio o basurero –esto lo vi–.

Si a todo lo anterior agregamos el tono de voz alto que tenemos los panameños al expresarnos, el abuso y patanería de algunas autoridades llamadas a dar el ejemplo e imponer el orden, y cómo se tira incivilizadamente la basura a la calle como en otros lugares públicos y privados, entonces hay que reconocer que las normas mínimas de comportamiento de los panameños, en general, están por el piso y algunos medios de comunicación no ayudan a solventar esta denigrante situación. Se puede interesar y divertir sanamente a la juventud con todos los elementos propios de su edad, omitiendo simplemente la falta de respeto hacia terceros, la vulgaridad y la chabacanería que se presentan en algunos medios.

¿Cómo educar por medio de la radio con música y términos groseros, vulgares y de doble sentido?

¿Cómo puede ayudar la TV, cuando en algunos programas se propicia la burla malsana y el irrespeto; cuando en espacios de premiación se les solicita a los agraciados realizar una "bullita", que al ser respondida moderadamente por los televidentes se les insta a que la bullita sea más alta y estos terminan desgañitándose? Ni hablar de la vulgaridad que observamos durante los días de Carnaval en las pantallas de televisión.

¿Cómo puede contribuir la prensa escrita, cuando en titulares aparecen palabras impropias para un medio de comunicación y presentan mujeres prácticamente desnudas con frases como: "Mamacita...", etc.? Se puede apreciar la foto de un hermoso cuerpo, estéticamente bien presentado; pero este no es el caso, ya que la idea es vulgarizar más a las modelos, sombreando la división de los glúteos para resaltar lo poco que queda oculto. Esto, es triste decirlo, pero es una acción inculta, burda, grosera, y solo contribuye a la morbosidad.

Dios nos ilumine a todos, y en especial a los dueños de los medios de comunicación y a sus directivos para que, por medio de una campaña, elevemos la ética y la urbanidad de nuestro pueblo, elementos indispensables para el progreso de un país de servicio y con gran potencial turístico, como es Panamá.

La autora es analista
Además en opinión

¿La reforma del Estado?: Jorge F. Marengo H.
¿Salvar de qué y de quiénes a la CSS?: Genaro López
Una Universidad agónica: Roberto Arosemena Jaén
La incultura y los medios de comunicación: Sheila Mae C. de Royo





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