Panamá, 14 de diciembre de 2004
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¿Qué se creen?

"Cuando callas ante los fuertes y poderosos, conozco tu temor y cobardía": George Eliot

Maribel Cuervo de Paredes

¿What’s going on? ¿What’s the problem? (¿Qué sucede? ¿Cuál es el problema). El oficial no respondió. Segundos antes me había buscado en la pantalla, me había ordenado colocar el dedo índice izquierdo primero, y luego el derecho, en la cajita para retratar las huellas digitales, me había tomado la foto con la camarita redonda, había puesto algunos sellos y sin embargo...no me regresaba mi pasaporte. Se levanta de su silla y sin decirme palabra alguna, me hace señas de que lo siga. Le entrega mi pasaporte a una representante de American Airlines y le dice "you know" (tú sabes). Esta, a su vez, se lo pasa a otra empleada que verifica en su pantalla, en qué vuelo había llegado, cuándo y si, efectivamente, el tiquete de abordaje que estaba dentro del pasaporte no era falso y si tenía reservación para tomar el vuelo de esa aerolínea hacia Panamá, ese mismo día, tres horas más tarde.

¿What’s the problem? (¿Cuál es el problema?), pregunté. El oficial no respondió. Es decir, sin entender por qué, ni saber por qué, este señor acababa de convertirme en una persona sin derecho a alguna explicación. ¿Would you please let me know what’s going on? (¿Puede decirme qué sucede?). Mudo. El desconcierto se me iba convirtiendo en disgusto...mucho disgusto. Entonces, la empleada de la aerolínea solo dijo: "follow me" (sígame) y caminó lo suficientemente delante de mí como para no tener que responder a mis interrogantes. La seguí hasta llegar a una oficina de vidrios oscuros con cámaras ocultas, repleta de pasajeros, con personal de migración que verificaba pasaportes contra sus pantallas flat marca Dell.

Diez minutos más tarde, un oficial trigueño, de notables rasgos hindúes y de nombre Islam, me preguntaba sin cortesía alguna, en forma golpeada y fría, cuál era mi propósito de visita en Estados Unidos. ¡Oh no! ¡Usted está equivocado! Mirándole directamente a los ojos y también con voz fría, respondí que no pretendía visitar Estados Unidos. Si verificaba, estaba en tránsito para ir a mí país, Panamá, en el vuelo de American Airlines. Miró en su pantalla, examinó el tiquete de abordaje y empezó a repasar las páginas de mi pasaporte. Confuso, molesto, y ahora, sin mirarme a los ojos, ordenó que me sentara.

El pasado 23 de noviembre partí vía Miami hacia Bilbao, España, invitada –por segunda vez– en mi condición de directora ejecutiva del Centro Latinoamericano de Periodismo (CELAP), a las jornadas sobre periodismo, desarrollo y comunicación organizadas por la Fundación Desarrollo Sostenido (FUNDESO), organización no gubernamental para el desarrollo, apolítica e independiente fundada en 1995. Como en la ocasión anterior, a estas jornadas asistieron estudiantes de periodismo y participaron como expositores profesores españoles de las universidades de Navarra, de la Autónoma de Madrid y de la Universidad del País Vasco. Invitados extranjeros, en esta ocasión solo hubo dos: la activista Rosa María Alfaro Moreno, de la Asociación de Comunicadores Sociales CALANDRIA de Perú, y yo.

Así como me fui vía Miami, mi regreso fue con la misma aerolínea y por la misma vía. Cada vez resulta más desagradable viajar por una línea aérea estadounidense, y mucho más insoportable es hacer aduana en ese país. Agotada, después de nueve horas de Madrid a Miami, lo menos que puede una desear es que alguien en la aduana de Estados Unidos tenga el atrevimiento de pensar que la actividad que una ejerce, como el periodismo, es una profesión ¡terrorista!

Sentada, observaba cómo el oficial de aduanas repasaba cada una de las páginas de mi muy sellado pasaporte (he viajado muchísimo en los últimos cinco años). Se detenía a leer todas las visas que aparecen en él y leía con detenimiento la información que le mostraba su monitor negro Dell. ¿Qué buscaba? ¿Qué información –que yo desconozco– mantiene la base de datos que muestra la pantalla y que motivó al primer oficial a remitirme donde él? ¿Será que le sorprendió mis recientes viajes a Beijing, Hong Kong, Bangkok, Bali, Kuala Lumpur y Praga?

Transcurridos 35 minutos me llamó. Sin emitir palabra, sin explicación alguna y sin signos de cortesía mínima, me entregó el pasaporte. ¿Qué sucede con mi pasaporte?, pregunté. "Nada, solo verificaba el registro". ¿Por qué, hay algo malo con mi visa? "No; es válida". ¡Por supuesto que es válida! Puede ser tan amable y explicarme cuál es el problema? "Ninguno, ahora puede salir".

¿Y entonces? ¡El país que se pasa exigiendo a otros igualdad y respeto a sus ciudadanos, no aplica la regla en su territorio! ¿Qué información le molestó en mi pasaporte? ¿Merecen ellos indagarte, investigarte, retenerte –sin explicación ni motivo alguno aparente–, pero no darte explicación alguna? ¿Qué clase de trato es éste? Furiosa me preguntaba, ¿de dónde sacan que soy una infeliz ciudadana panameña cuyo mayor anhelo sería vivir o trabajar en Estados Unidos? Con una gélida mirada, tomé mi pasaporte.

Sentada en el avión, empecé a escribir este artículo. ¿Podemos los panameños tratar a los ciudadanos estadounidenses de la misma manera? ¿Se atrevería nuestro gobierno a llevar un historial de cada estadounidense que pise nuestro territorio, sellarles los índices izquierdo y derecho, retratarlos y mantener una base de datos de todas sus actividades profesionales y personales? ¿Se atrevería migración panameña a retener a algún estadounidense, cualquiera que sea, sin explicación alguna? ¿Cuántos panameños decentes y ciudadanos de otras partes del mundo son tratados de manera irrespetuosa en las aduanas de Estados Unidos, mientras políticos corruptos, narcotraficantes y maleantes de cuello blanco se burlan de su sistema? Pero dígame usted, ¿qué se creen?

La autora es comunicadora social
Además en opinión

Cómo mejorar la justicia penal: Alberto H. González Herrera
El tiempo de las luces: Carlos M. Arango Jr.
¿Qué se creen?: Maribel Cuervo de Paredes
El Canal y los buques post-panamax: Carlos A. Alvarado N.





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