Contra el sida, no más polarización
Pedro Ernesto Vargas
pevargas@psi.net.pa
El derecho de todo ser humano a tener acceso al cuidado médico y al tratamiento significa además tener acceso inalienable y no discriminante al cuidado preventivo de la enfermedad. Los programas de vacunación, por ejemplo, son la manifestación más pujante del ejercicio de tal derecho.
El 1 de diciembre se celebró el Día Mundial del sida (Síndrome de inmunodeficiencia adquirida). En algo más de 20 años –desde 1981– 25 millones de tumbas se han cavado prematuramente por causa de la infección con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH, en español; HIV, en inglés). Casi 3 millones de ellas, en el año de 2003. La mitad, para albergar los restos de una mujer. Hoy mueren 8 mil seres humanos cada día por la enfermedad, o arriba de 300 por hora, casi tres veces más que las también dolorosas, injustas y prevenibles muertes del 11 de septiembre del 2001, entre las opulentas alturas de las torres gemelas de New York. Dos de cada tres infectados por el VIH morirán por causa del sida. Los medicamentos de que disponen hoy los países ricos solo mantienen vivo al enfermo por más tiempo que hace 10 años.
El sida se globalizó antes que las economías del mundo y reclama como imperativo moral una acción internacional para pulverizar la polarización creada por rígidos conceptos morales y religiosos que, mientras se instrumentan, obstaculizan serias y probadas iniciativas de salud pública urgentes y responsables.
La abstinencia, la exclusividad sexual o fidelidad y el uso consistente del condón son probadas avenidas para la prevención del sida. La Iglesia católica es el más eminente promotor de la abstinencia, y en esa línea es el mejor aliado que tiene la prevención. Sin embargo, es importante reconocer y necesario que ella, la Iglesia católica, reconozca sin temores de estar creando huestes insaciables por el sexo y promiscuidad sin horizontes ni fronteras, que la abstinencia solo es camino preventivo para los individuos que no son sexualmente activos. Para aquellas inmensas mayorías de hombres y mujeres que se acercan al acto sexual por variadas razones, son solamente la exclusividad mutua de la pareja sexual y el uso consistente del condón los más eficaces métodos de prevención.
Las mujeres tienen la palabra. Algo más que el 50% de las víctimas mortales y de los enfermos por sida, hoy son mujeres. La pobreza y la violencia se ciernen sobre ellas. Riesgosas transacciones sexuales se traman cada día contra ellas. En el Africa, cuando una niña tiene su primer encuentro sexual lo hace con un varón que ya lleva 10 años en la práctica. La creencia cultural de que la enfermedad venérea, y el sida en particular, la cura una mujer virgen, aumenta el número de niñas que contraen la enfermedad en esa región del mundo. Noventa por ciento de las víctimas del sida son ciudadanos de países pobres y la pobreza seguirá siendo el desgarrante marco de la enfermedad y muerte. Mientras el hombre es la punta de lanza de la epidemia, la mujer y el niño son las víctimas innecesarias.
En Uganda hay 1.7 millón de huérfanos por este flagelo que ya no es producto exclusivo de la inmoralidad ni la preferencia sexual. En el año 2010, 20 millones de los 25 millones de huérfanos de entonces vivirán en el Africa. La esperanza de vida en Bostwana ha bajado de 71 años a 31 años, en Zimbabwe de 70 a 38 años. Otros cuatro países africanos tienen esperanzas de vida por debajo de los 40 años desde que el continente ha sido lamido de muerte por el VIH, y para los próximos años esta cifra estará por debajo de los 30 años. Y así como en otras latitudes, el mundo cultural y artístico ha sido el blanco de la enfermedad; en el Africa como en Latinoamérica y en Asia, la enfermedad se ha ensañado contra los pobres, los menos instruidos y como en los aciagos años de las fáminas postguerras, poblaciones enteras casi han desaparecido y otras van desapareciendo. Destrucción, muerte, inestabilidad, inseguridad y colapso es de lo que está hecho el trillo de la pandemia más catastrófica que estamos viviendo. Entonces, "La gente invisible", como Greg Behrman se refiere hoy a los infectados por el VIH y a los enfermos por el sida, no serán nunca más visibles.
Si no podemos pedirle a toda la sociedad que maneje con igualdad de pericia y conocimiento toda la información científica es porque todos tenemos limitaciones. Lo que no es aceptable es empeñarse en no permitirnos asir otros probados salvavidas para tener acceso a la prevención de la enfermedad o al cuidado de ella. Esto bien puede interpretarse como ningún aprecio por la dignidad humana o una celosa postura tradicional que hace daño irreparable mientras juzga una bondad que se esfuma entre los muertos.
El autor es pediatra y neonatólogo
Además en opinión
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