La
persistente irresponsabilidad del Vaticano
Aún hay esperanza para derrotar las aterradoras estadísticas que diezman los recursos e índices sanitarios de las regiones más desaventajadas Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Cuando el mundo científico pensaba que ya había escuchado el máximo de torpezas procedentes de emisarios pontificios, las últimas declaraciones alusivas a la tragedia del sida, emanadas desde púlpitos católicos, son una lacerante bofetada a los incansables esfuerzos de la OMS y de todos los que decidimos involucrarnos en brindar asesoría, cariño, comprensión y dignidad a los millones de individuos infectados por este miserable virus. Llamar inmunodeficientes morales a los desafortunados enfermos no solo es humillante, sino que denota una espeluznante ignorancia de los instintos biológicos de la especie humana. ¿Qué dirán las infortunadas mujeres que fueron contagiadas por cónyuges infectados durante su adolescencia, pero que desconocían su condición de portadores del VIH o las inocentes criaturas que adquirieron la enfermedad durante su no solicitada travesía evolutiva dentro de un hostil vientre materno repleto de partículas virales? Quizá, como reciprocidad dialéctica, convendría usar el término de inmunodeficientes mentales para calificar a esos déspotas clericales que explotan el sufrimiento ajeno para dogmatizar a seres humanos que, a fuerza de educación y crítica reflexiva, han empezado finalmente a liberarse de inescrupulosas ataduras religiosas.
Pretender que solo la abstinencia acabe con este flagelo sanitario, representa una utópica quimera que ha fracasado estrepitosamente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Como decía ese ilustre periodista y economista británico Walter Bagehot "el mejor placer en la vida –especialmente para adolescentes y adultos jóvenes– es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer". Mientras se aguardan los inverosímiles resultados de una política hermética de abstinencia sexual, millones de jóvenes engrosarán las filas de cadáveres ante la inercia y complicidad de personas que olvidaron que ellos también sucumbieron a las legítimas pasiones inducidas por una tormenta hormonal, típica de sus años impetuosos y rebeldes. Puedo entender, aunque mis agnósticas neuronas se revuelvan en una anárquica sinapsis, que la cúpula religiosa promueva la abstinencia como única arma infalible –a todas luces más eficaz que efectiva– para evitar el contagio, pero interferir con la promoción del "gorrito" (rindiendo tributo a los audaces muchachos de La Cáscara) y con la educación sexual integral de los jóvenes por parte de las autoridades constituye un punible delito contra la salud pública de cualquier país civilizado.
Nadie ha dicho que el condón está exento de fallas. Considerable evidencia científica –esa que se publica en revistas académicas de prestigio y no en pasquines de información pseudo científica acomodada a intereses de los mercaderes de fe– indica que la efectividad preventiva del preservativo, correctamente utilizado, alcanza cifras superiores al 90-95%. ¿No creen ustedes que este valor es francamente razonable? Para contrastar este nivel de protección, sepan ustedes que las vacunas administradas en la infancia para combatir tuberculosis, hepatitis, tos ferina, polio, tétanos, varicela y gripe confieren protección que oscila entre 50 y 90%. Más aún, poca gente cuestiona la utilidad de los cascos para evitar traumatismos craneanos, el cinturón de seguridad para evitar lesiones corporales o el salvavidas para que los niños no se ahoguen. No obstante, todos estos dispositivos ofrecen protección bastante menor que el condón.
Afortunadamente, cada vez son más las personas sensibilizadas con los estragos del sida y que no comulgan con las ideas retorcidas de líderes religiosos cuyas nociones sobre la sexualidad son tan precarias que abochornan las ilusiones de un siglo XXI destinado a que el conocimiento se globalice de forma equitativa y justa. La caravana celebrada recientemente en Panamá, reforzada por la genuina sensibilidad de la primera dama del país y por la participación cada vez más numerosa de gente identificada con esta tragedia, confirma que todavía hay esperanza para derrotar las aterradoras estadísticas que diezman los recursos e índices sanitarios de las regiones más desaventajadas del planeta. Mientras tanto, el uso del condón puede ser la única oportunidad viable de salvación. Nunca lo olviden amigo(a)s. Ojalá no tengan que arrepentirse para siempre.
El autor es médico pediatra e infectólogo
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