Por una conciencia crítica
Todo tiene un costo, falta ver quién está dispuesto a pagar por ello y quiera compartir el tesoro de ese sueño Juan C. Ansin
drjcal@psi.net.pa
He tenido dudas. Son las bendiciones de Descartes que a cada rato me acosan y seducen. Pero esta vez la duda no estaba en el fondo sino en el nombre, y como a veces solemos confundir el nombre con la cosa, he vacilado entre el encabezamiento de este artículo con este otro: Crítica de la conciencia pura. Rápidamente lo deseché pues me pareció demasiado ostentoso para sus escasas pretensiones y mis magras posibilidades. Además he tenido en cuenta la no menos temida admonición del olimpo académico, no vaya a ser que el viejo Kant se ofenda y despierte de su letargo para enviarme, desde la eternidad, otro de los airados correos electrónicos que a veces me llegan del espacio virtual.
Una escueta entrevista a Saramago publicada en la sección de literatura de La Prensa del domingo 14 próximo pasado, iluminó el desván que entre penumbras se esconde en la azotea, cubierta apenas por la claridad de unas canas bastante escasas. El Nobel portugués acierta –como en sus obras lo reitera– cuando afirma que una de las tantas carencias de la sociedad actual es la pobreza de la conciencia crítica de los ciudadanos. Vale la pena detenernos un poco y empezar por el comienzo.
Hacer una declaración de principios y decir que por conciencia creo en el espíritu humano y en su capacidad de reconocer sus propios atributos, a estas alturas pareciera una perogrullada. Pero, pensándolo mejor, no solo se hace necesario, es imprescindible para quienes todavía piensan en hallar la fórmula química de la paz recurriendo al trinitrotolueno (TNT) o al plutonio vilmente enriquecido. Creo interpretar a Saramago correctamente cuando se refiere a la conciencia social confrontada con la individual. Es en la primera donde tal carencia se hace notoria, porque el individualismo neoliberal (entiéndase el belicista de Reagan-Thatcher-Bush. No el justicialista de Rawls) sostenido por los neoconservadores de la Casa Blanca y aquí en el patio por los empresarios de Prados del Este, quienes cuidan para sí del árbol del bien pero no les importa el bosque de cuyos frutos amargos nos alimentan.
Decir que carecemos de conciencia social no es una novedad. Es una constante de los tiempos que corren, donde el éxito personal se mide no por lo que uno es sino por lo que se tiene. Es el del individuo que le importa más perder una visa por orden de un oscuro subsecretario de una oficina encargada del patio trasero, que manifestarse sinceramente por la integridad y el bienestar de su país. Es el embaucador profesional que se mata por estar en el coro y cantar con correcto acento sureño: Lord, If I Got My Ticket pero se lo cobra cada mes, sin compasión, desde el púlpito, al pobre creyente confundido bajo los efectos del letargo de una hipnosis colectiva.
La conciencia a la que se refiere el escritor de Lanzarote es la que impulsa a las diferentes organizaciones que aquí combaten la enfermedad, el hambre, la injusticia y la pobreza. Porque buenas instituciones cívicas las hay, pero no todos los que las integran sienten, en el fondo de su alma, la "otredad" como debiera ser…esa necesidad irrefrenable de acercamiento fraterno hacia el otro y no como una mera prolongación de ese yo hipertrofiado, sacudido por las cosquillas de una conciencia inquieta.
Tener conciencia crítica es asumir la responsabilidad ciudadana de informarse y de ser informada verazmente y en profundidad, de analizar los hechos que nos afectan como pueblo compartiéndolos con el entorno, desmenuzarlos y sacar conclusiones constructivas para luego opinar en pos de un futuro mejor, o advertir de los peligros que amenazan su bienestar espiritual, su tranquilidad social y la prosperidad lograda en un equilibrio social justo. Es admitir que sin amor humano cualquier logro sería absurdo y que por más noble que sea su intención, su ausencia, hace inútil el fin que se persiga.
No creo en los imperios cuando la conciencia crítica de los pueblos carece de espíritus vasallos. A lo largo de nuestra historia no hubo déspota que no tuviera un ejército rendido a sus pies, ni dioses que no invocara. Voces se oyen hoy por todas partes, asustadas. Saben de dónde viene el caos, pero no hallan la salida. Mientras las posibilidades de una educación humanista, acorde con la ciencia y la tecnología, sea nula, la ignorancia seguirá siendo el verdadero "opio del pueblo" e irá anestesiando primero y envenenado después la masa de conciencia crítica que pueda neutralizarla. Todo tiene un costo, falta ver quién está dispuesto a pagar por ello y quiera compartir el tesoro de ese sueño.
El autor es médico
Además en opinión
• Elizabeth: I. Roberto Eisenmann, Jr. • El pueblo siempre paga los platos rotos: Eloy Hugues Hormechea • Un caso aleccionador: del ‘big dig’ al ‘big ditch’: Betty Brannan Jaén • Por una conciencia crítica: Juan C. Ansin
|