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Una leyenda cubana

Bebo Valdés tiene mil composiciones inéditas y a sus 85 años no para de tocar con su ‘big band’ o a solas con su piano, y no piensa parar...

JOSEP MASSOT
de La Vanguardia

LASERFOTO EFE/Montserrat Diez

Junto al cantaor Diego el Cigala (derecha), Bebo editó el disco “Lágrimas Negras”, que aún lo mantiene
en gira.

Es alto Bebo Valdés y de movimientos lentos; camina con paso leve como si no existiera la ley de gravedad hacia el piano, apenas se encorva, ojea la partitura, y sus dedos acarician sutiles el teclado.

De repente, en el momento justo, acelera el mecanismo endiablado de sus muñecas de seda y esos dedos añosos se ponen a bailar endiablados sobre las teclas, sin mudar el gesto, y cambian el ritmo para que la fiesta invada la platea y los espectadores, como en Hamelin, pongan jubilosos su cuerpo en danza.

Después se alzará frágil, como un árbol enjuto a punto de perder el equilibrio, y mirará al público con su enorme sonrisa de felicidad tranquila.

Bebo Valdés tiene 85 vigorosos años y guarda en su memoria la historia de la música cubana. El ha vivido y protagonizado los momentos estelares, así que puede reescribir desde el principio una historia que el dictado de la novedad ha falseado por designios comerciales del último boom latino.

A Bebo Valdés le encantaría tocar en Cuba.

Pero antes de Buenavista Social Club, antes de Calle 54 y de Lágrimas negras, antes incluso de que Paquito D'Rivera en 1994 le sacara de su exilio en Estocolmo, donde tocaba en ballets y salones de hotel, Bebo Valdés podría hablar de cómo estrenó la batanga, de Ernesto Lecuona, de la primera descarga cubana, entre rones y cerveza, en 1952, promovida por el empresario Norman Granz, cuando trabajaba en el Tropicana; de Dizzy Gillispie —coincidieron en Haití— de Benny Moré —a quien le ofreció ser vocal segundo de su orquesta— de Machito, Mario Bauzá, Chano López, o de Cachao, el verdadero inventor del mambo.

Toda la música está en Bebo Valdés. Cuando habla de música: Beethoven, el boogie, el danzón, la rumba, la guaracha, la cadencia malagueña, tan parecida al guaguancó.

"Toco algo de Beethoven, Chopin, fuga o contrapunto y me sale música nuestra", dice. Bebo Valdés (Quivicán, 1918) se crió oyendo música, la de los amigos de su padre, como Miguel Matamoros, o de su tía.

Una noche, cuentan, a los seis años, se la pasó entera oyendo tocar a un pianista amigo y al día siguiente, con piedras y teclas pintadas, creó un piano imaginario que tocaba mientras cantaba boleros.

Su padre era capitán de bomberos, y su madre, descendiente de vascos, espiritista.

La crisis del 29 les llevó a vender pescado de casa en casa, mientras su madre hacía de costurera. Cuando ganó cinco pesos en la lotería, le compró un piano negro de termita en La Habana. "Costó tres pesos, más uno el camión, y con el resto pudimos comer cuatro o cinco días". Hasta que se descalabró de puro viejo.

Bebo comenzó una larga carrera de estudios: en el conservatorio, armonía, solfeo, arreglos, llegó a tocar en todas las secciones de una orquesta, en el cabaret Faraón, a hacer arreglos en una emisora de radio, a tocar con Isaac Hayes o en Haití, con Julio Cuevas, o en el Tropicana.

Se exilió tras la revolución del 59. "No me gustan las dictaduras, ni de izquierda ni de derecha", dice.

Fue a México hasta que las presiones de los sindicatos le mandaron de nuevo a otro exilio, a Estados Unidos.

En 1958 participó con los hermanos Segura en Monna Bell, primer premio del Festival de Benidorm, y en 1962 recaló en Barcelona como arreglista de Hispavox.

Salió hacia París y los países nórdicos. Allí, él con 45 años y ella con 19, se casó con su tercera mujer.

Vidas contadas

"Amo la luz y los hechos inexplicables —dice Bebo Valdés— como la velocidad de las moléculas sonoras y el secreto del átomo. No olvide que Einstein era violinista. Todas mis composiciones las hago de noche. Mientras duermo, oigo melodías que me apresuro a anotar en papeles que tengo siempre a mano. Las dice un espíritu. El que tenemos en nuestro interior. La materia, el cuerpo, es solo materia, se pudre. El espíritu, en cambio, es lo que permanece puro siempre", comenta.

"Qué error el de los hombres que odian o sienten rencor o deseo de venganza. Solo hubo un hombre capaz de vender al imperio británico: Gandhi, y lo hizo sin disparar un solo tiro. Igual que Nelson Mandela, tanto tiempo en una celda. Fíjese en el ejemplo de Carlinhos Brown, que invierte tanto dinero en Candeal, donde hay ya agua potable y escuelas", agrega.

En La Habana —le digo— sueñan con ver tocar juntos a Bebo y al hijo de su primera mujer, Chucho. "Lo haré encantado cuando Cuba tenga una Constitución. Ningún hombre me ha de dar permiso para visitar la tierra que amo", responde.

A sus 85 años, Bebo Valdés no para de tocar.

"Soy afro-ibérico, descendiente de esclavos y de vascos", se define, orgulloso de su raza y de aquel afro-cuban jazz que él inventó con sus amigosen la lejana Cuba de antes del turismo cultural de las buenas intenciones.


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