Panamá, 21 de noviembre de 2004
 
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Los valores del vaquero evangélico

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Ustedes ya conocen las razones que propiciaron la incomprensible reelección de Bush. No había emitido mi opinión sobre esta nefasta decisión porque mis neuronas estaban oscilando entre sonambulismo, estupefacción e ira. No me he sumergido en la fase de resignación, y dudo que lo haga, ya que no puedo acostumbrarme a esos despliegues de imbecilidad colectiva. Es increíble percatarse de que más que la guerra en Irak, la economía de la nación, la intromisión del Estado en la libertad ciudadana, la salud de los habitantes o la educación de avanzada, los estadounidenses hayan votado por los valores del vaquero evangélico. Pero muchos nos preguntamos, ¿a qué valores se referían los votantes? Les comento la lista de los enjundiosos preceptos morales del candidato republicano.

Mentira, hipocresía, arrogancia, prepotencia, mezquindad y egoísmo son los valores de Bush. Mentira e hipocresía cuando inventó la presencia en Irak de armas de destrucción masiva y la vinculación de Husein con al Qaeda para atacar de forma preventiva al país islámico, pero sus intereses estaban dirigidos a pretensiones hegemónicas y usufructo de pozos petroleros. Cuando dijo a sus compatriotas que sus esfuerzos contribuirían a diezmar las acciones terroristas y reforzar la seguridad mundial, pero los atentados y odios se han exacerbado por su culpa. Cuando manifiesta que procura un futuro promisorio para sus habitantes, pero rechaza adherirse al tratado de Kyoto. Cuando dice defender la vida, pero arriesga sin razón a sus jóvenes soldados y aprueba la pena de muerte en su nativo Texas.

Arrogancia y prepotencia cuando advierte a los demás países que quien no lo apoye será considerado terrorista y perteneciente al eje del mal. Cuando condiciona la ayuda económica a naciones tercermundistas a la alineación con sus posturas mesiánicas. Cuando utiliza su poder monetario y bélico para apaciguar rebeldías o utilizar la ONU como institución monigote al servicio de sus intereses particulares. Cuando, dando muestras de grave perturbación mental, dice ser compañero de tertulias con Dios, diálogos que lo facultan para tomar las mejores decisiones en beneficio de sus ciudadanos. Cuando su oligofrénico subalterno Rumsfeld nos insulta, declarando que la obligatoria limpieza de sus armas y minas enclavadas en suelo patrio era ya capítulo cerrado.

Mezquindad y egoísmo cuando, a pesar de que Castro representa ya un enemigo de minúscula importancia, mantiene su inhumano embargo a Cuba. Cuando se opone a la clonación terapéutica, la eutanasia compasiva y los derechos de homosexuales. Cuando interfiere con las campañas a favor del condón, el sexo más seguro y el nacimiento selectivo de niños verdaderamente deseados. Cuando la financiación de los programas de sida en las regiones subdesarrolladas depende exclusivamente del fomento de la abstinencia sexual. Cuando millones de niños fallecen por inanición y enfermedades prevenibles, pero se gastan cifras astronómicas en armas, guerras, viajes interplanetarios y festividades electorales.

Qué podemos esperar de una nación donde la mayoría de sus habitantes cree más en el diablo y en los milagros que en la evolución; donde muchedumbres robóticas rendían pleitesía a pastores aberrantes como Jimmy Swaggart; donde al promedio de la gente no le interesa tener conocimientos idiomáticos o geográficos; donde las posesiones y riquezas son más idolatradas que la amistad, la solidaridad o el respeto al consenso internacional. El panorama mundial a corto plazo parece desolador. Se avecina una peligrosa supremacía de la derecha cristiana que podría facilitar el resurgimiento del fascismo y una contienda entre civilizaciones. Si a este desenlace, agregamos el repunte que ha exhibido el Opus Dei –movimiento elitista y capitalista de la derecha católica– en algunos países latinoamericanos (en Panamá, bajo la conveniente permisividad del monseñor santeño), podríamos ser testigos de un enfrentamiento entre cruzadas y jihad, evento que podría extinguir nuestra irracional especie. Reaccionemos, antes que sea demasiado tarde.

El autor es médico pediatra e infectólogo


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Los valores del vaquero evangélico: Xavier Sáez-Llorens
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