Un talibán
americano
La meta, me parece, es convertir democracia en teocracia. No sé si llegaremos allá en estos próximos cuatro años o si demoraremos un poco más, pero para allá vamos Betty Brannan Jaén
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WASHINGTON, D.C. –Fue una derrota demoledora. George W. Bush no solamente ganó la reelección a la Casa Blanca, sino que lo hizo con margen impresionante tanto en la votación popular como en el Colegio Electoral, captando así una legitimidad que no tuvo en su primer periodo presidencial. Además, su partido aumentó el control de ambas cámaras del Congreso y derrocó al líder de los demócratas en el Senado.
Con eso, a mis ojos, el movimiento liberal estadounidense ha sufrido una herida mortal. Desde hace años, por razones que no entiendo, la derecha había logrado convertir la palabra "liberal" en algo sucio, al punto de que los candidatos demócratas no se atrevían a autodescribirse como liberales. Pero si el liberalismo ya era algo que había que encubrir –como si fuera pecado–, las elecciones de esta semana sepultaron el futuro del liberalismo en Estados Unidos. No solamente temo que pasarán décadas, quizá siglos, antes de que los liberales retomen la Casa Blanca y el Congreso, sino que ya me parece vislumbrar el día en que Bloomingdale’s esté vendiendo burkas.
Si eso parece excesivamente fatalista, la razón es que esto ha sido un golpe durísimo para mí. Como escribí el martes, en Planas, esta elección fue "una guerra por el alma y el futuro del país" y los conservadores ganaron esa guerra, usando el fervor religioso como su arma principal. Para mí, una separación estricta entre religión y Estado es una de las premisas básicas del liberalismo –y de la fundación de la nación estadounidense–, por lo que ha sido muy doloroso confirmar que la mayoría de los estadounidenses no piensa así. Nadie disputa que en esta elección, Bush supo unir a los cristianos evangélicos con los católicos y los judíos ortodoxos para formar una coalición "tradicionalista" en la que el fundamentalismo religioso pesó más que cualquiera otra consideración. Con la consigna de "poner a Dios en la Casa Blanca" (como si se estuviera eligiendo a un Papa o a un Ayatolá en vez de a un Presidente), los que votaron por Bush prefirieron aplaudir sus supuestos "valores morales" por encima de una reexaminación racional de su actuación como mandatario.
Ante eso, la victoria de Bush "significa el triunfo de fe sobre hechos", escribió Gary Wills, historiador y católico, en el New York Times. Lo curioso, comentó Wills, es que con el fundamentalismo religioso demostrado en esta elección, Estados Unidos se ha distanciado de Europa para acercarse al fundamentalismo del Medio Oriente. Esto, tristemente, tiene su lógica porque "se ha observado frecuentemente que los enemigos llegan a parecerse el uno al otro". En este caso, las características esenciales en el espejo son la rabia contra todo lo "secular" (no religioso), el deseo de que el Estado use su poder para imponer estrictos controles de moralidad sobre la sociedad, y una agenda amplia de ideas "tradicionales" sobre sexualidad, rol de la mujer, y más.
La meta, me parece, es convertir democracia en teocracia. No sé si llegaremos allá en estos próximos cuatro años o si demoraremos un poco más, pero para allá vamos. Con el deseo explícito de que el Estado imponga una agenda religiosa, los líderes de la derecha cristiana en Estados Unidos aseguran que Bush les debe una "revolución" para (entre otras cosas) prohibir el aborto, el matrimonio gay, y el uso de células humanas en investigaciones científicas. Toda noción de que esto sea inconstitucional se resuelve con reemplazar unos tres o cuatro magistrados nuevos de la Corte Suprema. Ayer oí decir que como se trata de un nombramiento vitalicio, Bush buscará magistrados jóvenes para maximizar la duración de su legado. El impacto de estos nombramientos se sentirá por varias décadas.
Ante este panorama desolador, algunos liberales estadounidenses están consolándose con la suposición de que Bush intentará conciliar las divisiones del país o que el péndulo político les reabrirá oportunidades en 2008, pero ambas ideas me parecen ilusas. Si Bush –que perdió el voto popular en 2000– no tuvo reparos en perseguir una agenda ultraderechista en su primer periodo, aún menos lo hará ahora. Y 2008, creo, solo verá una consolidación adicional del fundamentalismo estadounidense. La historia nos enseña que cuando los fundamentalistas llegan al poder, su salida no es rápida porque ellos, seguros del apoyo de su Dios, se sienten autorizados para usar todos los medios a su alcance, incluyendo la clase de guerra sin fin que algunos llaman "cruzada" y otros llaman jihad.
La autora es corresponsal de La Prensa
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