El
estudio que llegó tarde
Los panameños no aprendemos aún de las tragedias. Es decir, preferimos lamentar que prevenir José Quintero De León
jquintero@prensa.com
Con sorpresa me enteré esta semana del estudio presentado por las geógrafas nacionales Ana Hernández de Pittí y Acela Pujol, ambas investigadoras de la Universidad de Panamá, el cual reveló lo vulnerable de ciertas áreas del este de la provincia de Panamá.
Lo que grosso modo pude conocer del informe resulta interesante, además de aleccionador, y nos hace reflexionar acerca de que los panameños no aprendemos aún de las tragedias. Es decir, preferimos lamentar que prevenir.
No obstante, también debemos convenir en que el citado estudio sobre riesgo y vulnerabilidad en la cuenca del río Tocumen llega un poco tarde, cuando las cicatrices de la tragedia del 17 de septiembre siguen abiertas en aquellos panameños que perdieron muchos bienes, entre ellos la vida de sus seres queridos.
Sostienen en su investigación ambas catedráticas que la urbanización Prados del Este sucumbió debido a que se la ubicó en un terreno que originalmente fue un manglar, plano y a orillas del río Cabra en su curso bajo; específicamente en su lecho de inundación.
Entonces surge la pregunta obligada: ¿cómo la Dirección de Desarrollo Urbano del Ministerio de la Vivienda y la Dirección de Obras y Construcciones del Municipio de Panamá otorgaron permiso para la construcción de una barriada tan grande en un terreno pantanoso?
Más adelante, el estudio también se refiere a la barriada Montería, en el corregimiento de Pedregal, la cual fue construida en el margen oeste de uno de los meandros del río Tapia en su curso medio. "Es una llanura de inundación ubicada entre una quebrada y el río principal", subrayan las autoras.
Y qué decir de otra urbanización sufrida, Los Caobos, cuya ubicación se asemeja a la de Montería, con excepción de que si la primera se asienta en el curso medio, la segunda se construyó en el curso bajo de dicho río, pero muy próxima a su confluencia con el río Tocumen, en la zona de manglares.
En síntesis, las investigadoras demostraron que los frecuentes desbordamientos que periódicamente se producen desde la década del 70 se originan "por riesgos ya conocidos".
Ya para esa época las inundaciones de tipo catastrófico afectaron lugares como Tocumen y Cabra, pero nunca se comparan con las secuelas dejadas por los desbordamientos del 4 de noviembre de 1966, cuando el río Pacora se salió de su cauce e inundó su cuenca para dejar 31 muertos, 51 desaparecidos y 4 mil damnificados.
Si bien la tragedia del 17 de septiembre de 2004 cobró la vida de la mitad de las víctimas que se llevó la de 1966, los traumas psicológicos infligidos por aquella y sus 13 mil damnificados se revela como la que más ha conmovido a la comunidad.
La pregunta que seguirá gravitando en las víctimas es: ¿se hará justicia con quienes a sabiendas de lo riesgoso de su ubicación, insistieron en construir estas barriadas que se convirtieron en trampas de muerte y de desasosiego, sin excluir, una presunta estafa inmobiliaria?
El autor es periodista
Además en opinión
• Actualidad: De llantas y tormentas: Carlos E. Ovando • Actualidad: Corrupción, asediada y humillada: Franco Rojas • Actualidad: El estudio que llegó tarde: José Quintero De León • Náuseas: Pedro Ernesto Vargas • ¿Ahorro de combustible para los ‘diablos rojos’?: Rodrigo Mejía-Andrión • Corte Suprema ante un proceso depurador: Demetrio Olaciregui Q. • El Canal y nuestro gran potencial marítimo: Oscar Castillo
|