| PSICOLOGO
EN CASA
Paso a paso
La premisa de los recién separados debería ser paso a paso para que los niños asimilen los cambios ALICIA REGO
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Hacer generalizaciones
sobre por qué tanta gente se divorcia resulta un tanto osado.
Puede que haya puntos en común, es cierto. No en balde los cambios que han experimentado las sociedades occidentales —por ejemplo a raíz de la incorporación de la mujer al mercado laboral— han marcado pautas en la dinámica familiar. Cambios que de una forma u otra afectan a muchos matrimonios.
Pero a la hora de la hora cada caso es un mundo.
A la infidelidad, problemas económicos, diferencias irreconciliables, maltrato y demás, se le suman la forma particular de ser de la persona, su historia familiar, los allegados y otros condicionantes que hacen que todas las parejas sean únicas. Y como cualquier pareja es única, los motivos de su separación también lo son.
Pese a que el ideal sea tener una familia unida, no cabe otra que aceptar la decisión de los que ya no quieren o pueden permanecer unidos.
Qué duda cabe de que si el camino que cada cual emprende hacia su realización se convierte en una ruta plagada de espinas al lado de aquel que un día le juró amor eterno, nadie le puede privar del derecho que tiene a romper ese lazo que le ata y esclaviza.
Y nadie le puede privar tampoco de emprender otro con una nueva pareja. Su libertad para decidir con quién quiere compartir techo, cama, finanzas y demás está en juego. Eso pese a que a la ex pareja puede no agradarle el rumbo que están tomando las cosas. Duro, sí. Pero no queda otra.
Con lo que no estoy de acuerdo es que los hijos del matrimonio, si es que los hay, tengan que aceptar de golpe y porrazo otras situaciones abrumadoras aparte del divorcio de sus padres.
Una ruptura ya de por sí dolorosa y cuyo impacto en la vida emocional de los niños es de sobra conocido.
Un cambio a la vez
Por eso los otrora cónyuges deberían pensárselo un poco más a la hora de tomar decisiones apresuradas.
Como por ejemplo el presentarle a los niños a su nueva pareja sin que haya pasado un tiempo prudencial. Esto por más que esta nueva pareja sea de lo más agradable y cariñosa.
Me choca un montón el que, por ejemplo, un padre recién divorciado pretenda que los hijos compartan tiempo con la actual novia sin que éstos hayan asimilado el giro que ha tomado su vida.
Quizá ellos todavía no entiendan el porqué de la ruptura, quizá alberguen desasosiego, rabia, culpa u otro cúmulo de sentimientos que necesitan de un tiempo para ser procesados.
Además, con mucha probabilidad, les está costando realizar los ajustes necesarios para esas idas los fines de semana a otra casa, con otras demandas, horarios, comidas y demás.
En contrapartida se les exige que vayan a almorzar con esa mujer a la que por encima deberán aceptar gustosos como si se tratara de una nueva mamá. Una nueva mamá que incluso —los más irresponsables de los padres— llevan a actos sociales y escolares de los niños sin que a éstos se les hayan pedido la aprobación. "Como me gusta a mí —puede que piense el papá— habrá de gustarle a mis hijos".
Pues no. Se equivocan. No tiene que gustarle así porque sí. Y menos en los casos en que esta chica tuvo que ver con la ruptura del hogar.
Mucho tienen todavía que asimilar, muchas heridas deben curar y mucho tiempo habrán de compartir a solas con cada uno de sus progenitores para poder estar preparados a la hora de enfrentarse a una escena de este tipo.
El ejemplo es válido para cuando es la mamá la que rehace su vida al poco tiempo y por ahí mismo va presentando su novio a los niños.
Los otros fantasmas
Y como ésta, un par más que también forma parte de los miedos de los niños cuyos padres se han divorciado.
Al fantasma que representa la nueva pareja se le suma el temor a que ésta los trate mal.
Flaco favor han hecho al respecto las películas y obras que presentan a madrastras o padrastros crueles, egoístas o despiadados. De hecho, el cuento de la Cenicienta ha dejado una huella impresa en la mente de muchos pequeños. Por otro lado está el miedo a perder el cariño, los cuidados o la atención de uno de sus padres. Sobre todo del que ha emprendido muy pronto otra relación amorosa.
Sentimiento que puede agravarse con la llegada prematura de hermanastros, tanto si ya venían con la nueva pareja (fruto de una relación anterior) o si son hijos biológicos de su papá o su mamá y la madrastra o el padrastro.
Por eso la premisa de los recién separados debería ser el ir despacio, poco a poco, paso a paso. Solo así los niños podrán reestructurar los cambios y gozar de su propio derecho a ser felices.
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