Panamá, 19 de octubre de 2004
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‘Chats’ ardientes.com

No importa la edad o el sexo, la gente que tiene ‘cybersex’ está buscando nuevas experiencias y liberarse un poco tras el teclado

Roberto Quintero
rquintero@prensa.com

Para algunas personas, presionar la tecla "Enter" es abrir la puerta hacia un placer nuevo. Es replantearse el sentido del acto sexual. Es la tecla como la llave al orgasmo prometido.

Y así, redescubren su sexualidad frente a la pantalla de la computadora, fantaseando con un desconocido —vía chat o utilizando webcams— escenas de sexo explícito que solo se extinguen tras la masturbación.

Eso, señoras y señores, es lo que la sociedad conoce como cybersex, y si usted piensa que aquello es inmoral, sepa que no está solo.

Ante la sola pregunta, Juanita se ruboriza. "¡Nunca lo he hecho!", y asegura, con sus 22 años a cuestas, que "nunca lo haría".

"Me parece incorrecto andar por allí haciendo vainas con un extraño, ¿qué es eso de estar mostrándote a alguien que ni conoces? Y si es, dizque, solo por chat, también me parece raro", sentencia.

Pero, como queriendo decir "tampoco soy beata", agrega que no le encuentra nada divertido al cybersex porque, para ella, "la gracia de la intimidad es estar con la persona, ¿no?".

Tecleando de madrugada

Para aquellos que no piensan como Juanita —y le meten al chat ardiente—, el pudor quedó atrás, si es que lo sintieron alguna vez.

Para Bobby Bear, por ejemplo, la cosa "es completamente normal, es parte de tu intimidad".

El hombre detrás del seudónimo es un creativo, tiene 40 años, es homosexual y habla del cybersex con total seriedad, asegurando que su vida "es mucho más feliz ahora, debo admitirlo".

"El sida ha cambiado nuestra manera de amar e intimar, ahora hay menos contacto físico o personal. Por otro lado, en Panamá están matando personas después de encuentros sexuales. ¿Que alternativa tenemos aquellos que nos gusta la soltería y disfrutar del sexo?".

El experimentó el calor de las teclas hace tres años, por referencia de un amigo, y desde entonces no lo ha podido dejar. Lo hace una a dos veces por semana, "depende del grado de calentura u ociosidad".

Ahora, Bobby no es un aficionado ni un simple curioso. Sus "encuentros" los hace a través de un programa internacional de chat al que está afiliado, "y contacto gente a través de adult rated rooms", o salas solo para adultos.

El programa le permite ver la foto y conocer datos del amante cibernético, "y así te das cuenta si son compatibles". Además, tiene la opción de grabar los encuentros y hacer una lista de sus "compañeros" de cybersex.

"Por lo general reincidimos. Sin embargo, con el programa puedes encontrar gente nueva, siempre encuentras unas 800 mil personas conectadas alrededor del mundo", agrega.

El no pierde tiempo jugando a la secretaria bilingüe. "Yo no me quedo en el puro chat, prefiero hacerlo a través del webcam. Cada experiencia es diferente, todo depende del grado de excitación del momento o de lo que se busca".

Aquel libidinoso embarazo

Para Celeste* ya todo pasó.

Ella, abogada de 35 años de edad, se aferró al cybersex durante unos tres meses —dos veces por semana— hace unos cinco años atrás.

La curiosidad le llegó en pleno embarazo, con la libido por el cielo, el marido cohibido por la panza y ella arañando las paredes.

Para su mala suerte —o buena, según se vea— la calma en la cama trajo el insomnio, y "en vez de ponerme a tejer medias, me puse a chatear y más de una vez tuve sexo con alguien en el ciberespacio", comenta.

Salvo lo esencial, hay muchos detalles que Celeste ya no recuerda. Dice que nunca se lo tomó "muy en serio", nunca pasó del mero chateo y "sin masturbación", solo se quedó con el placer de jugar a la niña mala.

En sus noches de ocio nunca faltó quién la tentara, y si ella estaba de ánimo le seguía la corriente. "Me desinhibía totalmente y la imaginación volaba. Me gustaba hacer historias y ver las respuestas que los tipos daban", y cuando el sueño llegaba volvía a la cama, junto a su esposo.

Y aunque resulta inocente lo que cuenta Celeste, ella traspasó límites simplemente impensables para otros.

Hubo un "ciber amante", de aquellas largas noches en vela, con el que reincidió "varias veces", y más tarde que temprano "me descubrió, supo que era panameña y resultó que él también".

Se trataba de un hombre que pasaba "largas horas trabajando en una estación de rastreo aéreo", pero él también le metía al cybersex como "un relajo", según la abogada.

Una cosa llevó a la otra, y ambos decidieron conocer el lado humano del amante imaginario. Pero de aquel encuentro Celeste no suelta prenda, solo confiesa que "cuando me vio lo último que pensó era que estaba embarazada".

¿Más allá de lo evidente?

Una persona que tiene una pareja estable y tiene cybersex con un tercero, ¿incurre en la infidelidad?

Para Juanita —la santita, ¿se acuerdan?— "por supuesto que sí, aunque nunca vea a la persona, es como infidelidad emocional".

Por su parte, muy a pesar suyo, Celeste admite que lo que hizo no estuvo bien, "aunque, la verdad, no me arrepiento".

Y el amigo Bobby Bear dice que no. "Ay niño, a la gente le gusta complicarse la vida, yo no veo cuál es el estrés. No es infidelidad como tal, es como ver una porno".

Es más, él lo recomienda para la experimentación sexual en la pareja.

La voz de la ciencia

La psicóloga Noemí L. Castillo comenta que el cybersex es parte de la post modernidad.

"Es consecuencia de los adelantos tecnológicos; es decir, otra forma de mirar el mismo fenómeno que antes se hacía en solitario", agrega.

En su opinión, el cybersex no constituye una aberración sexual y no hay un perfil definido del tipo de persona que lo prefiere, "pueden ser jóvenes o adultos, hombres o mujeres".

Castillo explica además que el placer que produce está relacionado con experimentar cosas nuevas.

"En el fondo encubre un deseo de acercarse a la pornografía que antes se conseguía por revistas o asistiendo a ciertos lugares censurados socialmente. Con el cybersex la censura social es más etérea y no parece afectar a la gente, al menos directamente", concluye.

*Nombre ficticio.


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