¿Bueno el discurso ante la ONU? Sí...pero
Las democracias latinoamericanas tienen que trabajar no solo para consolidarse, sino también para integrarse Edwin E. Cabrera U.
Vuelvo y repito, porque además estoy convencido, que al gobierno del presidente Martín Torrijos hay que darle un año de plazo para poder evaluar su agenda y por supuesto la ejecución de ella. Sin embargo, también opino que el plazo de un año para dicha evaluación no obsta a que como ciudadanos reaccionemos a determinados temas o declaraciones de los funcionarios de esta nueva administración.
El pasado miércoles 22 de septiembre, en nombre y representación del Estado panameño, el presidente de la República, Martín Torrijos, intervino ante la 59 Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas con un discurso muy a la altura tanto del evento como de nuestro país.
Con muy buen tino, e incluso buen talante, el presidente Torrijos enfocó su intervención en torno al tema de la pobreza que agobia y a veces asfixia a buena parte de nuestros pueblos latinoamericanos en general y al panameño en particular.
Imprimiéndole un toque humano y de identificación y solidaridad hizo mención de la situación por la que para esos días pasaban tantas familias panameñas del sector este de la provincia de Panamá, lo cual me pareció muy puntual y oportuno.
A pesar de que comparto la opinión de algunos en cuanto al hecho cierto que en la mayor parte del mundo no pasa nada después que se dan estos discursos en la ONU, y de que estos eventos parecieran estar más diseñados o por lo menos aprovechados por los líderes de las grandes potencias que van allí a justificar sus acciones en política internacional, pero que no reaccionan a llamados vehementes como el que hizo Torrijos con el tema pobreza y que además cuando los presidentes de nuestros países hablan usualmente la sala está parcialmente vacía, creo que no deja de ser importante que se dejen sentadas las posiciones de los gobernantes latinoamericanos.
Pero con lo que definitivamente no puedo estar de acuerdo con lo expresado por el presidente Torrijos en su discurso es en su ya, para mí, sospechosa actitud de defensa hasta oficiosa de los ejércitos militares. En parte de su intervención, Torrijos dijo: "En América Latina, los peligros de una interrupción de la democracia por los golpes militares han disminuido significativamente. No son las divisiones del ejército las que ponen en peligro la democracia, son las legiones de pobres y desamparados las que pueden dar al traste con la institucionalidad democrática si sus necesidades mínimas no son atendidas".
No se trata de cazar fantasmas donde no los hay, como me dijo un reciclado civilista ahora entusiasta colaborador del actual gobierno. Ni se trata tampoco de ningún tipo de persecución contra una profesión tan digna como la de los militares. De lo que se trata es de vivir con la realidad sin desconocer la historia y no dejar de tener algo de visión de futuro.
Si revisáramos cuánto se gastan países como México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Brasil, Venezuela, Argentina, Chile y en fin toda Latinoamérica en sus ejércitos, y contrastáramos esas cifras con la pobreza de esos pueblos, advertiríamos que sí son un peligro los ejércitos frente a estos polos de miseria a los cuales los gobiernos no pueden atender, en parte, por millonarios presupuestos bélicos.
Porque luego de conocidas estas cifras tendríamos que llegar a la pregunta obligada ¿Y para qué son estos ejércitos? Respuesta de siempre, para cuidar nuestras fronteras, para la defensa de la soberanía y para la defensa ante la agresión del enemigo. Esos son básicamente los argumentos de quienes no se han enterado cómo avanza el mundo globalizado y cómo la mejor garantía de nuestras fronteras y de nuestras soberanías en algunos casos puede ser la neutralidad, en otros casos los verdaderos y profundos procesos de integración regional.
Pretender vender la idea de que ya los ejércitos no son una amenaza para nuestras democracias latinoamericanas es pensar que hay quienes no nos estamos dando cuenta de que hay, en distintas latitudes, gente acariciando agendas pro militaristas so pretexto del combate al narcotráfico, a las guerrillas y al infame terrorismo.
Las democracias latinoamericanas tienen que trabajar no solo para consolidarse, sino también para integrarse; en la medida en que esto ocurra, tal vez podremos comenzar a pensar en dedicar más presupuesto a la educación, salud y vivienda, que a ejércitos que al final, en nuestros tiempos, nunca se sabe para qué guerra es para la que se están preparando o lo que es igual para luchar contra quién.
Países como Panamá y Costa Rica no ganarían nada tratando de retomar un camino de formar ejércitos. No tengo ninguna duda de que Costa Rica no dará ese giro, pero sí me preocupa que el nuestro, por una especie de contumacia, tan solo lo evaluara. Cómo se nota que el presidente Torrijos –ni como ciudadano ni como miembro del PRD– no vivió en carne propia este trauma político de los militares. Ojalá le preguntara a algunos de sus ahora aliados e incluso a algunos copartidarios suyos lo que fue esto para nuestro país (si es que no se les ha olvidado).
El autor es analista político
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