Objetividad
política frente al terrorismo
Los pueblos quieren la paz y la prosperidad. Quienes se las ofrezcan los conquistarán sin mucho esfuerzo para la causa de la confraternidad humana Gerardo Martínez-Solanas
La campaña electoral estadounidense manipula la cuestión del Irak y los argumentos en pro o en contra de la guerra con excesiva demagogia y notable carencia de objetividad. El propósito manifiesto es la toma del poder o su conservación, lejos de la búsqueda de soluciones y la objetiva ponderación de la dura realidad.
Al votante le toca rechazar los argumentos espurios y exigir a los candidatos y elegidos más precisión y transparencia en lo que afecta la tranquilidad política y estabilidad económica de la nación. Nada se gana con rumiar errores de apreciación o torpezas de estrategia internacional que ya son parte de la historia. El problema no está en el pasado que nos lega lecciones por aprender, sino en su aplicación presente y futura.
Estas lecciones nos enseñan que no se puede negociar con terroristas. Que la política de presiones, sanciones y amenazas no basta. Fuimos azotados por agresiones cada vez más duras y crueles en todas partes del mundo, incluyendo las explosiones que casi destruyen las torres gemelas de Nueva York, bastante antes de la tragedia final. Nada se hizo.
Se consintió entonces con ligereza a la campaña negativa contra los servicios secretos y de seguridad estadounidenses, que fueron gradualmente debilitados y desmantelados. Se logró que la percepción popular aceptara que eran prácticamente obsoletos en un mundo que había despedido para siempre la Guerra Fría. Aun más, se les tildó de abusivos y conspirativos. Los resultados de mala inteligencia y torpezas son evidentes. Nos vienen de lejos y ahora los estamos pagando.
Determinados hechos fundamentales impulsaron a Estados Unidos a la guerra. El principal es que los acontecimientos del 9/11 no fueron la excepción sino parte de una larga estrategia de agresión. Las fuentes de la agresión son difusas, indefinidas y clandestinas. Es la táctica de encubrimiento que tan buen efecto ha surtido a favor de los enemigos de la democracia, agazapados por doquier desde la guerra de Vietnam. Provocan al agredido para que se desacredite con palos de ciego y en su desesperación haga daño a algún inocente o destruya alguna propiedad sin justificación aparente.
En el Oriente Medio destacaron por su extrema arrogancia los talibanes que sojuzgaban feroz y cruelmente a Afganistán. No tuvieron vergüenza ni discreción para proclamarse enemigos de Estados Unidos y celebraron por todo lo alto el éxito cruento de sus agresiones. Sadam Husein comandaba desde el Irak la maquinaria de guerra más poderosa de la región. Tenía a sus órdenes al quinto ejército más poderoso del mundo y una de las fuerzas aéreas más numerosas y modernas. Tenía además los dólares del petróleo para afianzar su poder y pagar sus aventuras bélicas.
Dólares también para comprar conciencias. Poco a poco se van sabiendo las cosas. Una campaña mundial acusa a Estados Unidos de ambiciones petroleras, ignorando convenientemente que el costo básico de la guerra de Irak, hasta ahora, le tomaría a Norteamérica más de 20 años recuperarlo, aun si se adueñara descaradamente de todas las reservas petroleras iraquíes. Quienes la han montado, desde el hijo del secretario general de las Naciones Unidas –¡el padre no, por supuesto!–, pasando por inspectores, políticos y militares de muchas naciones, aparecen en la asombrosa lista con amigos del actual presidente francés Jacques Chirac, subalternos y allegados del presidente ruso Putin, y empresarios petroleros de naciones beneficiarias de las larguezas del dictador iraquí. Beneficiarios que incluyen a la Presidenta de Indonesia y al ex administrador del programa "petróleo por alimentos" de la ONU. Sadam apostaba así a agotar por cansancio a sus inquisidores para proceder seguidamente a un rápido rearme. Perdió la apuesta.
En vísperas de la derrota quemó sus planes en inmensas fogatas que consumieron una enorme cantidad de documentos y evidencias. Empero, nadie puede negar la peligrosidad del dictador que invadió al Irán y a Kuwait. Tampoco puede negarse su empleo despiadado de armas de destrucción en masa contra los iraníes y contra los propios habitantes de su país.
Mientras tanto, las naciones sobornadas y la Organización mundial no llegaban nunca a una determinación firme contra el agresor que los burlaba durante más de 10 años, permitía o negaba las inspecciones, amenazaba o sacaba la rama de olivo, y seguía martirizando, torturando y sojuzgando a su pueblo con impunidad.
Todo esto es historia pasada. Ahora se plantean otros horrores muy difíciles de resolver. La táctica del avestruz no va a apaciguar a los enemigos jurados de la democracia y la libertad, capaces de asesinar niños y degollar inocentes. No es fácil vencer al terrorismo. La retirada irresponsable no es una solución.
Si volvemos a Vietnam, una guerra que se libró con una estrategia "limitada" que no permitía la victoria, la retirada apresurada y la propia corrupción e irresponsabilidad de los aliados vietnamitas provocaron uno de los episodios más espantosos de la historia moderna: el éxodo de los boat people con decenas de millares de muertos y cientos de miles de refugiados y los campos de la muerte de Cambodia donde fueron exterminados millones. Al cabo de tantos años, esos pueblos siguen sumidos en la miseria, el atraso y la dictadura, y son tan enemigos de la democracia y la libertad como en el momento de la victoria totalitaria. ¡Qué gran diferencia con Corea del Sur o Taiwan, países florecientes que contaron en su oportunidad con un apoyo más decisivo!
Una retirada apresurada de Irak tendría consecuencias desastrosas para ese país y para toda la región. Sería la victoria del extremismo. Además, hay algo que hacer en Palestina donde dos grandes terroristas enfrentan a sus respectivos pueblos en una refriega de odio y venganzas que nos salpica a todos con sus ardientes tizones. Ahí está el meollo de todo este conflicto. Las grandes potencias y sus aliados ricos tienen capacidad militar y económica más que suficiente para intervenir, separar a ambos pueblos y liquidar de la escena política a los arrogantes señores de la guerra y del terror. No es nuestra ausencia sino nuestra presencia decisiva en la región lo que nos dará el sosiego.
Los pueblos quieren la paz y la prosperidad. Quienes se las ofrezcan los conquistarán sin mucho esfuerzo para la causa de la confraternidad humana. (Firmas Press)
El autor es economista y politólogo. Ex funcionario de las Naciones Unidas
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