Panamá, 19 de septiembre de 2004
 
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El arranque

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Me vi en la necesidad de viajar al sur el día 1 de septiembre, para regresar una semana después. Pensé poder escuchar el discurso de toma de posesión del Presidente desde Tocumen, pero la invocación religiosa del Arzobispo convertida en discurso socio-político y el inoportuno discurso lagrimoso del presidente de la Asamblea, evitaron que escuchara al presidente Torrijos ya que llamaron el vuelo antes que se iniciara. Primera lección: el protocolo presidencial exige la entrega previa, días antes, de discursos que anteceden al del Presidente, precisamente para evitar los abusos que se dieron. Era el día del Presidente. Todo el país quería escuchar sus palabras. En mi concepto, la invocación del Arzobispo –necesaria porque en grandes momentos los humanos debemos inspirarnos en nuestro Ser Supremo– debió ser eso: una invocación de pocos minutos de duración. Con su discurso el otro, político ducho que no ocupa la presidencia de la Asamblea por primera vez, patinó en forma inexplicable e inaceptable.

Al regresar de mi viaje leí todos los periódicos en forma corrida, lo cual ofrece la virtud de la objetividad y la de observar tendencias.

He aquí los positivos y negativos observados: lo positivo inicial fue el cambio de la fiesta perenne por la celebración austera y el concepto de “al trabajo sin más dilación”.

Sigue, en el lado positivo, el cumplimiento estricto de la promesa de derogar el reglamento neutralizador de la Ley de Transparencia. Aun cuando –como todo lo positivo– ya se ha olvidado, este es un acto de gobierno importantísimo y vital; es todo un cambio en la filosofía de gobernar. Ahora hay que lograr que la sustancia siga a la forma, que la transparencia se convierta en hábito. Buen segundo paso.

Luego la noticia –que debió ser la “operación quiebra botellas” con la que todos los panameños estamos de acuerdo, y que no produciría ningún temor entre los empleados públicos que sí trabajan– terminó dominada por la percepción de una botadera de 40 mil empleados públicos, lo que produce parálisis de gastos, créditos, etc. dentro de un sector importante de la población. Haber escogido el mal llamado Ministerio del Canal como ejemplo era perfecto; ese ministerio no existe ni ha existido jamás, y todos los que allí cobraban estaban sin funciones; eran botellas, primero de Ricardo Martinelli, y luego del arnulfismo. Tercer caso positivo...percepción equivocadamente negativa.

Cuarto paso positivo: la didáctica explicación de Catín Vásquez sobre la realidad fiscal y cómo atenderla. Fue riesgosa, pero presumo que conversada de antemano con las calificadoras internacionales para lograr confianza a través de la transparencia y eliminación del maquillaje no ortodoxo. Ahora toca establecer claramente la metodología como decisión de Estado y mantener la transparencia.

Pasamos a los negativos: el acto de transmisión de mando de la Policía Nacional estuvo preñado de síntomas de re-militarización, inaceptable para por lo menos la mitad de la población y, por las quejas que he escuchado, me atrevo a asegurar que también para una buena parte de los que votaron por Martín Torrijos. El toque de la “marcha de la dictadura” fue una metida de casco monstruosa, neutralizada en alguna medida por las inteligentes palabras de su autor y suegro del Presidente...pero allí quedó ese clavo. La insistencia en reformar la ley para que un uniformado dirija la Fuerza Pública no tiene ningún sentido lógico ni político. ¿Qué justificación puede alegarse para que un Presidente disminuya su poder frente a los que portan las armas del Estado? ¿Qué sentido tiene esto, sobre todo después de la nefasta experiencia de 21 años de autocracia militar? ¿Que si es policía o militar?...hay una diferencia importante, pero en Panamá Roberto Díaz Herrera –por ejemplo– se graduó en una Academia de Policía y...¿dónde quedó la diferenciación? En todo caso, Gustavo Pérez ofreció algo de tranquilidad cuando dijo a El Panamá América “lo que se ha ganado en los últimos 14 años no vamos a dejar que se pierda”... Esperamos que así sea, porque las señales iniciales no coinciden con sus palabras.

Por otra parte, dos asesores altamente cuestionados en materia de corrupción comprobada, han sido formalmente nombrados: uno es pariente, el otro amigo.

Comprendo que algo había que darles, pero hace unos días una prestigiosa ONG, especializada en lo social, quiso hacer pinitos en el campo anticorrupción y en una cita presidencial para presentar su plan fue atendida nada más y nada menos que por uno de los cuestionados asesores; horrendo mensaje. Ya es hora de nombrar formalmente al encargado del programa anticorrupción y que sea alguien cuyo pasado sea cristalino, que tenga acceso diario al Presidente, y que comulgue profundamente con el compromiso político de cero corrupción.

En conclusión, el arranque tiene –como es natural– positivos y negativos. Los negativos son de fácil corrección por medio de un par de clarísimas declaraciones presidenciales. Hay que adicionar que todo nuevo gobierno pasa por un período inicial de descubrimiento de porquerías, limitaciones presupuestarias y el síndrome de “todo está mal, y es culpa del gobierno anterior”. Esto es natural y humano, pero por instrucción y liderazgo del Presidente hay que superarlo lo antes posible para comenzar a construir, hablar en positivo y dar esperanzas. Por suerte reciben el país en un período de repunte económico, así es que podría ser relativamente fácil cambiar el switch a positivo-plus.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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