Panamá, 12 de septiembre de 2004
 
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El caminante

En los rollos de la belleza

Roberto Quintero
rquintero@prensa.com

Todo macho que se estime se corta el pelo en la barbería, paga tres palos y va pa’ lante; no así el “hombre moderno”. Ese se atiende en el Beauty Saloon.

¡Qué pereza tanta diferenciación!

Pero, ¿existe la diferencia o la inventamos? “Una de cal y una de arena”, me dijo un profe alguna vez.

Allí estoy, parado frente a la puerta. Ansioso, como siempre, como si aquello de “cortarme las puntas” fuera tan trascendental.

Y sí y no, y me estreso porque nunca lo he podido superar.

Esa es la verdad. No me gusta cortarme el pelo, o ir a la barbería o al salón de belleza. Por eso es que siempre luzco como Kojak o como el último cromagnon (lo siento Hallax).

Y quiero salir corriendo, pero no. Escucho la voz de La Beby, “vete a cortarte ese pelo”, y decido tocar el timbre.

Solo mujeres y productos de belleza. Yo el único hombre, y por eso me gano las miradas hostiles de todas, menos una.

“Ay joven, ¿cómo está? Siéntese por favor, ya lo atiendo”. Francia, tan dulce, no se acuerda de mi nombre pero no olvida mi pinta de loco.

En eso se acerca y me regaña por haber demorado tanto en venir. “Mire esos nudos que tiene. Pero no se preocupe, se lo vamos a arreglar”.

Y empieza la lucha, lava el pelo (que me incomoda, es como si mi mamá me estuviera bañando) tira tijera, pon tratamiento y ¡suaz! al vaporizador voy a dar.

Y allí sentado de piernas cruzadas, leyendo Marie Claire con el casco caliente ese que me hace sudar la frente, me quiero atacar de la risa por la pinta de gay que no me la quita ni Zandokan.

Tan comprensiva Francia. “Que no le dé pena, que muchos hombres vienen y se ponen su tratamiento”.

Yo le sonrío, y en lo que miro alrededor descubro a todas las señoras mirándome, con evidentes ganas de reírse pero no lo hacen, y me consuelo pensando que, en el fondo, creen que soy metrosexual.

Más aún, el David Beckham panameño.


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