El caminante
Sudaba. El aire acondicionado funcionaba, la sala de espera era una nevera, pero yo sudaba. No es que estaba empapado, pero sudaba.
La chica de relaciones públicas que me acompañaba, me custodiaba, me seguía a todas partes, ella... Ella me preguntó: “¿Bueno, y hasta el momento cómo se siente?”.
Invadía mi espacio, pero igual contesté “raro”. “¿Raro, cómo así raro?”, me dijo. Yo sin pensar confesé “estoy ansioso”, y ella sólo supo poner sus dos grandes ojos sobre mí, escrutar mi ansiedad.
Sólo por cumplir fabriqué una explicación, completamente verídica pero totalmente fuera de foco: “es como cuando viajo, me da ansiedad armar la maleta”.
Y ahí me dí cuenta que sí estaba ansioso, sin razón aparente. No era una prueba sumativa, tampoco era el Juicio final, sólo era un simple examen de sangre. ¿Por qué entonces...?
—“Te llaman”, dijo David.
—“¿Qué? ¿Quién?”.
—“Te llaman”, respondió.
“Sr. Roberto Quintero, favor pasar al consultorio, Sr. Roberto...”.
El camino se me hizo largo. Era como un limbo, la mente en blanco, iba en piloto automático.
Unos 10 años después logré cruzar la puerta. Me senté frente al doctor y lo miré a la cara, pero él miraba un delgado tubo que contenía mi sangre. Y justo cuando empezó a dibujar la sonrisa de señor buena gente supe que no iba a poder donar.
Me paré. “Vale, lo intento mañana” y salí a llorar mis penas amargamente.
Tranquilos, nada grave. “Grasa en la sangre” fue lo que dijo el doctor, y que cuidara un poco lo que como antes de regresar. Sonaba sencillo, pero yo sentía que le había fallado a la humanidad.
“Más tarde, en el Salón de la Justicia, Roberto y David se disponían a almorzar, luego de no haber salvado al mundo”.
¡Ah! En fin. Me sentí mejor cuando me explicaron que no pasaba nada, que al señor que necesitaba la sangre igual lo operaban, “no es que lo van a dejar allí esperándote”. Bien, entiendo, pero había una cierta incomodidad que no me dejaba en paz.
Por mucho tiempo he querido saber qué se siente eso de donar, darle parte de tu vida a otro que la necesita. No sé si me explico, hay un rollo raro allí que yo quería experimentar.
Y justo cuando me decido a hacerlo, cuando supero el cuadro de mi frontismo, pues no puedo y alguien la esperaba. No, no me estoy haciendo el Chico Maravilla, en verdad quiero saber de qué va.
No he vuelto. No sé si es que no me atrevo o es que, en verdad, estoy muy ocupado; o siempre en el aire, porque solo me acuerdo cuando estoy mordiendo el emparedado de bacon con mozzarella que acompaño con una cerveza.
Ya me programé para ir mañana, vamos a ver qué pasa.
Lo siento, esta historia no continuará.
Además en kaleidoskopio
• Inmortales, pero desapercibidos • De compras: Precios de combustibles • Comentario dominical: La calle del espanto • Perfil literario: Nadine Gordimer • Libros y Literatura: Nuevas adquisiciones • Caja de letras: Despertar • Libros y Literatura: La Universidad de Panamá aporta a la historia • El caminante: Me quedé en el examen • Música: Su nombre es jazz... • Música: Orquesta alemana de jazz visitará Panamá • ¿Qué hacer?: Cantando el retorno a la patria • Salud: Sobre la vitamina C • Raices: De nuevo los masones • Tecnología: Arroz a control remoto • Tecnología: A los alemanes no les gustan los videojuegos violentos • Cine: Científicos escogen su película favorita • Cine: América Latina en festival de cine • Actualidad: La corona ha sido develada
|