Una despedida consecuente: Jorge Montalván
El nuevo gobierno ofrece el aliciente de la cordura y del decoro. Confiamos en que el nuevo Presidente logre restablecer la dignidad y la ecuanimidad en nuestras relaciones internacionales Jorge Montalván
montalvan@cwpanama.net
La misma persona que se viene empeñando en enviar a chiquillos panameños a la cárcel de por vida, de imponer la pena de muerte a sus compatriotas delincuentes, de “cerrar las puertas de las cárceles y tirar la llave”, como dijo su inteligentísimo sirviente, que ha ordenado humillar y desconocer los derechos constitucionales de miles de ciudadanos pobres, súbitamente sufre un ataque de misericordia y libera a cuatro asesinos y terroristas, condenados por el sistema jurídico de su propio país, porque “corrían la amenaza de sufrir la pena de muerte en Cuba”. Algunos podrían tachar de hipócrita tal justificación.
La señora Moscoso dice haberse sentido indignada por el carácter poco diplomático de las declaraciones de la Cancillería cubana, pero se sometió sumisamente a los latigazos públicamente suministrados por la embajadora estadounidense, quien la acusó en buenas palabras y en reiteradas ocasiones de dirigir una administración putrefacta, corrupta y dañina para el país. Pareciera que la dignidad de algunas personas desaparece cuando el agraviante es gringo, o cuando pesa sobre sus cabezas el chantaje de la pérdida de sus adoradas visas.
Sin embargo, cabe reconocer que no es la única en este país con doble moral y dobles reacciones ante las conductas de los gobiernos extranjeros. Los mismos medios y las mismas personas que celebran aún las declaraciones de la embajadora, se indignan ahora por exactamente la misma falta cometida por el Gobierno cubano. Son cosas del subdesarrollo y de las mentalidades de colonizados. Las lumpenburguesías de nuestros países no se conciben sino en función obsecuente de los ánimos de la metrópoli, y valoran distintamente las conductas de los otros subdesarrollados y las de los superhéroes del país venerado.
Pero no debe extrañar la conducta de la presidenta. Desde el primer día de su gobierno, ella y toda su gavilla han antepuesto sistemáticamente sus intereses, antojos y amistades al bienestar del país. Como representante de la mentalidad oligárquica latinoamericana que es, está convencida de que gobernar significa expresar y perpetrar impunemente los caprichos personales o de la pandilla; siente que la delegación de poder que permite llegar al gobierno significa delegación automática y total que la ciudadanía hace de su albedrío. Tener el poder en sus manos significa, para esta clase de políticos, tener al país, inerme, en sus manos.
Para esta clase de gente, hay terroristas malos y terroristas adorados, hay mano dura y mano blanda, hay palo para el enemigo y plata para el amigo, como decía Noriega. El criterio para juzgar personas que ponen bombas en aviones y que asesinan a sangre fría depende, no de principios éticos, sino de conveniencias personales, o de los intereses y designios del gobierno de Washington y de sus compinches mafiosos de Miami.
Por supuesto, ahora salen los patrioteros, con máscaras de indignación y sonrisas ocultas de satisfacción. Desde siempre quieren atacar a Cuba y servir de alfombra al imperio, utilizando la lógica retorcida de aplicarle a la isla criterios que nunca aplicaron a Pinochet. Así que ahora saltan sobre la oportunidad de cacarear su indignación por el comportamiento cubano, olvidando de juzgar con la misma severidad el comportamiento de Mireya Moscoso, a quien no le ha importado la amenaza de muerte para miles de panameños que significaron los delitos cometidos por los terroristas internacionales que ha liberado.
Porque estos sicarios vinieron a nuestro país a matar, y ahora la presidenta de la República los devuelve a sus madrigueras para que puedan seguir matando. Quedan bajo el cariño protector del Gobierno salvadoreño, heredero de D’Aubisson, el asesino de Romero, y del manto de impunidad del Gobierno estadounidense, que tanto le debe a las fechorías de la mafia cubana de Miami. Los intereses de Panamá no han contado, pues se les desconoce o se les desprecia. Después de todo, se presume que lo que es bueno para la presidenta y su primera dama, será bueno para la República.
Queda, sin embargo, un consuelo: se largan en menos de una semana. El nuevo gobierno ofrece el aliciente de la cordura y del decoro. Confiamos en que el nuevo Presidente logre restablecer la dignidad y la ecuanimidad en nuestras relaciones internacionales, empezando por recobrar el respeto mutuo en nuestras relaciones con Cuba.
El autor es médico, profesor de la Facultad de Medicina en la Universidad de Panamá
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