Perspectiva
La oposición tras
el referendo
Los antecedentes de Chávez, sumados a sus declaraciones recientes, no dan motivos para el optimismo Eduardo Ulibarri
La oposición venezolana está ante una crítica coyuntura: para que ella, y la democracia, tengan alguna posibilidad de supervivencia, no le queda otra opción que aceptar los resultados del referendo que ratificó a Hugo Chávez en la Presidencia. Pero esta aceptación, a la vez, implica sumarse a la legitimación de un proceso plagado de vicios desde el principio, y sobre el cual se está organizando una nueva escalada autoritaria en Venezuela.
¿Cómo manejar la compleja ecuación? Este es su enorme –y difícil– desafío. Frente a él, los sectores democráticos del continente deberían brindar adecuado consejo, activa solidaridad y valiente apoyo.
Estamos frente a un hecho incontrastable: no importan las dudas que persistan o la manipulación que condujo al desenlace, si la oposición insistió en el referendo, si este se realizó con su participación y si fue avalado explícitamente por incontables gobiernos y los más autorizados observadores internacionales, sus resultados son políticamente reales.
Aferrarse al rechazo implicaría un riesgo de aislamiento internacional para la oposición, dar argumentos para que Chávez la margine y persiga aún más, rechazar el único marco institucional existente en el país, renunciar a los pocos recursos que aún tienen para contener la escalada autoritaria, e introducirse en una lógica que, llevada hasta sus últimas consecuencias, solo podría conducir a la insurrección.
Por esto, si aceptar el resultado es un factor de legitimación al régimen, se trata de un riesgo menor, porque, con razón o sin ella, el Presidente ya está legitimado, según las instituciones locales y los principales actores internacionales. Rechazarlo, en cambio, no afectaría de forma importante su fachada de legalidad, pero colocaría a la oposición en un rincón de marginalidad y aparente tozudez sumamente peligroso.
No hay que hacerse ilusiones. Chávez y sus “bolivarianos” de boina roja pretenden convertir la ratificación de su mandato en una “carta blanca” que acelere su dominio político, económico y social. Ya el régimen logró una reforma al Poder Judicial para ponerlo bajo su control, y tiene en cartera dos proyectos de ominosas implicaciones: una ley de “responsabilidad social” de los medios de comunicación, que significaría amordazarlos frente al poder, y una reforma a la policía para convertirla en una organización nacional, controlada por el Ejecutivo, que sustituya su carácter local, ámbito en el que aún tiene influencia la oposición.
Se trata de utilizar la legitimidad ganada para evolucionar desde el populismo contradictorio hacia el autoritarismo regimentado. Si, anteriormente, la huelga general organizada por la oposición y el torpe intento de golpe de Estado le dieron armas a Chávez para imponer a sus incondicionales en la poderosa empresa estatal Petróleos de Venezuela y en mandos de las Fuerzas Armadas, ahora el referendo, por su factura de legalidad, le otorga aún mayores instrumentos para acelerar la marcha.
A lo anterior se añaden los altos precios internacionales del petróleo, la considerable dependencia de Estados Unidos del suministro venezolano, y las oportunidades de inversión y explotación del recurso que, inteligentemente, Chávez ha otorgado a las petroleras estadounidenses. Además, ya ha comenzado a cortejar a los más conspicuos empresarios locales, para llegar a una suerte de “convivencia pacífica”: respetarles sus intereses a cambio de que acepten al régimen.
Frente a este perturbador panorama, la oposición interna debería superar el triste episodio del referendo y dedicarse a proteger los precarios ámbitos de democracia, independencia y legalidad del país. Esto implica, entre otras cosas, reforzar a los sectores autónomos que aún existen en la sociedad, sostener a los medios de comunicación independientes, proteger lo poco que queda del Poder Judicial real, desarrollar un mensaje alternativo convincente frente a la demagogia presidencial, buscar cuotas de poder en las próximas elecciones regionales e insistir en que se mantenga una institucionalidad al margen del control chavista.
No es nada sencillo, pero, por ahora, parece la única opción con algunas posibilidades de éxito. En ella, los gobiernos y sectores democráticos internacionales, en especial los que avalaron activamente el desenlace del referendo, tienen una enorme responsabilidad de cumplir. No hacerlo sería renunciar a una responsabilidad suprema.
Los antecedentes de Chávez, sumados a sus declaraciones recientes, no dan motivos para el optimismo. Razón de más para estar alertas y para renovar el compromiso con la democracia en Venezuela.
El
autor es periodista y ex director del diario La Nación de Costa
Rica
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