Panamá, 29 de agosto de 2004
 
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Perspectiva

Alianzas democráticas

No se puede imponer la democracia en un tiempo razonable por la fuerza exclusivamente. Hace falta tiempo para que eche raíces

Joseph S. Nye

Las alianzas extranjeras de Estados Unidos han llegado a ser una cuestión en debate en este año de campaña para las elecciones presidenciales. El senador John Kerry, candidato demócrata, ha acusado al presidente George W. Bush de desatender y ofender a los aliados de los Estados Unidos, en particular en Europa. Según dice, un gobierno de Kerry restaurará el respeto a Estados Unidos en el mundo.

El antiamericanismo no es nuevo en Europa, pero en el pasado las opiniones sobre Estados Unidos han sido en general más positivas. Durante la guerra fría, Estados Unidos no solo aplicó políticas de amplias miras, como el plan Marshall, sino que, además, representó la libertad y la democracia.

La admiración de los valores estadounidenses no significa, naturalmente, que otros quieran imitar todas las formas estadounidenses de aplicarlos. Si bien muchos europeos admiran la lealtad de Estados Unidos a la libertad, prefieren políticas en sus países que suavicen los principios económicos liberales del individualismo con un estado del bienestar fuerte. Pese a la retórica sobre la Europa “vieja” y la “nueva”, al final de la guerra fría las encuestas de opinión mostraron que dos tercios de los checos, polacos, húngaros y búlgaros veían a EU como una buena influencia en sus respectivos países, pero menos de la cuarta parte quería importar los modelos económicos estadounidenses.

La cultura popular puede ser con frecuencia una fuente importante de poder “blando”. Simples artículos como los pantalones vaqueros, la Coca-Cola o las películas de Hollywood contribuyeron a la obtención de resultados favorables respecto de al menos dos de los más importantes objetivos estadounidenses después de 1945. Uno de ellos fue la reconstrucción democrática de Europa después de la Segunda Guerra Mundial y el otro fue la victoria en la guerra fría. El plan Marshall y la OTAN fueron instrumentos decisivos de poder político y económico, pero la cultura popular reforzó su efecto. Los dólares invertidos por el plan Marshall contribuyeron al logro de los objetivos de EU de reconstrucción de Europa, pero también lo hicieron las ideas transmitidas por la cultura popular estadounidense.

En la actualidad, unos dos tercios de las personas encuestadas en 10 países europeos dicen admirar a Estados Unidos por su cultura popular y sus avances científicos y tecnológicos, pero solo un tercio considera buena idea la propagación en su país de las costumbres estadounidense. EU no tiene que hacer a los otros parecer pequeños estadounidenses, pero sí que debe estar a la altura de sus valores básicos para utilizar eficazmente su poder blando.

Esa es la razón por la que los ejemplos de las cárceles de Abu Ghraig y de la bahía de Guantánamo han sido tan perjudiciales y, también por eso, una prensa libre que informa sobre esos problemas, las audiciones del Congreso que los investigan y una reciente serie de decisiones del Tribunal Supremo que conceden a los detenidos el recurso judicial son tan importantes también. Estados Unidos no es perfecto, pero, mientras se atenga a sus valores básicos, puede superar sus errores y recuperar su poder blando en los países democráticos.

Por ejemplo, Estados Unidos fue extraordinariamente impopular en la época de la guerra de Vietnam, pero recuperó su poder blando al cabo de un decenio y resulta interesante examinar por qué. Parte de la respuesta puede ser la de que, cuando los estudiantes estaban haciendo marchas de protesta en las calles, no cantaban la “Internacional”, sino “Venceremos”. Los valores democráticos de Estados Unidos serán la clave para el éxito en la recuperación de su poder blando.

Algunos escépticos sostienen que esa insistencia en los valores es una explicación equivocada de cómo se producen los cambios en la política mundial y que el problema real entre Europa y EU es estructural. Según ese argumento, con la desaparición de la Unión Soviética, desapareció también el equilibrio bipolar del poder y Estados Unidos pasó a ser la única superpotencia del mundo, con lo que provocó resentimiento y envidia... y, por tanto, una época difícil para las relaciones EU-Europa.

Según dicen algunos dirigentes de EU, si el resentimiento europeo es inevitable, la respuesta apropiada es no prestarle atención. La popularidad es efímera y nunca debe orientar la política nacional. En opinión de esos dirigentes, EU puede actuar sin el aplauso del mundo. Según dicen, Estados Unidos no necesita aliados e instituciones permanentes, porque bastará con una coalición de los que estén dispuestos a actuar. Como ha dicho el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, “deben ser las cuestiones en debate las que determinen la coalición y no la coalición la que determine las cuestiones en debate”.

Pero es un error desechar tan a la ligera el atractivo en decadencia de Estados Unidos. La recuperación de este país respecto de las políticas impopulares en el pasado, como, por ejemplo, la guerra de Vietnam, se produjo sobre el telón de fondo de la guerra fría, en la que los países aliados temían a la Unión Soviética como un mal mayor. Además, si bien la condición de Estados Unidos de única superpotencia mundial es un hecho estructural, unas políticas prudentes pueden suavizar los angulosos contornos de esa realidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pudo utilizar los recursos del poder blando y cooptar a otros en una serie de alianzas e instituciones que duraron 60 años. Cuando recordamos la guerra fría, es importante no olvidar que la estrategia de contención por parte de Estados Unidos combinó la capacidad disuasoria de su poder militar duro con el atractivo de su poder cultural blando, que erosionó la confianza y la fe en el comunismo detrás del telón de acero.

La insistencia del gobierno de Bush en el fomento de la democracia en el Oriente Medio indica que entiende la importancia de los valores de la política exterior. No obstante, el gobierno se niega a dejarse contener por las limitaciones institucionales. Propugna el poder blando, pero se centra solo en la substancia y no lo suficiente en el proceso.

La única forma de lograr la clase de transformación en el Oriente Medio que desea el gobierno de Bush es la de colaborar con los demás y evitar la violenta reacción que surge cuando Estados Unidos actúa como poder unilateral, imperial. No se puede imponer la democracia en un tiempo razonable por la fuerza exclusivamente. Hace falta tiempo para que eche raíces, como lo demuestran los casos logrados del Asia sudoriental.

Así, pues, la impaciencia del gobierno de Bush con las instituciones y los aliados debilita sus propios objetivos. La ironía es que fue EU el que construyó algunas de las alianzas e instituciones de más duración que ha visto el mundo moderno y que fueron fundamentales para el poder estadounidense durante más de medio siglo.

Project Syndicate. Traducido del inglés por Carlos Manzano


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