Panamá, 27 de agosto de 2004
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El guerrero arco iris

Ricardo Beteta sabe que no es popular, pero no va a dejar de trabajar contra la homofobia y promover la tolerancia hacia los ‘gays’

Roberto Quintero
rquintero@prensa

LA PRENSA/Maydeé Romero

Ricardo Beteta es presidente de la Asociación de Hombres y Mujeres Nuevos de Panamá.

Físicamente es un hombre impresionante; intimida.

Es el tipo de persona que todos preferirían tener de su lado, y sin embargo, no es el más popular entre los panameños; muchos detestan todo lo que él representa.

Su nombre es Ricardo Beteta, y aunque quisiera ser amado y respetado por igual, no va a dejar de poner el dedo en la llaga.

El es presidente de la Asociación de Hombres y Mujeres Nuevos de Panamá (AHMNP), agrupación gay-lésbica que ahora transita por el ojo de la tormenta mientras exige igualdad.

El se describe como un hombre tímido —quién lo diría— pero comprometido con la justicia por la discriminación que le ha tocado sufrir.

Nació en Panamá el 5 de septiembre de 1959. Parte de su educación secundaria la hizo aquí, y el resto en Nueva York. Luego estudió arte en la Universidad de Columbia (gracias a una beca), pero desde hace 18 años es bibliotecario.

¿Cómo es en realidad la vida de Ricardo Beteta? ¿Quién es ese hombre que se atreve a desafiar el peso de la opinión pública y las fuertes creencias religiosas de este caluroso país? He aquí algunas respuestas.

—¿Desde cuando es activista por los derechos gay?

—En 1977 participé en la primera marcha gay en Nueva York, pero nunca pensé que me convertiría 20 años después en activista.

¿Por qué lo hago? Cuando era adolecente, viviendo aún en Panamá, mi madre me envió a terapia para “curar” mi homosexualidad. Aquello duró tres años, e incluyó electroshocks entre otras cosas que prefiero no recordar.

Por otro lado, yo era afeminado y bailaba ballet, y eso me causó muchos problemas en la escuela y en mi barrio. Fui víctima de golpes y humillaciones en la calle, e incluso fui violado y golpeado por chicos que vivían por mi área.

Así que podríamos decir que la ira por todo lo que tuve que vivir antes de irnos a Nueva York se ha quedado dentro de mí, y el trabajo que hacemos me motiva a luchar contra la homofobia y la discriminación. No me considero una persona amargada por mis experiencias, pero cuando recibo una llamada pidiendo ayuda, me recuerda la importancia del trabajo que hacemos todos en la AHMNP.

—¿Cómo es la relación con su familia?

—Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años, y hasta los 26 años viví con mi madre y mi hermana menor. Con ella la relación está bastante deteriorada debido a la homofobia de su marido. Sé que censuran mi vida y mi activismo, pero es mi vida. Mi madre me apoya, pero lleva todo esto como una cruz que Dios le ha dado.

—¿Qué se siente ser la cara del movimiento gay en Panamá?

—Esa es una pregunta un poco complicada para mi, y ha sido tema de discusión entre nosotros. Por una parte, como soy un hombre de 45 años, gordo, con una cara de juez, rompo los esquemas que tiene la gente sobre los gays, y eso nos ha permitido trabajar.

No soy un hombre popular, pero la gente gay me reconoce y recibo muchas felicitaciones y ánimo para continuar con mi trabajo.

Por otro lado, recuerdo que la primera vez que aparecí en TV, mi supervisora fue a la oficina de personal a hablar sobre mi liquidación. Yo había conversado antes con Recursos Humanos, y se me informó de que lo que yo hacía fuera de mi horario de trabajo no era problema de ellos. Eso sí, se me advirtió que perdía toda posibilidad de subir de grado.

En mi vida privada, ser una figura pública no me ha permitido tener una pareja, y sobre mi vida pública te puedo narrar un incidente durante el bautizo de mi última sobrina, donde el sacerdote me largó de la iglesia.

Además, desde hace 10 años estoy criando a un sobrino, hijo de mi medio hermano que murió. El ha sufrido mucho por mi trabajo, para él yo soy su papá. Pero todo esto lo ha ayudado a madurar.

—De los años que lleva trabajando desde la AHMNP, ¿podría identificar, concretamente, contra qué se enfrenta?

—Cuando empecé este trabajo actuaba a partir de ideas basadas en mi experiencia personal, pero ahora te puedo decir que sé que existe la homofobia y la intolerancia, y estoy aprendiendo a reconocerla y a combatirla.

—¿Hasta dónde piensa llegar Ricardo Beteta?

Solo no puedo trabajar. Llegaré hasta donde pueda, como persona y como miembro de una organización. Ahora no solo soy yo quien da la cara, y eso me llena de mucha satisfacción.

—La empresa que ahora impulsa es, quizás, lo más grande que ha tenido usted, y la AHMNP, en sus manos. ¿Cómo se siente al respecto? ¿Qué cree que va a pasar después del 1 de septiembre?

Sé que esto es un largo proceso, pero las ganancias ya se están dando. Que la propia comunidad gay se plentee la discusión de sus derechos es un logro. Que los candidatos presidenciales hablaran sobre los derechos de los gays y lesbianas fue algo muy importante también. No sé qué pasará después del 1 de septiembre. Nosotros estamos dispuestos a conversar, cabildear con los políticos, demostrar que la asociación es seria, que el trabajo con los gays y lesbianas se debe hacer y que es un trabajo serio.

—¿Qué pasa que, según ustedes, son unos 300 mil homosexuales en Panamá, y en la Asociación militan solo unos 80 miembros?

—Hay que entender que el gay y la lesbiana en Panamá tienen mucho miedo a las autoridades y a una sociedad tan religiosa. Hay muchas personas que temen represalias por participar de la Asociación o de nuestras actividades.

—¿Cuál es el ideal que Ricardo Beteta persigue?

—Contribuir a reducir la homofobia y promover la verdadera tolerancia entre nosotros.


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