A
mi abuela Olga Ramos, recordándote
por siempre
Nos dejaste, querida abuela, un vacío tan grande, querida Tota, que no se puede llenar con nada de este mundo Yenni Pimentel V.
Tota, así era como cariñosamente te conocían en tu pueblo; ese pueblo al que le serviste tanto en tu vocación de enfermera, cuando te buscaban desde los más humildes hasta los de estratos sociales más altos para poner una inyección o una venoclisis a los enfermos, sin importarte la hora ni el lugar: como fuese y a donde fuese ibas a cumplir con ellos.
Abuela, cómo recuerdo los cuentos que me decías de chica cuando te ibas de gira a esos lugares a los que solo podías llegar después de muchas horas de caminar, donde la gente te quería y sabía lo que tú eras, que hasta te encomendaron a una hija más.
Tota, la enfermera; Tota, la madre ejemplar, abnegada, que supiste criar desde tus tres hijas hasta tus nietos. Abuela, supiste enseñarnos valores y virtudes, los cuales nos legaste con tus consejos con tus regaños, tus anécdotas y sobre todo con tu alegría y amor que a todos nos hace falta. Nos dejaste, querida abuela, un vacío tan grande, querida Tota, que no se puede llenar con nada de este mundo; digo con nada, querida abuela, porque nada exactamente se compara contigo Totita, con tu amor, con tu escuchar. Recuerdo Tota que cuando algo me pasaba, eras la primera en saberlo ya fuese bueno o malo; eras esa persona que siempre estaba allí para escucharme, siempre tenías palabras tan tuyas, tan llenas de amor para todos, y para mí, que hoy solamente imagino qué dirías si estuvieras a mi lado.
Palabras que jamás volveré a escuchar, Tota. Aún llevo presente ésa, nuestra última conversación, digo nuestra porque así eran nuestras cosas: tuyas y mías, y de nadie más; te dije que me “esperaras, que yo te quería mucho”, y tú me respondiste tan claro, aunque ya sin aliento de nada, que tú también me querías, que yo era tu chiquita. Sí, Totita, es esa tu chiquita la que te dice en nombre de toda tu familia cuánta, pero cuánta falta nos haces...
Esa falta, Tota, ese extrañarte que nunca vamos a superar ya que siempre, pero siempre, lo vamos a hacer porque, si bien es cierto que sabemos que eres nuestro ángel que velas por nosotros, que nos cuidas a cada uno, todos los días, no nos acostumbraremos nunca a tu ausencia, abuelita. Te recordaremos siempre por lo fuerte que fuiste hasta el final para poder estar con todos tus nietos que te quieren aún más por tu alegría, Olga Ramos, por esas fiestas de San Juan en las que te despertabas en las madrugadas para ver las tunas que te llevaban a tu casa, y ¡ay! de Chema Pérez que no te llevara la danza del diablito...; esas fiestas de la Virgen del Carmen de la cual eras devota, de los tamboritos, de las novenas de la Virgen a las que me llevabas de niña a ver hasta que tu enfermedad te lo impidió. Por esas fiestas del 19 de octubre en las que se reunía toda la familia, y llegaban tus amistades a visitarte y a decirte lo feliz que te veías con todos tus nietos.
Abuela, aún recuerdo cuando pasaba Yiyo y tiraba un beso diciéndote “¡cómo te quiero, Olga Ramos!”. Así como te lo decía Yiyo en la fiestas del 19 de octubre, te lo digo yo hoy por hoy, queridísima abuela, a pesar de que te fuiste ya hace un año de mi lado. Tota, ¡cómo te quiero!
La autora es abogada
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