Panamá, 27 de agosto de 2004
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Para honrar a Carlos Raúl

El presente testimonio es para honrar su memoria y permitir que miles de conciudadanos exploren otras alternativas

Franklin Bósquez D’Giovanni

Mi piel presentaba un color rojo intenso. Pequeñas escamas y erupciones brotaban por doquier. Una alopecia súbita –que se manifestó y desarrolló en solo 48 horas– había eliminado más del 90% de cabellos, pelos y vellos sobre mi cuerpo. La picazón no se detenía aunque tomara medicamentos. Mi moral estaba por el piso y me hallaba en un estado de postración cuyo resultado era inevitable y fácil de pronosticar.

El anterior pasaje resume lo que sufrí cuando a mediados de 1991 enfrenté el único quebranto serio de salud que he vivido hasta nuestros días: una enfermedad llamada psoriasis, verificada mediante análisis de patología ordenados por los varios dermatólogos que trataron mi dolencia por más de un año sin encontrar una cura definitiva y satisfactoria. Exámenes con resultados negativos de HIV y sífilis, entre muchos otros, mantenían desconcertados a los galenos, quienes concluyeron que, por el resto de mi existencia, viviría con tal dolencia. “La medicina moderna ha comprobado clínicamente que la psoriasis no tiene cura posible”, fue el dictamen final y tétrico de los especialistas.

Abandonado a mi suerte, no tuve otra opción que aceptar la realidad y ver de qué manera lidiaba con un mal que yo denomino la “enfermedad pública”, pues nadie puede ocultar su piel al resto de la sociedad. Lo más difícil era explicar mi situación cuando, durante las pocas ocasiones que salía a la calle, me encontraba con amigos o conocidos.

Y así, pues, me imagino que el rumor sobre mi mal corrió de boca en boca... por suerte. Una colega del periodismo, a quien aprecio en demasía, escuchó la información. De inmediato se comunicó conmigo y me dijo que en Panamá estaba disponible una medicina alternativa que podía dar con la cura de la psoriasis y otras enfermedades mortales. “Te recomiendo que pidas hoy mismo una cita con el profesor Carlos Raúl Moreno. El es un naturista, educador de la salud e iridólogo. Estoy segura de que te ayudará”, subrayó mi colega con un tono de convicción.

¿Naturismo? ¿Iridología? ¿Educación para la salud? Tres conceptos que, en verdad, no formaban parte de mi marco de referencia en aquella época; y, por tanto, me provocaban escepticismo, por no decir incredulidad. Acudí a la clínica de Carlos Raúl Moreno con más esperanzas que certezas. Allí, en la sala de espera, observé a pacientes que estaban en condiciones de salud mucho peores que la mía: derrame cerebral, infarto cardíaco, diabetes excesiva, osteoporosis, cáncer...

Luego de escudriñar el iris de mis ojos, Moreno anotó un sinnúmero de elementos que yo no sabía por dónde iba tabla. Cuando terminó de escribir, me presentó un análisis fisiológico y bioquímico de mi cuerpo, hecho que, sin exagerar, me dejó con la boca abierta... en todo el sentido literal de la expresión. En pocos minutos había descifrado la causa primordial de mi enfermedad: una alimentación perversa, saturada con elementos nocivos que solo provocaban daño y perjuicio. ¿Y el remedio? Muy simple: primero, aplicar una limpieza exhaustiva de mi cuerpo mediante productos botánicos y cien por ciento naturales; y, segundo, empezar una alimentación balanceada y sana –que por ahí llaman “dieta” de manera equivocada–, cuyo principal objetivo consistía en eliminar todas las carnes (en especial la roja) y productos saturados en grasa e impregnados con químicos (preservantes, por ejemplo). De paso, había que decirle adiós al exceso de sal y al azúcar refinada, rechazar todo los colorantes y prohibir, de por vida, la ingestión de aderezos y sustancias sofisticadas que no producen otra cosa que alergias y sobrepeso.

Después de mis primeros tres meses de doble tratamiento –limpieza botánica y alimentación sana–, se fue el color rojo de mi piel. Las escamas se desvanecieron por arte de magia. La picazón ya era algo del pasado. El cabello y los vellos comenzaron a germinar a manera de milagro. Mi moral y autoestima se dispararon a niveles estratosféricos. Y otra vez en mi mente renacieron las ganas de vivir y disfrutar de las bellezas de este planeta Tierra en el que Dios nos ha situado de manera transitoria.

Recientemente falleció Carlos Raúl Moreno. He escrito el presente testimonio para honrar su memoria y permitir que miles de conciudadanos exploren otras alternativas cuando se presenten problemas de salud que la medicina moderna –la cual es necesaria en muchísimos casos– no puede remediar. Es cierto que, una y otra vez, Carlos Raúl afirmaba que Dios, la naturaleza y mi espíritu luchador eran los que habían vencido a la psoriasis. Pero Carlos Raúl fue el agente catalizador quien me convenció de que esos tres elementos eran los indicados para alcanzar un envidiable estado de salud físico, mental y espiritual.

El autor es presidente del Colegio de Relacionistas Públicos de Panamá
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