Panamá, 26 de agosto de 2004
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Entretelones del fin de un desgobierno

Alejandra Castro

A pocos días de culminar la gestión del gobierno de la señora Moscoso, el panorama no pinta nada bien. Todo el alboroto de la supuesta “Mano Dura” no ha logrado esconder asuntos tan delicados como los “durodólares”, la casita de Punta Mala (ahora con lotecito marino añadido), la partida discrecional (bastante indiscreta, por cierto), el misterioso hundimiento del HP-1430, la equiparación de Panama Ports... En fin, la lista es interminable. Pero lo realmente inquietante es que el tiempo de este gobierno se acaba y continuamos esperando respuestas y, por supuesto, también un castigo ejemplar para los culpables de tan bochornosos actos.

Acorralados por la opinión pública y los medios de comunicación, las “explicaciones” que algunos funcionarios del mireyato nos tratan de dar para justificar su vergonzoso proceder, rayan en lo absurdo (por no decir en lo burdo). Por ejemplo, en el caso de los tragicómicos “durodólares” resulta que la dueña de la casa no tiene –la pobre– ninguna confianza en los bancos (en donde hay que justificar la procedencia del dinero). Sin embargo, como leía en un artículo de este mismo diario, sí tiene varias tarjetas de crédito con límites imposibles para la mayoría de los mortales no afines al régimen de turno. Y menos mal que la funcionaria de marras no confía en los bancos; porque si llega a hacerlo, nadie puede imaginar lo que hubiese podido pasar. Una señora que sabe ahorrar de esa manera de seguro disfrutará de la “casita” de playa que está construyendo a un costo que supera con creces los 100 mil dudosos dólares.

Como una muestra adicional de la particular forma en que se manejan las cosas en este gobierno, escuché decir hace poco a la ministra de Educación que recibió del gobierno anterior muchos casos de educadores que no recibían su paga, pero que no había querido decir nada al respecto entonces. Pues, señora, para no querer decirlo ¡lo dijo!, pero sonó a excusa: no se puede justificar nada malo venga de quien venga y resulta absurda la cantidad de funcionarios actuales que tratan de esconder su mediocridad, su desidia o sus dudosas intenciones, amparados en si el gobierno anterior hizo tal o más qué cosa. ¡Por favor! Ya deberían saber que no pueden subestimar nuestra inteligencia.

Imagínense si ahora los delincuentes dijeran: “es que yo lo maté porque fulano también había matado”. Este es un escudo tras el que las personas decentes no podemos ampararnos. Y ya que hablamos de delincuencia ¿dónde dejamos a la “Mano Dura”? Al parecer la delincuencia de repente se disparó a escasos días del 1 de septiembre. ¿En dónde estaban ellos cuando la delincuencia azotaba al pueblo panameño? A lo mejor en Punta Mala, en Mónaco o en España; pero los que vivimos en la realidad del día a día la hemos sufrido en carne propia. Tanto alboroto suena a tratar de ocultar muchas cosas y una vez más nos están subestimando.

Este pueblo en lugar de mano dura lo que necesita es cabeza inteligente, y permítanme dudar (basada en la realidad que nos agobia) tal vez no tanto de la capacidad de sus gestores, sino de sus intenciones ocultas.

Ahora se comenta que la señora Moscoso, tras erigirse un patético busto en Pedasí, se dispone a indultar al terrorista Posada Carriles. No es mi intención valorar en estas líneas a Fidel Castro o a la revolución cubana, pues no viene al caso. Pero lo cierto es que durante la visita a nuestro país del mandatario cubano, allí donde Posada Carriles y compañía pensaban colocar sus explosivos estaba mi familia, mis amigos y muchísima otra gente. Si esos señores hubiesen logrado su cometido, gran cantidad de personas hubieran muerto, como efectivamente sucedió cuando este señor y su pandilla de asesinos a sueldo colocaron una bomba en un avión de Cubana de Aviación en el que no sobrevivió ninguno de sus pasajeros. Por ese crimen infame Posada Carriles estuvo preso en Venezuela, pero logró escaparse de la prisión en circunstancias sumamente dudosas.

Asesinar a personas o el simple intento de asesinarlas resulta igual de aberrante e injustificable si las personas son de una ideología o de otra. Y esto vale tanto para los que mataron a miles de inocentes en las torres gemelas, como para los que hoy lo hacen en Faluya o Nayab. Nosotros, como pueblo, no aspiramos a ser jueces globales del bien y del mal. Pero en cuanto a las responsabilidades que nos competen, tampoco podemos permitir que los crímenes de estos sórdidos personajes del pasado, hoy juzgados en nuestro territorio y de acuerdo con nuestras leyes, por delitos cometidos en nuestro país, continúen impunes.

Ojo al Cristo, Panamá: cuando el río suena es porque piedras trae.

La autora es estudiante de derecho
Además en opinión

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